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sábado, 21 de enero de 2017

El silencio del Aprendiz

El silencio del Aprendiz
Gustavo B.
Res.·. Log.·. Simb.·. Manuel Oribe

La primera etapa del aprendizaje masónico está signada por el silencio como medio hábil de lograr una atmósfera de trabajo adecuada y una herramienta eficaz para el desarrollo intelectual y cultivo de la mente. Es una herramienta hábil como un inductor hacia la calma interna necesaria para contrarrestar la ansiedad y la prisa impuesta desde las tentaciones del mundo profano.

Los Hermanos Aprendices, dedicados a la talla y desbaste de la piedra bruta en silencio, somos símbolo vivo y operante de quien trabaja en la construcción de su propia perfección, de quien busca alcanzar los más altos principios intelectuales, morales y sociales que modelen nuestro carácter plenamente, puesto que esta actitud implica una buena cuota de fuerza de voluntad para contener nuestra necesidad natural de polemizar y expresar nuestros pareceres. El silencio nos dará la paciencia necesaria para la resolución de problemas, nos dará la posibilidad de elección de la palabra precisa cuando se nos habilite el uso del verbo, nos dará la posibilidad de brindar una respuesta adecuada, inteligente, fraterna, libre de egoísmos, de falacias y ofensas pero sí cargada de luz.


San Pedro Mártir pide silencio a la entrada del convento de San Marcos, Florencia, Italia.

La dualidad del silencio

Por su funcionalidad, el silencio de los Aprendices debe verse desde la dualidad que tantas veces se presenta a nuestros aún ignorantes ojos. Una primera acepción: como silencio para escucharse a sí mismo, pues los ruidos del mundo profano nos dispersan y nos apegan a lo superficial; sin que podamos lograr profundizar en los conocimientos ni en la observancia de la naturaleza. Aprendiendo a escucharnos, los Hermanos Aprendices aprenderemos a darle a nuestras palabras el sentido profundo y correcto que una persona cultivada ha de tener, cuando adquiramos la facultad del verbo no parlotearemos, sino que diremos palabras con profundo sentido.

Una segunda acepción: como silencio para escuchar al otro; porque al no participar, con palabras en Logia, de los debates sobre las planchas buriladas y los temas propuestos, los Hermanos Aprendices nos centraremos y nos concentraremos en la escucha reflexiva. De este modo, las palabras de nuestros Hermanos no se perderán en nuestras cabezas, sino que serán asimiladas, analizadas e incorporadas a nuestra “Tabla rasa”, como quien guarda en un baúl el conocimiento que nos ha de dar luz y grandeza a nuestra alma: el insumo necesario al crecimiento de nuestro intelecto y la virtud a nuestra persona. Podría decirse que, mientras nuestros Hermanos hablan, los Hermanos Aprendices participamos en el diálogo del taller por medio de nuestro silencio; pero no de un silencio por imposición, un silencio por ignorancia o un silencio por desinterés… Todo lo contrario: se trata de un silencio fértil que nos ayuda a desarrollar nuestro conocimiento, nuestro ser, nuestra conciencia y, en cierta manera, también es un silencio activo porque toma nota, piensa, da fruto. Como vemos, el silencio se nos puede presentar dualmente entre un silencio pasivo y un silencio activo.
Origen del silencio masónico

Históricamente, en la comunidad filosófico-educativa que significó la Escuela Pitagórica (sabido era una escuela Iniciática), sus discípulos se distinguían en tres grados, siendo el primero el acústico, así llamado para aprender a silenciar la mente, en el cual se imponía un período de noviciado de tres años, en donde se les admitía como oyentes, observando un silencio absoluto, como método de asimilación de conocimientos y adquisición de mesura, como instrumento para el desarrollo de la razón y meditación. Posiblemente sea este el origen del periodo de aprendizaje adoptado por los masones como método.

Silencio como virtud

Para aprender a callar, hay que ser consciente de nuestras flaquezas… ¡vaya que resulta a veces difícil encontrar nuestro silencio interior! De esa dificultad deriva sin duda la mayoría de los vicios del ser humano; pues la palabra resulta ser la consecuencia directa de nuestros pensamientos, la expresión audible de nuestros sentimientos y pareceres. La mejor palabra es aquella que es breve y concisa, la sabia, la que transmite la verdad, la que persigue el bien. Aprender a hablar poco, lo justo y suficiente, significa en el masón en general, no sólo en el Aprendiz, la fuerza de voluntad, el carácter templado, el dominio de sí mismo, la elevación de su espíritu.

Muchos podrán ver una contradicción entre el principio masónico de ser “libres pensadores” y este silencio metódico. Sin embargo, nosotros los masones hemos de ver este silencio impuesto como el medio idóneo para lograr precisamente esa libertad de pensamiento no infectada de vicios profanos, no influida por el pequeño mundo exterior gobernado por el egoísmo, la falta de profundidad en los conceptos, la vergonzante superficialidad con que se convive día a día y la falta de comprensión para ver más allá de nuestras narices. Es por eso que buscar la luz interior, buscar la luz del conocimiento es poder ver más allá del árbol que nos impide ver el bosque. El Silencio del Aprendiz está lejos de constituir una medida limitante o autoritaria, tendiente a frustrar o disminuir al recién iniciado; al contrario, es un instrumento educativo, de formación iniciática, que por tanto debe asumirse con plena conciencia de sus beneficios.

La Masonería nos enseña a darle justo valor al silencio. Es por lo expresado que hay que distinguir entre unos y otros silencios. No debemos jamás confundir el silencio elevado a virtud, enseñado y practicado en la masonería, con aquel otro silencio que es impuesto por la fuerza y que nace del temor; y que, valiéndose de la represión amordaza, no deja expresar libremente nuestros pensamientos y le arrebata al hombre una de sus más preciadas conquistas: la libertad de expresión. Tampoco es pertinente concebir en el espíritu masónico aquel silencio que puede contribuir a encubrir malas acciones o pensamientos torcidos.

El silencio practicado con una actitud iniciática se eleva al rango de virtud, pues gracias a él es posible aprender a ser prudente, diligente, moderado y discreto, observar constructivamente las faltas y ser indulgente con las fallas y aprovechar los aciertos de los demás para bien propio y colectivo.

El silencio en Logia

Obviamente que el silencio no es virtud propia del Hermano Aprendiz, es una virtud que ha de adquirirse y guiar toda nuestra vida masónica. No en vano una de las primeras acciones solicitada por nuestro Venerable Maestro al estar en Logia, cuando inicia los trabajos, es meditar en silencio, solamente escuchando una tenue melodía…. ¿Por qué?… La respuesta es sencilla: el silencio nos lleva a adentrarnos en un estado que nos transporta más allá de lo que perciben nuestros sentidos; nos ayuda a abrir nuestro corazón y nuestro intelecto, para recibir los mejores frutos de la espiritualidad y del conocimiento.

Representaciones del dios griego Harpócrates (Horus niño).

El silencio solicitado al inicio de toda tenida permite nuestra unión mística y la posibilidad de enlazar las mejores energías que deben ser utilizadas en nuestros trabajos. El estar en silencio al abrirse los trabajos, nos está aislando de preocupaciones externas y establece en nuestra mente las condiciones del silencio interior, tan necesarias para absorber las enseñanzas de la Orden. El silencio nos permitirá desarrollar con mayor claridad las ideas y los conceptos que exponemos en las tenidas.

La palabra y el silencio, como en la música, deben ser usados con orden, ritmo y armonía. Cuando un Hermano hace uso del verbo, los demás Hermanos deben escuchar en silencio, con atención y actitud respetuosa, receptiva y fraternal; lo que ayuda también a preparar una recreación ordenada y consciente.

Antes de clausurar los trabajos, el Venerable Maestro nos recuerda nuestra promesa de silencio sobre lo percibido por nuestros sentidos a lo largo de la Tenida. Esto, desde luego no sólo debe tomarse en sentido literal, sino también en sentido alegórico y simbólico.

El silencio en la Cadena de Unión crea una atmósfera cálida, de vinculación fraternal, que va fortificando nuestros lazos, a medida que la practicamos juntos y en armonía.
El silencio en el rito de la iniciación

Retrotrayendo el tiempo a nuestra iniciación, es bueno recordar que el silencio resulta clave en el rito; desde que somos vendados y llevados al cuarto de reflexión, se nos enseña que sólo a través de la contemplación se puede acceder a las primeras verdades. Verdades que es necesario desentrañar poco a poco y a través del crecimiento interior. La Ley Iniciática del Silencio comienza cuando siendo profanos entramos a la Cámara de la Reflexión; donde permanecer solos, rodeados de símbolos, frases y palabras, y se nos estimula a penetrar en nuestro interior.

De igual forma, cuando prestamos juramento, adquirimos la obligación de callar, especialmente cuando se nos indica que no debemos revelar los secretos de la orden ni la palabra enseñada al mundo profano. Allí, el silencio simboliza la discreción y la disciplina del Masón, así como su lealtad frente a sí mismo y sus hermanos. Para ser más elocuente, transcribo un viejo adagio que resulta claro sobre el punto: “los labios de la sabiduría están mudos fuera de los oídos de la comprensión”; por ello, el buen masón prefiere que le corten la garganta antes que romper su silencio.
El silencio como conducta

El alcance de nuestra palabra, producto de nuestros pensamientos, resulta clave en la construcción del templo interior, a través del pulimento de la Piedra bruta. Lo mejor es callar si aun no sabemos cómo y cuándo hablar. Es mejor callar, hasta que aprendamos la importancia de utilizar la palabra de una forma consciente, mesurada y sabia. Es mejor callar cuando no estemos seguros de poder dominar la pasión como detonante de nuestros pensamientos; y así no avasallar, herir, dañar al otro y seguramente dañarnos a nosotros mismos. Es mejor callar cuando no estemos preparados para aceptar nuestra misión. Es mejor callar cuando se empieza a caminar por senderos desconocidos.

Aldo Lavagnini en su Manual del Aprendiz nos dice: “La disciplina del silencio es una de las enseñanzas fundamentales de la Masonería. Quien habla mucho, piensa poco, ligera y superficialmente. Generalmente, su visión de las cosas será estrecha e inflexible; y por consiguiente, no tendrá elementos para valorar nuevas ideas u horizontes. Por eso, la Masonería busca que sus adeptos se hagan mejores pensadores que oradores.“
El silencio como vía hacia los logros

Los más grandes logros del pensamiento humano han sido fruto, sin duda, de una investigación nacida en el silencio interior de su creador. Como ejemplo, sólo citare dos casos significativos: el de Miguel de Cervantes Saavedra, quien recluido en un calabozo, escribió las páginas de su inmortal Don Quijote de la Mancha, aunque el mismo dijo que ésa no era su mejor obra. Otro ejemplo es Beethoven, quien aislado en su mundo interior, en el silencio forzado de su sordera, concibió maravillosas obras musicales, para algunos jamás igualadas.

Seguramente, el silencio tiene muchos otros significados en ritos especiales y en otros grados masónicos, pero aún no estamos preparados los aprendices para develar estos nuevos “misterios”, ya habrá tiempo de ir aprendiéndolos a lo largo de nuestro camino hacia la luz, en forma lenta pero segura.

No quiero terminar este trabajo sin antes citar algunas frases célebres que ilustran el valor del silencio.

“No es necesario decir todo lo que se piensa, lo que sí es necesario es pensar todo lo que se dice.” (Quino)

“Más vale permanecer callado y que sospechen tu necedad, que hablar y quitarles toda duda de ello.” (Abraham Lincoln)

“Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio.” (Proverbio hindú)

“Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras.” (William Shakespeare)

Esto es todo lo que tengo que decir, Venerable Maestro.

http://www.gadu.org/antologia/reflexiones-sobre-el-silencio-masonico/