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martes, 16 de octubre de 2012

EL CONOCIMIENTO PERDIDO DE LA HISTORIA III


EL CONOCIMIENTO PERDIDO DE LA HISTORIA III
Recopilado por: Herbert Oré Belsuzarri.

Otro hecho asombroso es que las civilizaciones amerindias alcanzaron un alto grado de cultura mucho antes de la conquista de América, detalle muy significativo si tenemos en cuenta el estado de barbarie propio de aquella época.

Otro ejemplo sobresaliente de conocimientos perdidos lo tenemos en lo concerniente a la rueda. De todos es conocido que cuando los conquistadores españoles llegaron a América encontraron una cultura india muy avanzada en México, Centroamérica y en la altiplanicie de los Andes: carreteras pavimentadas, pasajes y túneles a través de las montañas, estriberones sobre los lagos y largos puentes colgantes. Todo lo necesario para un sistema de transportes altamente desarrollado, exceptuando los medios corrientes, pero no encontraron huellas de ruedas, ni nada que demostrase que habían sido utilizados por estos pueblos precolombinos. Todo parecía transportado por caravanas de hombres o, como en los Andes, a lomos de las llamas. En tiempo de los incas, los chasquis (corredores humanos) desempeñaban el papel de cabalgaduras, siendo tan veloces en las carreras por relevos, que los habitantes de las montañas principales recibían y comían el pescado fresco de la costa en el mismo día, cosa que, dicho sea de paso, no ocurre actualmente en Cuzco, la antigua capital inca. Pero a pesar de toda esta organización, de esta técnica tan avanzada, de sus grandiosos sistemas de construcción y del sistema de transporte de alimentos y vituallas, la falta de ruedas ha sido considerada generalmente como una prueba de que los habitantes precolombinos de América jamás llegaron a pasar del umbral de la Edad de Piedra.


Sin embargo, existen numerosas pruebas que van en contra de esta teoría. En efecto, en muchos antiguos artefactos mexicanos se han encontrado algunas «cosas» que pueden considerarse como ruedas; generalmente en forma de juguetes con ruedas representando a perros (o coyotes) y carros. En distintos lugares de México se han encontrado ruedas (en Cholula, Oaxaca, Tres Zapotes y en El Tajín, cerca de Veracruz), como asimismo en algunos sitios de Panamá.

Cuesta trabajo creer que los antiguos americanos «inventaran» las ruedas para utilizarlas únicamente en los juguetes y no en otros usos mucho más importantes, como tampoco podemos asegurar que los discos circulares que observamos en los monumentos precolombinos no son los predecesores de la rueda. Tampoco podemos estar seguros incluso de si lo que parecen ser juguetes lo son realmente.

Y es que esos artefactos podían haber tenido otro uso y significado de los que les atribuimos desde el punto de vista de nuestra época y civilización actuales.

Parece ser que en la escritura maya han podido ser identificadas mil combinaciones o elementos separados, consistentes en glifos de una parte, dos partes o tres partes, con sus correspondientes combinaciones. Sin embargo, ignoramos si el idioma maya, hablado hoy día en sus diferentes dialectos, es realmente la lengua de los glifos mayas. Estos fascinantes signos podrían seguir siendo un misterio, a menos que, como alguien ha sugerido, algún superviviente descendiente de los antiguos mayas, aún vivo en las más intrincadas selvas, conservara el secreto para descifrarlos. Los indios lancadones de las selvas de Chiapas, que consiguieron huir a la llegada de los españoles, y que son buscados en estos últimos años por los antropólogos, han sabido conservar ciertas tradiciones mayas, pero han olvidado aparentemente sus conocimientos sobre la escritura de su raza.

En Sudamérica existen inscripciones escritas, localizadas en diversos lugares de la altiplanicie de los Andes y en la región amazónica, pero en su mayoría son intraducibles e indescifrables. También existe una leyenda del tiempo de los incas en la que se cuenta que la escritura era conocida en épocas remotas en el Perú y tierras adyacentes, pero que fue abolida bajo pena de muerte por un rey maya al ser advertido éste por sus sacerdotes de que ella era la causa de la plaga que en aquella época asolaba su Imperio (se podría incluso presumir una alusión alegórica en cuanto al poder maléfico de la palabra escrita). Exceptuando estas vagas e indemostrables indicaciones, no han podido ser hallados ninguna inscripción grabada o datos escritos de los imperios prehistóricos de Sudamérica.

Sin embargo, los incas utilizaban un extraño sustituto de la escritura, que quizá aún no hemos podido comprender del todo. Este era el quipu, una cinta adornada con borlas, con cuerdas anudadas de distintos colores, que los españoles vieron utilizar en todo el Imperio inca para registrar el número de habitantes, los tributos, la producción de la tierra, las levas militares y, aparentemente, todo el «papeleo» de aquel Imperio tan perfectamente organizado y esencialmente socialista. Una casta especial de «lectores» de quipu se encargaba de traducir estas cintas de cuerda, y era tan exacto el control de cuentas que llevaban que, según se decía, si faltaba una sola sandalia en todo el vasto Imperio, ellos lo sabían. También es posible que el quipu fuese una forma de escritura o bien una escritura «más allá de la escritura», prescindiendo del alfabeto y convirtiéndose en un sistema de computación. Cuando consideramos las posibles variantes de elementos separados implicados en una cinta de quipu, no sólo debemos tener en cuenta el número de cuerdas, su longitud, el color de las hebras, los variantes trenzados, la frecuencia y separación de los nudos e incluso la forma de cada nudo, forzosamente tenemos que llegar a la conclusión de que las combinaciones son infinitas, por lo que todas las palabras de este idioma podían encerrarse dentro de su marco lingüístico.


Al analizar los progresos científicos y mecánicos de las antiguas civilizaciones del mundo, sus técnicas de construcción demasiado avanzadas para aquella época remota, sus conocimientos de las matemáticas y de la medicina, sus conceptos sobre la naturaleza y el cosmos, uno llega a preguntarse si las antiguas civilizaciones del mundo no llegarían incluso a conocer la estructura atómica, el triunfo más grande del hombre moderno.

Nuestra propia palabra «átomo» deriva de una palabra griega que significa «aquello que no puede dividirse» o «cortado». Existe incluso una referencia de Demócrito, aunque atribuida a fuentes fenicias, según la cual el átomo indivisible era, en efecto, divisible. Algunos de los textos budistas y de los Vedas de la antigua India contienen incluso descripciones de uniones de partículas de entidad que ahora podemos comprender en el sentido de la teoría atómica y de las interrelaciones moleculares, aunque ello no obsta para que estos pasajes de dichos textos, considerando la época en que fueron escritos, nos suenen a algo verdaderamente asombroso.

Los comentarios de los antiguos budistas nos proporcionan un medio fácil para comprender las descripciones que hacen sobre la interrelación de las moléculas al hablarnos de uniones de lengüetas interfiriendo y uniéndose con otras uniones de lengüetas, y al exponer que es imprescindible desarticular las conexiones para escapar del «renacer y de la rueda de la existencia» (esto último podría considerarse como otro ejemplo del conocimiento antiguo reapareciendo a través de la filosofía).

El escritor y yogui indio Paramhansa Yogananda demostró en 1945 (año I de la Edad Atómica), que un sistema de filosofía hindú, el Vaisesika, se deriva de la palabra sánscrita visesas, la cual puede traducirse como «individualidad atómica».

De acuerdo con ciertos manuscritos sánscritos que aún se conservan, un indio llamado Aulukya, en el siglo VIII a. C, expuso, utilizando misteriosas palabras, lo que parece ser la moderna teoría científica sobre la naturaleza atómica de la materia, las distancias interatómicas, la relatividad del tiempo y del espacio, la teoría de los rayos cósmicos, la naturaleza cinética de la energía, la ley de la gravedad como algo inherente a la materia en el campo terrestre y el calor como causa principal de los cambios moleculares.

Sería sorprendente si todo este conocimiento de extrema antigüedad, que el hombre moderno comenzó a intuir durante el Renacimiento (y que aún continúa redescubriendo), hubiese sido realizado por los antiguos astrónomos, matemáticos, filósofos y pedagogos. Quizá sería más comprensible si considerásemos todo esto como un legado de una civilización, o sistema de civilizaciones, mucho más antigua y más extendida de la que sólo una parte, igual que la que emerge de un iceberg, ha llegado hasta nuestros días o ha sido descubierta por el hombre moderno.

Resumen tomado de: MISTERIOS DE LOS MUNDOS OLVIDADOS - CHARLES BERLITZ.

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