AMIGOS DEL BLOG

viernes, 23 de noviembre de 2018

El ‘Bhagavadgitã’

El ‘Bhagavadgitã’

Presentamos el capítulo 15 del ‘Bhagavadgitã’ o ‘El canto del bienaventurado’, a partir de la traducción y la edición de Juan Arnau, publicada por Ediciones Atalanta, acompañado de una reflexión de Raimon Arola sobre su recepción en Occidente.

Capítulo 15: El supremo espíritu

—Dicen que hay un árbol eterno[1] con las raíces en el cielo y cuyas ramas crecen hacia abajo —dijo Krisna—. Sus hojas son los cantos védicos. Quien lo conoce, conoce el veda. Sus ramas se alimentan de la savia de los guna y tienen en las yemas su percepción, crecen por todas partes y cubren la tierra de los hombres y sus empeños. Pero los hombres no pueden ver el árbol completo, no saben dónde empieza ni dónde acaba. Cuando se ha cortado el tronco, profundamente arraigado, con el hacha afilada del desprendimiento, hay que buscar ese lugar singular del que no se retorna y volver a la conciencia original, la semilla de la que brotó ese antiguo impulso vegetal. A esa morada imperecedera arriban los que se han liberado del orgullo y la confusión, los que, firmes en la conciencia de sí, se han liberado de la ilusión del mundo, de la inclinación a la dicha y de la huida de la miseria.

»Morada no iluminada por el sol ni por la luna, lugar donde el fuego no calienta, ámbito supremo del no retorno. Un pedazo de mí, eterno, habita en las almas individuales y las atrae hacia mí mediante la mente y la percepción, hijas de la naturaleza primordial.[2] El Señor[3] asume y desecha el cuerpo, y lleva consigo la memoria y lo percibido como la brisa el aroma de las flores. Y recurriendo a la vista, al oído, al tacto, al gusto, al olfato y a la mente, experimenta lo percibido.[4] Pero sólo aquellos que disponen del ojo del discernimiento entienden esto, mientras que los necios [asidos a un ego ilusorio][5] creen ser ellos los que experimentan la vida sensible. También pueden verlo los yoguis, pero no así, por mucho que se esfuercen, quienes no han cultivado su mente.

»La radiante luz del sol, el claro de luna o la lumbre del fuego son mi propia luz, que ilumina el universo entero. Soy la tierra fértil que sostiene a las criaturas y la savia[6] que alimenta y nutre plantas y árboles. Soy el ardor de la digestión y el aliento“[7] de la respiración, y mediante éstos consumo las cuatro clases de alimentos.[8] Habito en el corazón de cada una de las criaturas; en mí tienen su origen la razón, la memoria y el entendimiento. A través de las escrituras soy conocido; soy el hacedor del vedãnta y el conocedor del veda.[9]

»En este mundo hay dos principios,[10] el perecedero y el imperecedero. El perecedero comprende a todas las criaturas, el imperecedero es llamado el inmutable.[11] Pero hay otro principio, más elevado, el ãtman supremo, que es el Señor eterno que penetra y sostiene los tres mundos. Por trascender lo perecedero y lo imperecedero, el Veda y el mundo me proclaman el purusa supremo.[12] Oh Bhárata, aquel que, libre de error, me reconoce como espíritu supremo, se entrega a mí por entero y sabe todo lo que hay que saber. Queda así enunciada, noble príncipe, la más secreta de las doctrinas. Comprendiéndola se cumple el destino y uno se despierta.[13]



Fragmento del capítulo “Oriente y Occidente” del libro Cuestiones simbólicas. Las formas básicas de Raimon Arola.



En 1785, pocos años antes del estallido de la Revolución francesa, y, con ella, del comienzo del mundo contemporáneo, se publicó la primera traducción del Bhagavad Gita a un idioma occidental. Su autor fue Sir Charles Wilkins, un orientalista instalado en la ciudad santa de Benarés[14] donde estudió sánscrito y emprendió la traducción del Mahábharata, que no completó. A la traducción del Bhagavad Gita –una parte del Mahábharata– la tituló, Bhagvat-geeta, or Dialogues of Kreeshna and Arjoon. Poco después, esta obra se tradujo al alemán y al francés[15]. La traducción del Bhagavad Gita puede considerarse como el comienzo de una nueva manera de acercarse a la religión y el colofón de una búsqueda de muchos siglos en Europa. Así mismo, abrió un camino paralelo a los estudios antropológicos que, en cierto modo, se habían iniciado un poco antes, en 1778, cuando el capitán James Cook visitó las islas Hawai, unas islas que nunca antes habían sido pisadas por un europeo; a partir de entonces comenzó el auge de la antropología inglesa, lo que llevó a que, un siglo más tarde, James George Frazer publicara La rama dorada, la gran compilación de tradiciones mágicas y primitivas.

La publicación del Bhagavad Gita fue el punto de inflexión a partir del cual los intelectuales y artistas occidentales tomaron conciencia de la importancia y complejidad del pensamiento religioso y espiritual de otras culturas que hasta entonces habían sido consideradas como primitivas y, por ello, superadas. Hay que tener en cuenta que en el Bhagavad Gita, Krishna se revela a Arjuna como “el mismísimo Dios” y esta frase proporcionó un enfoque diferente a la mirada occidental que calificaba a las tradiciones estudiadas por la antropología como politeístas o panteístas. Además, en el prefacio a su traducción, el propio Wilkins explica que en el Bhagavad Gita encontró cierta “unidad monoteísta”, distinta al politeísmo de los Vedas.

También es necesario señalar que con este libro se conocieron las técnicas yóguicas, una sabiduría a la vez corporal y espiritual que sedujo a Occidente –y todavía lo hace–, pues, como afirma Krishna al principio de la cuarta conversación, él mismo reveló el yoga eterno a Vivasvan, Vivasvan lo transmitió a Manu, éste lo transmitió a Ikshvaku y así sucesivamente, de modo que todos los reyes fueron sabios mientras siguieron los conocimientos contenidos en el yoga.

La fascinación por la Índia y en general por el Oriente eterno, origen de la luz, que se despertó en la Europa de la época estuvo estrechamente vinculada a la seducción por el mundo medieval propia del Romanticismo. Así, desde hace más de un siglo, Oriente y Medioevo han sido como dos caras de una misma moneda puesto que ambos han supuesto unos referentes básicos para el pensamiento simbólico. Quizá sea en la obra del autor anglo-indio Ananda K. Coomaraswamy y, en especial, en su Filosofía cristiana y oriental del arte[16], de 1956, donde se muestra de un modo más evidente los motivos del estrecho vínculo entre ambas formas culturales]. En 1958, Juan Eduardo Cirlot argumentó esta idea en la presentación de la primera edición de su Diccionario de símbolos tradicionales (más tarde eliminó el adjetivo), pues allí describió su interés por los símbolos a partir de un “enfrentamiento con la imagen poética” y también a partir del estudio de “la historia general del arte, en particular en lo que se refiere al simbolismo románico y oriental”[17].

NOTAS

[1] asvattha: el Ficus religiosus o higuera sagrada

[2] Tanto la mente como la percepción son evoluciones de la naturaleza primordial (prakrti). La atracción se ejerce aquí desde elpurusa original, que se encuentra fuera del mundo natural.

[3] ïsvara (purusa): se refiere a la conciencia en continuidad, que renace llevándose las inclinaciones del sujeto, consecuencia de su actividad mental y perceptiva. Se emplea el símil budista del olor (gandharva).

[4] De nuevo, el sujeto que experimenta la vida sensible es el purusa original, que trasciende el mundo natural.

[5] Un ego ilusorio por estar hecho de guna, por ser un mero amasijo de impresiones, sin identidad propia.

[6] El jugo de la planta del soma (cuya identificación no está clara) desempeñó un importante papel en la liturgia védica (el libro IX del Rgveda está dedicado a ella). Se trata de una ambrosía embriagadora y muy apreciada por dioses y sacerdotes, que se obtenía machacando en un mortero los tallos de la planta.

[7] El término prãna (respiración, aliento, vida), junto con apãna, hace referencia al aire de la espiración y la inspiración en el acto de respirar.

[8] Los que se mastican, sorben, lamen y beben.

[9] El creador o la voz del vedãnta: vedãntakrt.

[10] Dos purusa.

[11] kutastha: literalmente, «fijo, inamovible». Las opciones pueden ser dos: la cima de una montaña, desde la cual se contempla todo con indiferencia, o la parte más eminente de la cabeza, la coronilla, el lugar por donde el alma abandona el cuerpo.

[12] Se intenta subsumir el peculiar dualismo del sãmkhya en un monismo neutral que trasciende los dos principios, la conciencia original y la naturaleza primordial (los dos purusa).

[13] Buddhvã buddhimãn syãt krtakrtyas.

[14] Cf. Diana L. Eck, Banaras. City of Light, Routledge & Kegan Paul, Londres 1983.

[15] Cf. “A History of the Gita’s Transnational Reception, 1785-1945”, in Modern Intellectual History 7, 2, Cambridge University Press, 2010; pp.297-317.

[16] Primera traducción en castellano: Taurus, Madrid 1980.

[17] Diccionario de símbolos, Siruela, Madrid 1997; p. 11.

https://www.arsgravis.com/bhagavadgita-el-canto-del-bienaventurado/

No hay comentarios:

Publicar un comentario