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viernes, 5 de abril de 2019

TRANSMUTACIÓN Y TRANSFORMACIÓN

RENE GUENON

Otra cuestión que se relaciona también directamente con el hermetismo es la de la «longevidad», que ha sido considerada como uno de los caracteres de los verdaderos Rosa-Cruz, y de la que, por lo demás, bajo una forma o bajo otra, se habla en todas las tradiciones; esta «longevidad», cuya obtención se considera generalmente como constituyendo una de las metas de la alquimia y como implícita en la terminación misma de la «Gran Obra» , tiene varias significaciones que es menester tener buen cuidado de distinguir entre sí, ya que se sitúan en realidad a niveles muy diferentes entre las posibilidades del ser. El sentido más inmediato, pero que, a decir verdad, está lejos de ser el más importante, es evidentemente el de una prolongación de la vida corporal; y, para comprender la posibilidad de ello, es bueno remitirse a la enseñanza según la cual la duración de la vida humana ha ido disminuyendo progresivamente en el curso de las diferentes fases del ciclo recorrido por la presente humanidad terrestre desde sus orígenes hasta la época actual . Si se considera el proceso iniciático, en su parte referida a los «misterios menores», como haciendo en cierto modo remontar al hombre el curso de este ciclo, así como ya lo hemos indicado, para conducirle, gradualmente, desde el estado presente hasta el «estado primordial», por eso mismo debe hacerle adquirir, en cada etapa, todas las posibilidades del estado correspondiente, comprendida la posibilidad de una vida más larga que la del hombre ordinario actual. Que esta posibilidad sea realizada efectivamente o no, eso es otra cuestión; y de hecho, se dice que aquel que ha devenido verdaderamente capaz de prolongar así su vida, no hace nada generalmente al respecto, a menos que tenga para eso razones de un orden muy particular, porque la cosa ya no tiene realmente ningún interés para él (del mismo modo que las transmutaciones metálicas y otros efectos de este género para aquel que es capaz de realizarlos, lo que se refiere en suma al mismo orden de posibilidades); e incluso no puede encontrar más que ventajas en no dejarse demorar por eso en esas etapas que no son todavía más que preliminares y muy alejadas de la verdadera meta, ya que la puesta en obra de tales resultados secundarios y contingentes, a todos los grados, no puede nunca más que distraer al ser de lo esencial.

Por otra parte, y esto puede contribuir todavía a reducir a su justa importancia la posibilidad de que se trata, se dice también, en diversas tradiciones, que la duración de la vida corporal no puede rebasar en ningún caso un máximo de mil años; por lo demás, importa poco que este número deba tomarse al pie de la letra o que tenga más bien un valor simbólico, ya que lo que es menester retener de esto, es que está duración es en todo caso limitada, y que, por consiguiente, la búsqueda de una pretendida «inmortalidad corporal» no puede ser sino perfectamente ilusoria . En el fondo, la razón de esta limitación es bastante fácilmente comprehensible: puesto que toda vida humana constituye en sí misma un ciclo análogo al de la humanidad tomada en su conjunto, el tiempo se «contrae» en cierto modo para cada ser a medida que agota las posibilidades del estado corporal ; así pues, debe llegar necesariamente un momento en el que, por así decir, se reducirá a un punto, y entonces el ser ya no encontrará literalmente en este mundo ninguna duración en la que le sea posible vivir, de suerte que ya no habrá para él otra salida que pasar a otro estado, sometido a condiciones diferentes de las de la existencia corporal, incluso si ese estado no es todavía, en realidad, más que alguna de las modalidades extracorporales del dominio individual humano.

Esto nos lleva a considerar los otros sentidos de la «longevidad», que se refieren efectivamente a posibilidades diferentes de las del estado corporal; pero, para comprender bien de qué se trata exactamente, es menester precisar primero con claridad la diferencia que existe entre la «transmutación» y la «transformación». Nós tomamos siempre la palabra «transformación» en su acepción estrictamente etimológica, que es la de «paso más allá de la forma»; por consiguiente, el ser no podrá llamarse «transformado» más que si ha pasado efectivamente a un estado supraindividual (puesto que todo estado individual, cualquiera que sea, es por eso mismo formal); así pues, en eso se trata de algo cuya realización pertenece esencialmente al dominio de los «misterios mayores». En lo que se refiere al cuerpo mismo, su «transformación» no puede ser otra cosa que su transposición en modo principial; en otros términos, lo que se puede llamar el cuerpo «transformado», es propiamente la posibilidad corporal liberada de las condiciones limitativas a las que está sometida en cuanto a su existencia en modo individual (y que, por lo demás, como toda limitación, no tienen más que un carácter puramente negativo), y encontrándose necesariamente, en su rango y al mismo título que todas las demás posibilidades, en la realización total del ser . Es evidente que eso es algo que rebasa toda concepción posible de la «longevidad», ya que ésta, por definición misma, implica forzosamente una duración, y, por consiguiente, no puede ir, en la mayor extensión de la que sea susceptible, más allá de la «perpetuidad» o de la indefinidad cíclica, mientras que, al contrario, aquello de lo que se trata aquí, puesto que pertenece al orden principial, depende por eso mismo de la eternidad que es uno de sus atributos esenciales; así pues, con la «transformación», se está más allá de toda duración, y no ya en una duración cualquiera, por indefinidamente prolongada que se la pueda suponer.

Por el contrario, la «transmutación» no es propiamente más que un cambio de estado, en el interior del dominio formal que comprende todo el conjunto de los estados individuales, o incluso, más simplemente todavía, un cambio de modalidad, en el interior del dominio individual humano, lo que, por lo demás, es el único caso que hay lugar a considerar de hecho ; con esta «transmutación», volvemos pues a los «misterios menores», a los que se refieren en efecto las posibilidades de orden extracorporal cuya realización puede ser comprendida en el término de «longevidad», aunque en un sentido diferente del que hemos considerado en primer lugar y que no rebasaba el orden corporal mismo. Aquí todavía, hay que hacer otras distinciones, según se trate de extensiones cualesquiera de la individualidad humana o de su perfección en el «estado primordial»; y, para comenzar por las posibilidades de orden menos elevado, diremos primeramente que es concebible que, en algunos casos y por algunos procedimientos especiales que dependen propiamente del hermetismo o de lo que se le corresponde en otras tradicionales (ya que aquello de lo que se trata se conoce en particular en las tradiciones hindú y extremo oriental), los elementos mismos que constituyen el cuerpo puedan ser «transmutados» y «sutilizados» para ser transferidos a una modalidad extracorporal, donde el ser podrá desde entonces existir en condiciones menos estrechamente limitadas que las del dominio corporal, concretamente bajo la relación de la duración. En parecido caso, el ser desaparecerá en un cierto momento sin dejar detrás de él ningún rastro de su cuerpo; por lo demás, en circunstancia particulares, podrá reaparecer temporalmente en el mundo corporal, en razón de las «interferencias» que existen entre éste y las demás modalidades del estado humano; así pueden explicarse muchos hechos que los modernos se empeñan naturalmente en calificar de «leyendas», pero en las que, sin embargo, hay mucho de realidad . Por lo demás, es menester no ver ahí nada de «transcendente» en el verdadero sentido de esta palabra, puesto que en eso no se trata todavía más que de posibilidades humanas, cuya realización no puede tener interés más que para un ser al que hace capaz de desempeñar alguna «misión» especial; fuera de este caso, eso no sería en suma más que una simple «digresión» en el curso del proceso iniciático, y una detención más o menos prolongada en la vía que debe conducir normalmente a la restauración del «estado primordial».

Es precisamente de las posibilidades de ese «estado primordial» de lo que nos queda que hablar ahora: puesto que el ser que ha llegado a él está ya virtualmente «liberado», como lo hemos dicho más atrás, se puede decir que, por eso mismo, está también virtualmente «transformado»; entiéndase bien que su «transformación» no puede ser efectiva, puesto que todavía no ha salido del estado humano, del que ha realizado sólo su perfección integral; pero las posibilidades que ha adquirido desde entonces reflejan y «prefiguran» en cierto modo las del ser verdaderamente «transformado», puesto que es en efecto en el centro del estado humano donde se reflejan directamente los estados superiores. El ser que está establecido en este punto ocupa una posición realmente «central» en relación a todas las condiciones del estado humano, de suerte que, sin haber pasado más allá, no obstante, las domina de una cierta manera, en lugar de estar al contrario dominado por ellas como lo está el hombre ordinario; y eso es verdad concretamente tanto en lo que concierne a la condición temporal como en lo que concierne a la condición espacial . Desde ahí, podrá pues, si quiere (y es muy cierto que, en el grado espiritual que ha alcanzado, nunca lo querrá sin alguna razón profunda), transportarse tanto a un momento cualquiera del tiempo, como a un lugar cualquiera del espacio ; por extraordinaria que pueda parecer una tal posibilidad, no es, sin embargo, más que una consecuencia inmediata de la reintegración al centro del estado humano; y, si este estado de perfección humana es el de los verdaderos Rosa-Cruz, se puede comprender desde entonces lo que es en realidad la «longevidad» que se les atribuye, y que es inclusive algo más que lo que esta palabra parece implicar a primera vista, puesto que es propiamente el reflejo, en el dominio humano, de la eternidad principial misma. Por lo demás, en el curso ordinario de las cosas, esta posibilidad puede no manifestarse al exterior de ninguna manera; pero el ser que la ha adquirido la posee en adelante de una manera permanente e inmutable, y nada podría hacérsela perder; le basta retirarse del mundo exterior y entrar en sí mismo, toda vez que le convenga hacerlo, para encontrar siempre, en el centro de su propio ser, la verdadera «fuente de la inmortalidad».

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