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jueves, 11 de enero de 2018

La Fortaleza como virtud cardinal ...


José Nicolás Quiles Pérez


Entre los griegos se denominaba andreía (de andros – varón), y se definía como la cualidad que expresaba fundamentalmente la fuerza intrínseca masculina, comúnmente referida a la milicia, siendo así referida a la capacidad para resistir los rigores del combate, entendida como requisito del valor. En la filosofía, se explica como la entereza ante las adversidades de la vida, particularmente aquellas que acontecen al obrar correctamente. Íntimamente asociada a karteria o dominio de sí mismo, la primera enfocada hacia el exterior y la segunda hacia el interior.

Podemos decir que la fortaleza “es la virtud moral que asegura la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien”. La más elevada de las capacidades que otorga la fortaleza, es la de vencer el temor a las pruebas, las persecuciones e incluso la propia muerte, por la defensa de una causa justa y buena. La fortaleza exige necesariamente la superación de los miedos y ansiedades propias, por ello su falta es causa del vicio de la cobardía o la vileza, que fácilmente se encubre tras la virtud de la prudencia, en un intento humano por justificar el silencio y la evasión del mal, vale decir, “evitar el combate”.

La concesión de la fortaleza está condicionada al reconocimiento, por parte del hombre, de su debilidad. La fortaleza se manifiesta en la vida de muchas maneras; en el poder (dynamis), que permite que crezca en nosotros el hombre interior. En la confianza (parresía), manifestada en la capacidad de decirlo todo, con libertad en el lenguaje y franqueza en el hablar; se dice todo lo que hay que decir, y se dice abiertamente y a la cara, lo que supone una resuelta osadía y seguridad que no sufre desorientación en aquello que se dice o hace, sin que nadie sea capaz de detenerlo o hacerlo callar; en su firmeza de fe y buenas obras. En la paciencia (hypomoné) que brinda la perseverancia necesaria para llegar al final, sin que esta se convierta en obstinación e imprudencia. En el perdón ante la ofensa, que renuncia a la venganza y refrena el sentimiento de cólera e irritación, guardando calma y paz. En la razón (logos) que da el argumento para que las acciones sean de carácter necesario y suficiente, en justa medida con el logro de lo esperado.

Un hombre valiente es aquel que se atreve a hacer lo correcto y asume las consecuencias de sus actos. Su accionar es de carácter noble y desinteresado, orientado al orden o su restablecimiento. El hombre valiente, en conciencia de sus limitaciones y sus capacidades, actúa siempre, bajo la condición de un riesgo medido que le garantiza el éxito y el logro de sus objetivos. 

En la Física o ciencia natural, la fuerza es la capacidad de realizar o resistirse a la acción de un trabajo. Así la fuerza obra y la fortaleza resiste. La fuerza es un vigor, capacidad o esfuerzo para vencer una resistencia; es entonces una característica de cambio de estado, que produce o influye sobre el entorno y genera cambios sobre este. Por su formulación, es una capacidad de cambiar de un estado estático a dinámico o viceversa, lo que necesariamente implica un cambio en el escenario donde es aplicada. Está directamente relacionada con el cambio de energía potencial a energía cinética y viceversa que se produce sobre el mundo manifestado y todo lo contenido en él.

Así descrita, la fuerza implica un objetivo a alcanzar, siendo necesaria, por tanto, en mayor o menor cantidad según el estado en el que se encuentra el objeto sobre el que se aplica y el objetivo deseado, o estado que se quiere, alcance el objeto, sobre el que se aplica la fuerza. Se hace así desproporcionada cuando su aplicación es excesiva o escasa y por tanto no logra su objetivo. En el caso del hombre de escasa fuerza, la consecuencia es que aun cuando la causa sea noble, justa y adecuada, este no es capaz de lograr sus objetivos y se queda a medio camino. En el caso del hombre que aplica fuerza excesiva, la consecuencia es el logro del objetivo, pero con un desgaste innecesario y desproporcionado que puede implicar, el abandono de los objetivos ulteriores al ya logrado e incluso los llamados daños colaterales. La apatía y la pereza, son vicios enemigos de la fuerza, pues esta es una virtud que requiere de la capacidad de generar o resistir algún tipo de cambio. El hombre fuerte, en sentido filosófico, esta apartado de estos particulares vicios, pues ellos se oponen al cambio que implica la fuerza.

En el simbolismo, y los arquetipos mitológicos, invariablemente se asocia, la fuerza, al ejercicio de la voluntad, porque esta última es necesaria para sostener su aplicación hasta el momento en que el cambio se genera. De nada sirve una explosión de fuerza que intenta impulsar un cambio, si esta no es capaz de sostenerse, al menos, hasta tanto el cambio comience a generarse. El hombre común, aplica la fuerza constantemente en su tránsito por la vida, sin embargo, esta puede ser considerada una fuerza bruta, poco afinada, que no tiene ningún efecto y se desperdicia o tiene un efecto devastador que convierte entonces su accionar en fuerza destructiva. El hombre virtuoso, en cambio, aplicara siempre la cantidad de fuerza necesaria, en la comprensión de que ella es una herramienta que le ayuda a conseguir el objetivo. No se excederá, pues sabe que tiene que guardarse para el objetivo ulterior y no tiene sentido intentar el uso de la fuerza si esta causa daños colaterales. Así entonces, la fuerza virtuosa aplicada conscientemente, es justa y por tanto estimuladora de la práctica de otras de las virtudes.

Hay en el hombre, infinitud de fuerzas relacionadas entre sí, más allá de la fuerza física y de la fuerza interior, el hombre dispone de fuerzas adquiridas que se suman a estas dos para permitir a este, las use para su provecho y el de los demás. Así a la fuerza física y la fuerza interior, se suman, la fuerza moral, la fuerza legal, la fuerza de la tradición, la de la herencia, la de la legitimidad y así podemos seguir enumerando fuerzas de las que se puede asir el hombre y apoyado en ellas, conseguir sus objetivos. El hombre que practica la virtud de la fuerza entonces, se convierte en una suerte de acumulador, que va poco a poco convirtiéndolo en el héroe arquetípico que las mitologías reseñan, siempre que, él sea consciente de su propiedad y su adecuado uso.

Toda fuerza, en el hombre, es adquirida como un poder, ya sea por su desarrollo propio o por delegación u otorgamiento dado por otro, que ya posea la fuerza en cuestión. Son ejemplo claro de ello, la fuerza que se otorga a los reyes, delegada de la divinidad, otorgada por los sacerdotes que son los guardianes de ese poder y ungida por el rito y la ceremonia que traen hasta el hombre que la recibe, la tradición. La fuerza de la herencia transmitida por la sangre. La fuerza de la legitimidad, entregada al hombre mediante el nombramiento y la delegación, de quien la posee por vía de las leyes, que los hombres han convenido en cumplir y hacer cumplir. Pero más allá de todas estas fuerzas otorgadas, el hombre puede acceder de manera especial a la fuerza del conocimiento, por la vía del estudio y la práctica, bajo la guía o tutela de un maestro, al ir poco a poco haciendo parte de sí, el conocimiento que se adquiere. Afianzándose así por estos medios a la coherencia, que más allá de la definición que encontramos en cualquier diccionario; es, ni más ni menos, que el uso adecuado y combinado de todo el cumulo de fuerzas disponibles.

Ninguna fuerza, es efectivamente fuerte, si antes no se ha desarrollado y hecho conscientemente propia. Este proceso se sucede inicialmente con su posesión, que acontece por el otorgamiento o delegación, pero hasta aquí, solo es una chispa; hasta este instante, solo es una posibilidad. Se hace necesario su desarrollo y su empoderamiento, que solo se logra con la práctica. Aún cuando la fuerza sea heredada; el hombre solo poseerá, la posibilidad de esta, por lo que necesita su estudio y comprensión, para hacerla crecer y poder aplicarla debidamente, ante las distintas circunstancias que la vida le presenta; con lo que la fuerza por sí sola, debe acompañarse de la madurez necesaria, que garantiza su desarrollo y correcta aplicación, según la circunstancia.

Otra particularidad que conviene observar en el estudio de la fuerza como virtud cardinal en el hombre, es el poder que da más allá, de la práctica; la transmisión. Ninguna fuerza tiene sentido si no es transmitida, de nada sirve acumular fuerzas desmedidamente para no usarla. La absurda y ególatra idea de acumular fuerzas y poderes, sólo por la satisfacción personal de poseerlas, no es más que un malsano vicio, que como todo vicio, debe ser combatido. Sí el hombre reconoce su paso por el mundo manifestado, como un estado temporal, comprende que nada posee realmente, que sea de este mundo y que por tanto, todo lo acumulado en él, debe ser transmitido a otros, evitando así su desperdicio y su inutilidad. Lo anterior se ejemplifica perfectamente, si pensamos en una batería, que estando con toda su carga, no es conectada a ningún aparato que utilice su energía para funcionar. Claramente, en el ejemplo; la batería solo es un objeto sin sentido alguno, en cuanto que no posee utilidad, hasta no brindar la energía contenida en ella.

El hombre, de forma natural, seguirá siempre a sus líderes, porque sin proponérselo, reconocen en ellos, la fuerza que anhelan poder compartir, porque la percibe en ellos; como se anhela el alimento, cuando el hambre ataca. La sensación de júbilo que produce, en quienes siguen a un líder, los logros que este alcanza; no se da realmente por la posesión de la fuerza, sino más bien, por la certeza de la proximidad y por ende la sensación de absorber parte de esa fuerza, en uno mismo. El hombre admira a sus líderes, justamente como una forma de reconocimiento de la carencia de la fuerza, que estos poseen; un anhelo de que sus líderes compartan esa fuerza con ellos. Se sucede en este planteamiento, algo que vale la pena detenerse a analizar. Cuando el hombre observa a un atleta, demostrar su habilidad, lo siente como su líder, y el júbilo que manifiesta, ciertamente no le alimenta, sin embargo, alimenta al atleta y lo impulsa más allá de sus límites. Así es que, nuestro atleta del ejemplo, logra sus metas por efecto de su entrenamiento, en un primer instante, pero el aplauso, invariablemente le da el último aliento necesario para romper marcas, produce en este, por diversas razones, la motivación necesaria para superar sus límites; nuestro atleta no busca el éxito por el aplauso, lo busca como manifestación de un combate consigo mismo, que lo obliga a ir más allá, sin embargo, el estimulo que produce el aplauso, le ayuda a vencer sus propios límites. El aplauso para él, es un estimulo que exige más de sí y no le deja detenerse o claudicar en su intento. Así, el aplauso, el voto y la obediencia, son manifestaciones que brindan al líder un estímulo adicional, que le permite romper alcanzar metas más allá de su propia limitación. De lo dicho, concluimos que la fuerza no está en el aplauso, pero sin duda, este estimula su aparición.


En el orden moral natural, hay dos virtudes constitutivas del bien, que son la prudencia y la justicia y dos virtudes conservantes del bien, pues liberan al hombre de todo aquello que puede apartarlo de él, que son la fortaleza y la templanza. La prudencia y la justicia, tienen como sujeto al que perfeccionan y sus dos facultades más nobles y humanas, es decir, la razón práctica y la voluntad. Por otro lado, la templanza y la fortaleza, tienen por sujeto a las pasiones que radican en los apetitos sensibles. Es mucho más difícil y arduo vencer el temor intenso que apartarse de un placer sensible, por lo que, de las dos últimas, la fortaleza es principal, ya que el temor tiende a apartar al hombre del bien y solo aquella es capaz de mantenerlo en la búsqueda de este.


De lo antes expuesto vemos que la función de la fortaleza consiste en no ceder al temor y moderar la agresividad de la audacia, lo que peritará, sin dudas, seguir fielmente los dictados de la recta razón, como el criterio, norma y medida del bien obrar.   


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