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domingo, 27 de octubre de 2013

La leyenda de los Andes



Cada versión de cada leyenda de los Andes apunta al lago Titicaca cuando habla del Comienzo -el lugar donde el gran dios Viracocha realizó sus hazañas creadoras, donde la humanidad reapareció después del Diluvio, donde a los antepasados de los incas se les concedió la varita mágica de oro con la que fundarían la civilización andina. Si esto fuera ficción, no vendría apoyado por los hechos; pues a orillas del lago Titicaca se encuentra la primera y más grande de las ciudades que en todas las Américas se hubieran levantado.



Su extensión, el tamaño de sus monolitos, las intrincadas tallas en sus monumentos y sus estatuas han sorprendido a todos los que han visto Tiahuanacu (que es como se le llamó a este lugar), desde que el primer cronista se lo describió a los europeos. Todos se han preguntado también quién construyó esta singular ciudad y cómo, y se han quedado anonadados ante su incalculable antigüedad. Y, sin embargo, el mayor de todos sus enigmas es su misma ubicación: un lugar árido, casi sin vida, a casi 4.000 metros -¡cuatro kilómetros!- de altitud, entre los picos andinos más altos, que están permanentemente cubiertos de nieve. ¿Quién hubiera hecho tan increíble esfuerzo por erigir unos colosales edificios, con una piedra que hubo que extraer y transportar desde varios kilómetros de distancia, en este lugar sin árboles y desolado, barrido por el viento?

Al pensar esto, Ephraim George Squier se sintió impactado, cuando llegó al lago hace un siglo.
«Las islas y los promontorios del lago Titicaca -escribió (Perú Illustrated)-, son estériles en su mayor parte. En las aguas se oculta cierta variedad de extraños peces, que contribuyen a nutrir a una población necesariamente escasa en una región en donde la cebada no maduraría salvo en las mejores circunstancias, y en donde un maíz diminuto se desarrolla de la forma más precaria; en donde la patata, encogida hasta la mínima expresión, es amarga; en donde el único cereal es la quínoa; y en donde los únicos animales de la zona que pueden servir de alimento son las alpacas, las llamas y las vicuñas.»
Sin embargo, en este mundo sin árboles, Squier añadió,
«Si nos hemos de fiar de las leyendas, el germen de la civilización inca se desarrolló a partir de una antigua civilización original que grabó sus recuerdos en enormes piedras y las dejó en la llanura de Tiahuanacu, y de las cuales no quedan leyendas, salvo que fue la obra de los gigantes de la antigüedad, que las pusieron en pie en una sola noche.»
Sin embargo, otros fueron los pensamientos que le impactaron cuando trepó hasta un promontorio desde donde se veía el lago y la antigua ciudad. ¿No sería, quizá, por su aislamiento, por los picos circundantes, por la perspectiva entre los picos, por lo que se habría elegido aquel lugar? Desde una cresta que hay en el extremo sudoccidental de la llanura en la cual está ubicado el lago, cerca de donde las aguas de éste corren hacia el sur a través del río Desaguadero, Squier no sólo podía ver el lago con sus penínsulas e islas más meridionales, sino también los picos nevados del este.

Junto a un esbozo que él mismo dibujó, escribió:
«Aquí, la gran cordillera nevada de los Andes se eleva ante nuestra mirada con toda su majestad. Dominando el lago, se encuentra la mole maciza del Illampu, o Sorata, la corona del continente, la montaña más alta de América, rivalizando, si no igualando en altura, a los monarcas de los Himalayas; los observadores varían en sus estimaciones y cálculos acerca de su altitud, entre los 7.600 y los 8.200 metros.»
Al sur de este destacado hito, la ininterrumpida cadena de montañas y picos «termina en la gran montaña de Illimani, de 7.400 metros de altitud». Entre la cordillera occidental, en cuyas estribaciones había estado Squier, y las gigantescas montañas del este, se encuentra la depresión en la que se extiende el lago y sus costas meridionales.
«Posiblemente, no haya otro sitio en el mundo -prosiguió Squier-, en donde, desde un único punto de vista, se tenga un panorama tan diverso y grandioso. La totalidad del gran altiplano de Perú y Bolivia, en su parte más ancha, con su propio sistema fluvial, sus propios ríos y lagos, sus llanuras y sus montañas, todo, enmarcado por las sierras de la cordillera de los Andes, se nos ofrece como si fuera un mapa»
¿No serían estos rasgos geográficos y topográficos los verdaderos responsables de la elección de este lugar, en el extremo de una gran llanura, con dos picos que se destacan no sólo desde el suelo, sino también desde los cielos, igual que los picos gemelos del Ararat (5.100 y 3.900 metros) y las dos pirámides de Gizeh habían servido para marcar las rutas de aterrizaje de los anunnaki?

Sin saberlo, Squier había planteado la analogía, pues tituló el capítulo en donde describía estas antiguas ruinas como «Tiahuanacu, la Baalbek del Nuevo Mundo»; pues ésa era la única comparación que se le pudo ocurrir -la de un emplazamiento que hemos identificado como el lugar de aterrizaje de los anunnaki al cual Gilgamesh se encaminó hace cinco mil años.

El mayor explorador de este siglo de Tiahuanacu y sus ruinas ha sido, sin lugar a dudas, Arthur Posnansky, un ingeniero europeo que se mudó a Bolivia y dedicó toda su vida a desvelar los misterios de estas ruinas. Ya en 1910, Posnansky se quejaba de que, de una visita a otra, veía cada vez menos elementos, pues los nativos de la zona los constructores de la capital, La Paz, e incluso el mismo gobierno, para la construcción del ferrocarril, se llevaban sistemáticamente bloques de piedra, no por su valor artístico o arqueológico, sino como material de construcción de libre disposición.

Medio siglo antes, Squier se quejaba de lo mismo y manifestaba que en la población más cercana, en la península de Copacabana, la iglesia, así como las viviendas de sus habitantes, se habían construido con piedras arrebatadas a las antiguas ruinas como si de una cantera se tratara. Y descubrió que hasta la catedral de La Paz se había levantado con piedras de Tiahuanacu.

Sin embargo, lo poco que quedó -principalmente porque era demasiado grande para moverlo- le llevó a pensar que se trataba de los restos de una civilización que había desaparecido antes de que los incas existieran, una civilización contemporánea de la de Egipto y Oriente Próximo. Las ruinas indican que las estructuras y los monumentos fueron obra de un pueblo capaz de una arquitectura singular, perfecta y armoniosa -y, sin embargo, «no tuvo infancia, y no pasó a través de un período de crecimiento». No es de sorprender, por tanto, que, los indígenas a los que se les preguntó, les dijeran a los españoles que todo aquello lo habían levantado en una noche los gigantes.

Pedro Cieza de León, que viajó por todo lo que es ahora Perú y Bolivia entre los años 1532 y 1550, comentó en sus Crónicas que, sin lugar a dudas, las ruinas de Tiahuanacu eran «el lugar más antiguo de todos los que yo haya descrito». Entre los edificios que le asombraron había una «colina hecha por manos de hombres, sobre una gran base de piedra» que medía más de 270 por 120 metros, y se elevaba unos 36 metros.

Más allá, vio,
«dos ídolos de piedra, de aspecto y forma humanos, los rasgos hábilmente tallados, de manera que parecen hechos por mano de algún gran maestro. Son tan grandes que parecen pequeños gigantes, y está claro que llevan un tipo de ropa diferente del que llevan ahora los nativos de estas partes; parecen llevar algún ornamento en la cabeza».
Cerca, vio los restos de otro edificio, y de un muro «muy bien construido». Todo parecía muy antiguo y erosionado. En otra parte de las ruinas vio,
«piedras de tan enorme tamaño que causa admiración pensar en ellas, y reflexionar qué fuerza humana pudo moverlas hasta el lugar en donde las vemos, siendo tan grandes. Muchas de estas piedras están talladas de diferentes formas, algunas de ellas tienen la forma de un cuerpo humano, por lo que debieron ser sus ídolos».
Se dio cuenta de que cerca del muro y de los grandes bloques de piedra había «muchos agujeros y huecos en el suelo» que le desconcertaron. Más al oeste, vio otras ruinas antiguas,
«entre ellas, muchos pórticos, con sus jambas, dinteles y umbrales, todo de una sola piedra».
Concretamente, se asombró de que «de estos grandes pórticos salen piedras aún más grandes sobre las cuales se han formado los pórticos, algunas de ellas de 9 metros de anchas, 4 ó 5 de largas y casi dos metros de grosor. Todo esto -decía Cieza de León totalmente anonadado- el portal, las jambas y el dintel, es de una sola piedra. Y añadió que «la obra es grandiosa y magnifícente, cuando se la considera en su conjunto», y que,
«no alcanzo a comprender con qué instrumentos o herramientas se puede haber hecho, pues es bien cierto que, para que estas grandes piedras se pudieran llevar a la perfección y dejarlas como las vemos, las herramientas tuvieron que ser mucho mejores que las que utilizan ahora los indios».
De todo lo visto por los primeros españoles al llegar a la escena, tan sinceramente descrita por Cieza de León, estos colosales pórticos de una sola pieza siguen estando donde cayeron. El lugar, a alrededor de un kilómetro y medio al sudoeste de las ruinas principales de Tiahuanacu, recibió el nombre indio de Puma-Punku, como si se tratara de un sitio aparte; pero ahora sabemos que formaba parte de la gran metrópolis de Tiahuanacu, que medía un kilómetro y medio de ancho por casi tres de largo.
Estas ruinas han sorprendido a todos los viajeros que las han visto durante los dos últimos siglos, pero los primeros en describirlas científicamente fueron A. Stübel y Max Uhle (Die Ruinenstaette von Tiahuanaco im Hochland des Alten Perú, 1892). Las fotografías y los dibujos que acompañaban su informe demostraban que los gigantescos bloques de piedra caídos habían formado parte de varias estructuras de sorprendente complejidad que podían haber formado el edificio oriental del lugar.
Cómo se obtendría este bronce, de modo que su disponibilidad no fuera una parte más del enigma, sino también una pista para las respuestas?

Dejando a un lado la explicación acostumbrada de que las colosales e intrincadas estructuras de Puma-Punku eran «un templo», ¿qué fin práctico tenía? ¿Cuál era la función para la cual se habían puesto en juego un esfuerzo tan inmenso y unas tecnologías tan sofisticadas?

El arquitecto alemán Edmund Kiss, cuya visualización del aspecto que pudieron tener en su origen las estructuras inspiró sus planos para los monumentales edificios de la Alemania nazi, creía que los montículos y las ruinas que hay a los costados y enfrente de la sección de cuatro partes derrumbada eran elementos de un puerto, puesto que, en la antigüedad, el lago se había extendido hasta allí. Pero esto deja abierta la pregunta e, incluso, la refuerza: ¿qué pasaba en Puma-Punku? ¿Qué se importaba y que productos se embarcaban en esta estéril altitud?

En excavaciones recientes en Puma-Punku se ha descubierto una serie de recintos semisubterráneos construidos con bloques de piedra perfectamente modelados. Recuerdan los de la plaza hundida de Chavín de Huantar, y plantean la posibilidad de que fueran elementos -embalses, estanques, cámaras-esclusa- de un sistema hidráulico similar.

Más respuestas se pueden encontrar en los más desconcertantes (si ello es aún posible) descubrimientos del lugar: bloques de piedra, completos en sí mismos o indudablemente partidos por bloques más grandes, que se modelaron, se angularon, se cortaron y grabaron de un modo asombroso, con una sorprendente precisión y con herramientas que son difíciles de encontrar aun en nuestros días. La mejor manera de describir estos milagros tecnológicos es mostrar algunos de ellos... 
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