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lunes, 12 de noviembre de 2018

Pitágoras y la tradición mistérica

Pitágoras y la tradición mistérica

Extractos de una conferencia de Emmanuel d’Hooghvorst sobre Pitágoras y su doctrina, una sabiduría secreta que precisamente se fundaba en el silencio. Con fotografías de la basílica pitagórica de Roma. Edición de Raimon Arola y Luisa Vert.

En agosto de 1955, Emmanuel d’Hooghvorst pronunció una conferencia en Bruselas sobre Pitágoras y el pitagorismo que, por su extensión, es imposible publicar completa. Por eso, presentamos algunos fragmentos de la misma que en el año 2010 aparecieron publicados en la revista “Le Miroir d’Isis”. Acompañamos las palabras de D’Hooghvorst con unas imágenes de la famosa basílica neopitagórica de Roma que data del comienzo de la era cristiana y que precisamente ahora y solo durante unos meses se puede visitar.


El conferenciante comienza situando la figura de Pitágoras y se refiere a algunos rasgos importantes de su escuela, como por ejemplo, el famoso silencio pitagórico y, sobre todo, a la relación del pitagorismo con el culto a Apolo y con el oráculo de Delfos:

Se han atribuido muchas cosas a Pitágoras. Hay que reconocer que a menudo se le ha interpretado, y ello en el peor sentido del término. Algunos, a causa de sus trabajos matemáticos, lo han considerado un sorprendente precursor de la ciencia moderna; otros lo han convertido en un apóstol de lo que los teósofos llaman la transmigración de las almas, o se han sentido impresionados por su amabilidad hacia los animales y su régimen. Otros más, (lo conocen) por las leyes sobre la armonía, ya sea esta moral, cósmica o arquitectónica…

Y yo me pregunto, señoras y señores, si muchos entre ustedes no se habrán sentido atraídos por el pitagorismo simplemente por su silencio. Existe un proverbio que dice que “el silencio es oro”, y deberán admitir que las verdades más profundas de la filosofía se ocultan a menudo de los lugares comunes y las conversaciones corrientes. Y así llegamos al núcleo del asunto del que deseaba hablarles, pues saben que el esoterismo, es decir, “el interior” del misterio de vida se expresa siempre por el silencio…

Pues, ¿quién no recuerda a los acusmáticos pitagóricos, la escuela de silencio a la que cada discípulo debía someterse durante años, cinco según Jámblico, antes de que se le autorizara a hablar? Y en relación al orden que fundó en Crotona, Pitágoras estableció la siguiente regla (seguramente una regla de oro): “No se debe hablar de los asuntos pitagóricos sin luz” Este acusma resulta sorprendente que si se reflexiona sobre su significado. Pronto volveremos a él…

Pero ¿quién era este Pitágoras del que nos ocupamos? Un nombre muy extraño para ser el hijo de Mnesarco, el herrero de Samos, un nombre tan extraño que incluso nos preguntamos si no fue un nombre prestado, tanta es la semejanza con el rol que este personaje parece haber interpretado. Pitágoras en realidad quiere decir “el que emite el verbo pitio”, o “el verbo de Apolo” y, de aquí, “el profeta apolíneo”. ¡Un nombre extremadamente curioso, en efecto, para un herrero!, que seguramente no simplificará las ideas que tenemos sobre su personalidad mortal y temporal de este mundo.

Además, el pitagorismo parece haber estado en estrecha relación con Delfos, que cumplía la función profética para la nación griega. Se acordarán del pasaje del catecismo de los acusmáticos que cuenta Jámblico (Vida de Pitágoras 18, 82): “¿Qué es el oráculo de Delfos? Respuesta: Es la Tetraktys, que es la armonía en la que viven las sirenas.” Es allí, pues, donde se debe situar el pitagorismo, presentado a partir de su simbolismo más conocido, la Tetraktys. En lo que podríamos denominar el culto o la religión oficial de Grecia, el gran centro del Mediterráneo oriental, el oráculo de Delfos. De este modo hemos establecido uno de los hechos más importantes: la escuela pitagórica estaba en relación con el culto de Apolo, el profeta pítico de Delfos…

Con el oráculo de Delfos, y especialmente con Apolo, nos situamos en el corazón de la mitología griega, misteriosa impenetrable, y siempre traicionada por los comentadores modernos. Toda clase de explicaciones se han dado respecto a ella: una supuesta ficción poética, inventada para un público infantil, llena de imaginación y fantasía para explicar los cambios de las estaciones, la salida y la puesta del sol, el crecimiento y el decrecimiento de la luna, la germinación del trigo y de la viña. Un pueblo infantil, quizá, posiblemente poético y ciertamente imaginativo, pero en cualquier caso, ¡mucho menos estúpido que los mitólogos modernos con sus explicaciones!…

Lo que parece cierto es que la mitología se refiere a una serie de realidades extrañas al hombre moderno, completamente apartadas de su cerebro y de las que incluso ha perdido todo recuerdo. Esto significa que la mitología habla del mysterium magnum, de la regeneración física de la naturaleza. Debemos fijarnos en que los mitólogos oficiales han rehusado siempre, de modo sistemático y obstinado, tomar en consideración las explicaciones de los que, en Europa, hasta finales del siglo XVIII, se han reivindicado, si bien discretamente, como los continuadores y los herederos de los sabios de la Antigüedad. Me refiero a los filósofos herméticos cristianos tales como Maïer, Fabre, Pernety, etc.

Y, ¿qué dice la mitología respecto a Apolo? Vamos a recordarlo rápidamente. Leto era la hija de Cronos, Zeus se enamoró y tuvo relaciones con ella. Hera, su esposa celosa, envió a la serpiente Pitón contra Leto, quien, a fin de escapar de su picadura mortal, huyó y durante mucho tiempo erró por tierras y mares. Por fin desembarcó en la isla de Delos, que aún no había sido fijada. Poseidón, que hasta aquel momento había jugado con ella, la fijó en medio de las corrientes y Leto alumbró primero a Artemisa que después hizo de partera para con su madre y la ayudó a dar a luz a Apolo, su hermano gemelo. Cuando hubieron crecido, Apolo mató a Pitón con sus flechas, de donde proviene el nombre de “Pitio”. La etimología nos enseña que Leto, en griego, evoca algo oscuro, oculto, nocturno, negro. Leto es, en cierto modo, oscura y está oculta sobre la tierra. Es también virgen y podría decirse que es una hija del tiempo pues Zeus, según su raíz Dieus (origen de la palabra “Dios”), quiere decir cielo brillante y día.

El matrimonio de Zeus y Leto es, en cierto sentido, el matrimonio del cielo y la tierra. Después de la boda, Leto erra por todas partes, por tierras y mares, hasta que llega a Delos, que Neptuno fija para ella (este detalle no es de poca importancia). Delos proviene del griego “deloo” (‘mostrar’); Artemisa y Apolo nacen en Delos, es decir en la manifestación de las cosas ocultas. Artemisa, nacida en primer lugar, a menudo fue denominada por los griegos como “Hemerasia” que significa ‘luz-del-día’, o, en otras palabras, la luz nueva nacida de la mañana. Ella es la que ayuda a su madre a dar a luz a Apolo, el sol divino.

Todo ello nos permite avanzar una plausible suposición para explicar el acusma al que nos hemos referido antes: “No se debe hablar de los asuntos pitagóricos o píticos sin luz”. Hay que abstenerse de hablar del verbo profético o de cosas parecidas, en tanto que la oscuridad no se haya clarificado, en tanto que la luz virgen de Artemisa no haya sido proyectada en aquellos en los que poco antes todo era oscuro…


A partir de este momento, Emmanuel d’Hooghvorst va a tratar de esta luz nueva que en las antiguas culturas tradicionales recibió el nombre genérico de sabiduría. Para ello, empieza examinando su sentido en el antiguo Egipto y en los libros sapienciales del pueble judío, para finalizar descubriéndola en la mitología griega, personificada en la figura de la diosa Atenea:

Sólo existe un punto en el que todos los filósofos e historiadores de la Antigüedad están de acuerdo: todos sitúan el origen de su iniciación sagrada y de su sabiduría en la sagrada tierra de Egipto, llamada también la tierra de los dioses, proyección del cielo sobre la tierra.

Les recuerdo que en todo lo que conocemos que nos ha llegado desde la Antigüedad parece existir siempre un doble sentido, una expresión clara y vulgar que oculta y vela un significado secreto, relacionado con una serie de realidades tangibles pero cuya naturaleza nos es desconocida en la actualidad.

Plutarco en su Isis y Osiris nos dice que la tierra de Egipto es negra y se denomina Kemia (origen de la palabra alquimia), y que (simbólicamente) es Osiris. Esta tierra está irrigada, cubierta y fertilizada por el Nilo celeste, llamado Isis, y que de su unión se engendra Horus, el de la mirada estable. Esta triada, Osiris-Isis-Horus se parece mucho a la triada Zeus-Latona- Artemisa/Apolo. Lo que dicen los griegos de que su sabiduría viene de la tierra de Egipto podría tener un sentido oculto, como si cada uno ellos se hubieran llevado una porción de dicha tierra, si esto fuera posible…

Existe, no obstante, otra tradición que tiene su origen en Egipto y que dejó numerosos testimonios escritos a los que podemos recurrir en busca de información. Es la tradición hebrea: Moisés venía de Egipto y fue iniciado en sus templos, con la diferencia de que los judíos dejaron Egipto como unos hijos ingratos, que despojan a sus padres (antes de marchar). Si hacemos una breve incursión en los libros sapienciales del Antiguo Testamento veremos si podemos encontrar algo que arroje luz sobre nuestro asunto. Para empezar encontramos una figura de la sabiduría cuya grandeza domina toda la Biblia: se trata de Salomón… célebre, además, por su amor a la Sulamita, cuyo sentido no es otro que el femenino de Salomón. Podemos llamar pues a la Sulamita, su alma gemela, exactamente lo que Isis era para Osiris. Y la Sulamita también era negra; “Soy negra pero bella, no miréis tez oscura, es el sol que me ha quemado”.

Un gran número de libros sapienciales se atribuyeron ya fuera acertada o erróneamente a Salomón, a excepción del Eclesiastés, porque en éste, mucho más que en cualquier otro, se refiere a la sabiduría y a los medios para adquirirla. Y, al leer estos libros, nos acordamos del modo en el que Salomón, en una célebre plegaria, se gira hacia Dios y le implora su sabiduría.

He aquí el fragmento del Libro de la Sabiduría, al que se refiere Emmanuel d’Hooghvorst: “Dios de los padres y Señor de misericordia, que con tu palabra hiciste todas las cosas, y en tu sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre tus criaturas, y para regir el mundo con santidad y justicia, y para administrar justicia con rectitud de corazón. Dame la sabiduría que se asienta junto a tu trono y no me excluyas del número de tus siervos, porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva, hombre débil y de pocos años, demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes. Pues, aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, sin la sabiduría, que procede de ti, será estimado en nada… Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras, que te asistió cuando hacías el mundo, y que sabe lo que es grato a tus ojos y lo que es recto según tus preceptos. Mándala desde tus santos cielos, y de tu trono de gloria envíala, para que me asista en mis trabajos y venga yo a saber lo que te es grato. Porque ella conoce y entiende todas las cosas, y me guiará prudentemente en mis obras, y me guardará en su esplendor”. (Sb 9,1-6-9-11). D’Hooghvorst, comenta estas palabras del modo siguiente:

Dame la sabiduría que se asienta junto a tu trono. Según la doctrina cabalística, se puede buscar el trono de Dios, cerca del cual se encontrará también a la sabiduría, sobre el firmamento, en los cielos empíreos llamados Shamaim. Es una región que brilla y refulge de un fuego puro y supraesencial. De Shamaim procede Hokmael, el espíritu de la sabiduría divina, que ilumina a los hombres piadosos que lo invocan.

La sabiduría está descrita como el medio para realizar todas las cosas, como el pensamiento mismo de Dios, que a veces desciende a la tierra para iluminar a los hombres piadosos, para guiarlos en sus acciones y asistirlos con su consejo. Se dice también que sin ella el hombre no puede hacer nada para resultar agradable a Dios.

Volvamos ahora al helenismo y al pitagorismo, encontramos en ellos dos símbolos mitológicos que arrojarán luz sobre nuestro asunto. En su Tratado sobre los ídolos, Pofirio nos dice, entre otras cosas, que Hefaistos era hijo de Zeus y que habitaba con él en el Olimpo (de lampao, “brillar”). Pero un día su padre se encolerizó y lo precipitó a la tierra. Desde entonces Hefaistos necesita de un soporte para arder, necesita de la leña, es decir, de la materia; cojea, se volvió feo, pero es el herrero universal. En secreto, en las profundidades del Hades (lo contrario de la isla de Delos), forja todo aquello que con el tiempo se materializará. Hay mucho que decir respecto a eso, en particular sobre la historia de Pitágoras, que justamente fue iniciado en una forja, y formado su oído bajo las leyes de la armonía. Una célebre sentencia pitagórica dice: “Escuchad la voz del fuego”.

D´Hooghvorst se refiere después a los estucos de la basílica pitagórica de la Porta Maggiore, descritos por Carcopino, entre los que se encuentra uno con un personaje mitológico central al que el autor va a dedicar la parte final de su exposición. En el estuco se representa a Ulises y ante él, sentada, aparece una mujer que Carcopino identifica como Helena, pero que según el criterio de D’Hooghvorst sería la diosa Palas, pues según dicho autor: “Es imposible separar a Ulises de Palas Atenea, la consejera, la tutora, la divina protectora, que al final le asegura el completo triunfo sobre sus tribulaciones”. Palas representa a la sabiduría pitagórica y D’Hooghvorst se explica lo que sigue respecto a esta diosa:


¿Quién era Palas? Se acodarán de que nace armada del cerebro de un Zeus parturiente. Ella es pues el pensamiento mágico de Dios. Estaba con él antes del nacimiento del mundo. Homero (que siempre ha sido estudiado por la belleza de su poesía y nunca por su sabiduría), a veces la hace descender del Olimpo para instruir y aconsejar a los mortales por los que siente afecto. Palas parece derivar de palakis que sin ninguna intención peyorativa significa “concubina”, así como también “sacerdotisa” y “virgen”. La sabiduría, como sucede con Salomón, consiste en ganar su amor, en recibirla de Dios, su Padre, y unirse a ella en un casamiento virginal. Palas es fiel en sus afectos. Muestra a sus escogidos las realizaciones de Dios, su Padre, el modo en que el mundo fue hecho. Les guía en sus acciones para que no estén abandonados en la tierra, y los vuelve inmortales.

A ella aluden las siguientes rimas doradas: “Son de raza divina, estos hombres mortales/a los que la naturaleza sagrada revela todas las cosas. “ Si Palas os es propicia, dice Khunrath en su Anfiteatro de la eterna Sabiduría, entonces: “Como Ulises entraréis en la caverna de los Cíclopes, y si descendéis al Hades, saldréis de allí sanos y salvos. Si os acercáis a los Lotófagos y a Sirtes, volveréis de allí con toda seguridad. Si bebéis de la copa de Circe no os cambiará. Si navegáis cerca de Escila no os engullirá. Si oís a las sirenas, no os dormiréis, al contrario, seréis los jueces de todos”. Únicamente este hombre, me parece, puede calificarse en el sentido pitagórico del término como un verdadero filósofo.

Y para concluir, les invito a meditar sobre esta inscripción que, según Plutarco, se podía leer en el frontón del templo de Palas en Sais: “Soy todo lo que fue, todo lo que será, mi velo jamás ha sido levantado por ningún mortal. El fruto de mi seno fue el sol.”

TOMADO DE:
https://www.arsgravis.com/pitagoras-y-la-tradicion-misterica/

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