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viernes, 19 de enero de 2018

La Palabra Sagrada

Nicolás Quiles


Hasta el cansancio nos refieren al “aliento divino”, al poder del verbo expresado en los primeros versículos del evangelio de Juan, donde señala “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” y aun mucho antes, en el Génisis se lee en el versículo 3 “Y dijo Dios: Sea la Luz: y fue la Luz”, no sin antes hacer el comentario de que los primeros dos versículos son descriptivos de la situación inicial, con lo que puede considerarse como primera acción de Dios, el uso de su aliento.

¿Qué hace que el hombre tenga una lengua articulada?, biológicamente dos son las características que le permiten, a groso modo, el uso de una lengua articulada al hombre, en exclusividad. La primera característica es la capacidad de pensamiento coherente, vale decir, la capacidad de generar ideas complejas dentro de su mente y la segunda característica, es el hecho de que su bóveda palatal no es plana como en el resto de los seres del reino animal que producen sonidos. Lo que le da la capacidad de generar sonidos articulados, mucho más complejos que la simple vibración de las cuerdas bucales, producto de la expiración o del paso del aire a través de estas. Además de estas dos características, importantes por demás; hay una tercera que no siendo directamente implicada en el hecho biológico que da capacidad al hombre para el manejo del lenguaje, está relacionada a esta capacidad por permitir al hombre la sensorialización y el análisis y por tanto, la posibilidad de emitir conceptos nuevos que enriquecen el lenguaje; esta característica morfológica es el pulgar atrasado, que nos permite movimientos finos en las manos y por tanto la capacidad de realizar trabajos de gran detalle.


La combinación de aliento, paladar, lengua, dientes y labios, es capaces de generar una variedad compleja de sonidos que el hombre con su pensamiento ha sabido organizar y ordenar, de forma tal que ha “fabricado” un “lenguaje articulado”, o quizá le fue dado y este solo lo usa, esto último, aun que parezca descabellado no lo es, pues no se ha podido determinar con exactitud un origen del lenguaje, como señala el Dr. José Manuel Briseño Guerrero en su libro, “el origen del lenguaje” . Ya la ciencia ha determinado con sobrada certeza que todos los animales poseen formas de comunicarse a través de sonidos que ellos son capaces de producir; pero el hombre tiene una característica especial en este ejercicio de la producción de sonidos; es capaz de articular esos sonidos de forma tal que conforman un lenguaje complejo, que puede retroalimentarse y crecer, enriquecerse y evolucionar; asignando a cada sonido un concepto que puede o no estar relacionado con la realidad que lo circunda.


Pero ¿Cómo es esto que al principio de los tiempos y el espacio Dios ya era capaz de decir cosas? La respuesta a esta interrogante, es lo que el lector supone seguramente. Según Juan “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Así pues, Dios y el Verbo son simultáneos, coexisten en un caos primordial del “universo previo” a la creación, sin considerar aquí la forma de este, pues ha podido ser un punto infinitamente pequeño o un caldo caótico inicial. Es por ello, que el poder de la palabra es inmenso e incluso posee una fuerza que ni siquiera el mismo hombre es capaz de comprender, vale decir, que también en los evangelios se nos señala, en Mateo 7,7 “Pedid, y se os dará;”, esta expresión no deja lugar a posibilidad alguna, distinta de que solo el hecho de pedir, otorga el derecho de poseer. Basta pedir para tener, de hecho; así de poderosa es la palabra. Pronunciar así una palabra es de hecho manar de si algo que, según la escritura sagrada, es Dios en si mismo y por tanto poseedora de su poder.


Cabe aquí acotar que ciertamente, el nivel evolutivo de una cierta raza o grupo étnico, se manifiesta a través de su lenguaje, en muchos casos, esta complejidad en el lenguaje deviene de una cantidad de sucesos culturales que lo han traído hasta el momento actual en la complejidad que posee; sin embargo, hay de hecho un esqueleto común a todas las lenguas, que si decidimos llamarlo “universales del lenguaje”, puede entenderse como una base o esqueleto común a todos los lenguajes. Estos universales del lenguaje, son aquellos elementos del lenguaje que no son producto del ejercicio del análisis o de la experiencia de la cultura. Pudiéramos decir que, los universales del lenguaje son la serie de características o atributos que, siendo poseídos por todos los lenguajes de forma común, no dependen de la experiencia ni de la herencia, con lo cual diríamos que son partes del “lenguaje a priori” y que siendo así, toda construcción lingüística creada a partir del “lenguaje a priori”, podemos llamarlo “lenguaje puro” y tan puro es que ese lenguaje es el que está constituido exclusivamente por esos universales del lenguaje, que intuimos es el lenguaje dado por la deidad, es el lenguaje de Dios. Yo me atrevería a decir que esos universales del lenguaje, son los que el hombre uso, quizá antes del diluvio universal y hasta la construcción de la torre de Babel, donde quiso Dios complicar las cosas y nos condeno a no ser capaces de entendernos, para evitar que se culminara la construcción de la torre. En el Génesis capitulo 11, versículos 1 y siguientes, se lee. “Era entonces toda la tierra de una lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que, como se partieron de oriente, hallaron una vega en la tierra de Shinar, y asentaron allí. Y dijeron los unos a los otros: Vaya, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y fueles el ladrillo en lugar de la piedra, y el betún en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquemos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuésemos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno y todos estos tienen un lenguaje: y han comenzado a obrar, y nada les retraerá ahora de lo que han pensado hacer. Ahora pues, descendamos, y confundamos allí sus lenguas, para que ninguno entienda el hablar de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.”


Más allá del posible análisis del contenido del párrafo, por demás alquímico y con gran profundidad simbólica, que podemos desmenuzar en detalle en otro futuro articulo. Quisiera aquí que el lector notara, la importancia que tiene el hecho de que todos tenían “una lengua y una misma palabra”, expresión esta que, para el masón ya en si misma tiene gran significación. Un poco más adelante se lee “he aquí el pueblo es uno y todos estos tienen un lenguaje: y han comenzado a obrar, y nada les retraerá ahora de lo que han pensado hacer.” Sigue casi de inmediato diciendo “confundamos allí sus lenguas, para que ninguno entienda el hablar de su compañero”, para finalizar dando el nombre de Babel al lugar, “porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra”


De estas cuatro oraciones contenidas en el párrafo, se comprende que, un lenguaje y una misma palabra hacen al pueblo uno, con el mismo lenguaje. Poniéndolos a obrar con un fin determinado, que habiendo sido comprendido por todos es indetenible. Tan poderosa es la fuerza del lenguaje que hasta para la divinidad, se hace necesario confundirlo para poder detener sus fines.

No quiero yo entrar en consideraciones vánales de si lo hecho por el hombre o por Jehová en esta historia es o no adecuado, pues no somos quien para hacer juicios sobre la escritura sagrada, solo quiero centrar la atención del lector en el poder de la palabra; llamando la atención sobre la existencia de un esqueleto lingüístico olvidado quizá que tiene la característica indudable, pues está plasmado así explícitamente en las escrituras, de hacer que los hombres sean uno, tras un fin común. Interesa también observar como la palabra tiene el poder de la identificación, pues quienes hablan igual se identifican entre sí como similares, aquello que tiene un nombre es identificable de inmediato y posee identidad gracias a la palabra.



Lo expuesto aquí partiendo de la base de la tradición judeo-cristiana es aplicable a todas las culturas de la tierra, el Bagabathgita es prueba de ello en la tradición hindú, en una gran diversidad de mitos se observa la palabra y el lenguaje como ejes sobre los que gira todo el devenir de la existencia del hombre.


La palabra y el lenguaje son una suerte de música, que tiene un emisor y un receptor, que según se modula y se ordena transmite no solo significados, si no también sensaciones y deseos, por ello el lenguaje es, por excelencia el medio por el cual el hombre es capaz de establecer relación con sus congéneres, además de ser en esencia la vía por la que se transmite el conocimiento a lo largo del tiempo, ya sea hablada o escrita la palabra y el lenguaje en sí mismas son un poder, al que los poderosos temen, porque ella no necesita revestirse de imagen para lograr su objetivo. Hasta un pobre hombre en apariencia es capaz de movilizar grupos apoyando su fuerza en la palabra, su contenido es independiente del adorno que la secunda.


Observe el lector, que el lenguaje es una suerte de hilo de Ariadna que mantiene al hombre unido a sus semejantes, pues no tiene ningún sentido el lenguaje en soledad, se requiere de alguien que hable o escriba y alguien que escuche o lea para que tenga sentido y por tanto es necesariamente un conector entre los seres que lo comparten. Este conector tiene características especiales, pues el lenguaje y la palabra estimulan el crecimiento del ser.

Interesante resulta el hecho de que “la palabra” en la escritura bíblica va siempre en compañía de Jehova, lo cual es una señal del origen divino de esta, pues solo en muy contadas ocasiones se le asigna la palabra a Moises, para mostrar que la palabra es, de alguna manera, una clave entre la divinidad y algunos hombres, quizá hombres cualificados para recibirla y servir de intérpretes o puentes hacia el resto de los hombres. Lo anterior también deja ver que la palabra es de hecho un atributo divino dado al hombre, desde la tradición.