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jueves, 20 de octubre de 2016

“La Magia de la Francmasonería” (1927)

“La Magia de la Francmasonería” (1927)
Arthur Powell

CAPÍTULO I

Todo el que sienta los ideales de la Francmasonería se debe haber preguntado alguna vez por qué esta Orden le atrae, y qué es lo que en ella le retiene. En realidad somos muchos los que nos hacemos esta preguntacontinuamente, y formulamos respuestas que no afectan más que a los bordes del problema, porque siempre hay un elemento que se nos escapa: algo intangible e indefinido que no podemos localizar, definir o analizar a pesar de que es absolutamente real de que está definido de un modo perfecto y de que existe sin duda alguna algo que ejerce inconfundible seducción; algo que, al mismo tiempo que aplaca el hambre interior, la aumenta en grado extraordinario; algo misterioso, seductor y estimulante; algo que nos arrastra perpetuamente delante, como finito impulso hacia un infinito objetivo.

Más notable todavía es que nos percatemos de ello mucho tiempo antes de que sepamos lo que es en realidad la Francmasonería (la cual, no obstante, sentimos en el fondo de nuestro corazón). Pues aunque la mayoría de los candidatos a la Masonería tengan una idea vaga y general de que ésta es digna de respeto y crean que es una venerable institución que inculca elevados ideales relativos a la vida no les es dable saber mucho más acerca de esta asociación. Poco o nada puede saber el profano de sus ceremonias, aunque sepa que éstas existen. No obstante, la absoluta ignorancia de las enseñanzas y métodos de la Francmasonería no es obstáculo para que los hombres se sumen a su Fraternidad. Tampoco explica el problema la cínica afirmación de que la atracción que los hombres sienten por la Orden se debe a mera curiosidad, pues casi todos los masones saben por propia experiencia que esto no es cierto.

En todas las demás cosas solemos mirar antes de dar un salto y procuramos informarnos antes de dar un paso definido o de lanzarnos a alguna empresa. La más elemental prudencia nos aconseja que averigüemos en qué consiste la institución a que deseamos adherirnos, o el plan que hemos de seguir. No obstante, poco a nada podemos saber de antemano acerca de la Francmasonería, pues hasta los mismos masones serían las últimas personas del mundo en revelarnos algo referente a ellos o a su institución. A pesar de todo esto entramos en su Fraternidad convencidos plenamente de que no vamos por mal camino, y nos zambullimos en las tinieblas sin sentir escrúpulos ni cortedad, respondiendo a una llamada interior que no sabemos explicar ni comprender .

Aún más: sabido es que ningún hombre sensato es capaz de opinar sobre los asuntos corrientes de la vida antes de haber hecho un examen detenido. Pues bien, cuando se trata de Francmasonería ocurre lo contrario, porque todos solemos tener una idea favorable y preconcebida de nuestra Orden, que es la que nos induce a sumarnos a ella.

Así que la Francmasonería tiene un sello característico que la diferencia de todas las demás cosas del mundo, aun antes de que dé comienzo nuestra vida masónica.

Sin embargo, antes de que sondeemos profundamente en este factor misterioso e intangible que constituye el corazón y la entraña de la atracción que nos impulsa hacia la Masonería, es conveniente ,que pasemos revista a unos cuantos de los demás aspectos de esta atracción, cuyo aislamiento y examen no es difícil de hacer .

El ritual sencillo, dignificado y bello ha desaparecido casi por completo del mundo moderno. Es cierto que la Iglesia Católica y la alta Iglesia Anglicana conservan todavía gran parte de ritual, el cual se ha limitado mucho en la gran parte de la Iglesia establecida y apenas subsiste en las capillas no-conformistas. En la vida cívica subsisten aún algunas ceremonias, como las de apertura del Parlamento, coronaciones, jubileos, funciones de lores mayores, inauguración de estatuas y algunas otras, pero estos acontecimientos son relativamente escasos y, además, nada hay en su naturaleza que forme parte de la vida regular del ciudadano corriente. En efecto, durante muchas generaciones la creciente influencia del materialismo ha procurado eliminar de nuestra vida las ceremonias como si se tratara de una superstición.

No cabe duda de que esta tendencia es sana y buena en cuanto hace que los hombres dejen de tomar parte en ceremonias ritualísticas que, no teniendo sino aparato externo, no se basan en ninguna realidad interna, ni se fundamentan en lo que en tiempos primitivos recibía el nombre de magia y se consideraba como llamada para que actuaran las fuerzas más ocultas e internas de la naturaleza y los seres pertenecientes a un mundo distinto del nuestro.

Sin embargo, es indudable que casi todo el mundo abriga un secreto amor por las ceremonias o el ritual. Prueba de ello es la adhesión del pueblo a ciertas instituciones como por ejemplo, la extravagante y abigarrada guardia de corps, las procesiones del Lord Mayor, las pelucas de los jueces y cosas por el estilo. El entusiasmo por las exhibiciones históricas, así como los caprichosos vestidos que idean las madres para sus hijos y la perenne fantasía de los trajes de los jóvenes y los ancianos, son otros tantos ejemplos de este incontenible amor por las ceremonias.

Este es, indudablemente. uno de los principales atractivos que tiene la Masonería para la mayoría de sus iniciados. Hay en la vida moderna tanto bullicio, tanta precipitación, tanta barahunda, tanta indecencia, tanta actividad, tanta insistencia en los derechos propios, tan poca consideración por los sentimientos ajenos y tan poca dignidad o cortesía que brote espontáneamente de bondadosos corazones, que nos causa extraordinario placer el hecho de entrar en la atmósfera tan opuesta de las logias en donde reinan la dignidad y el orden, en vez de la indigna inquietud a que estamos acostumbrados en el mundo externo.

Maravilloso tónico para los nervios fatigados por la tensión de la vida ordinaria es la entrada en el recinto de una Logia masónica, en donde todo es quietud, orden y paz; en donde cada cargo del taller y cada hermano tiene su lugar fijo y su deber prescrito: en donde nadie usurpa las funciones ajenas; en donde, una vez que se ha elegido o determinado la forma del drama, todos cooperan armónicamente y de buen grado para llevar a cabo las ceremonias de forma tal que se cree el ambiente que algún día ha de caracterizar hasta al mismo mundo externo, cuando cesen de disputarse los hombres, aprendan la lección de la fraternidad fiel y cooperen con la suprema Voluntad de la evolución a fin de ordenar todas las cosas, bella, fuerte y sabiamente.

También es agradable el goce estético que produce el tomar parte en una ceremonia bien dirigida en que, no sólo hayan estudiado intensamente todos los hermanos los actos y palabras que les correspondan, sino que, además, comprendan su significación y pongan lo mejor de su alma ¡en todo cuanto hagan o digan. La disposición misma de la Logia, la ordenada y digna colocación de las Columnas, los Oficiales con sus Insignias especiales que tachonan la asamblea con pinceladas de colores agradables, la situación de las Luces y todas las demás cosas adjuntas con que estamos familiarizados, contribuyen a formar un tout ensemble que conforta a la vista, agrada a los sentidos, place a la mente, satisface a la naturaleza religiosa y al par que contrasta con la mayor parte de nuestra vida diaria, es una esperanza para el porvenir del mundo.

Otro elemento de gran belleza que conmueve a todo el que siente la poesía y la música es el exquisito ritmo y eufonía de nuestro antiguo ritual, cuyas palabras y frases no tienen igual en la literatura inglesa si se exceptúan la Biblia y las obras de Shakespeare.

El antiguo dicho inglés de que “una cosa bella proporciona goce eterno” puede aplicarse a las sencillas y profundas palabras de nuestro ritual, porque se da el caso de que, a pesar de ser oídas continuamente todos los años en las diferentes ceremonias, nunca pierden su atractivo ni cansan ni envejecen; antes bien, su belleza, su majestad y su significación aumentan a medida que nos familiarizamos con con ellas, lo cual es una verdadera prueba de suprema literatura, de satisfacción ética y de religioso significado.

¡Cuán admirable es la tradición de que las palabras de nuestro ritual han de repetirse sin añadir, omitir ni alterar nada, porque la mayoría de las sentencias se han redactado en forma tan perfecta, que cualquier variación rompería su sonoridad o malearía su significación!

La hermosura del lenguaje contribuye tanto como los demás factores a que las palabras del ritual nos produzca intensa impresión. Estas amplias y profundas enseñanzas no deben su poder a sutilezas metafísicas, ni a análisis filosóficos ni a su novedad intrínseca, sino, más bien, a su sencillez, concisión y universalidad. Propiedad común de todos los sistemas religiosos conocidos es la identidad de los preceptos éticos; no obstante, el método de presentación de las antiguas verdades de moral y de amor fraternal, así como la franqueza, la restricción, la grandeza y verdadera sinceridad del ritual masónico con su trascendental significado hacen que estas enseñanzas nos parezcan siempre nuevas, vívidas, inspiradoras y prácticas.

Muchos intelectos modernos, a quienes vienen cortas las estrechas y anticientíficas ideas de ciertas ortodoxias religiosas, aceptan con verdadera complacencia la carencia absoluta de dogmas teológicos y de otros géneros de que se jacta la Masonería. Gran parte de los pensadores de mediana cultura reconocen la fraternidad, aceptan una ley ética y un código moral basados en la fraternidad; pero no derivan ésta de preceptos religiosos externos, sino de los dictados de sus corazones y de la innata benevolencia que sienten hacia sus camaradas.

La Francmasonería expone estas enseñanzas con tanta universalidad y catolicidad que los hombres pertenecientes a cualquiera de los credos así como los que no acepten ninguno, pueden subscribirlas sin escrúpulos, reconociéndolas como norma de verdad que ellos conocen por experiencia interna, sin necesitar el apoyo de muletas teológicas.

Además, ya no es posible negar el hecho de que en los tiempos modernos existe mucha gente que no profesa una fórmula definida de creencia religiosa, quizás porque está convencida de que no puede subscribir honradamente los credos que satisfacían a los hombres del pasado. La necesidad de expresión de fe religiosa que esta gente experimenta sin poderlo evitar y que todos sentimos prácticamente, puede satisfacerse en gran parte con la sinceridad sencilla de la ética masónica y su declaración de fraternal benevolencia. 

El conjunto de esta ética, verdadero corazón y nervio de la Francmasonería, lo constituye la palabra Fraternidad, palabra sin par en todos los idiomas. Si el masón la acepta sin evasivas, equívocos ni reservas mentales de ningún género, llegará a lograr el pleno desarrollo masónico; pero si la rechaza, no tendrá derecho a penetrar en el sagrado recinto del Templo, aunque ostente el más elevado de los grados.

La Fraternidad es para el masón lo que la luz del sol para los seres vivos: y, así como la luz puede dividirse en infinitos matices y colores y su poder puede transmutar se en incontables fuerzas y manifestaciones de vida, así el espíritu de Fraternidad que resplandece en los corazones de los hombres puede iluminar sus naturalezas e inspirar sus acciones de modos tan infinitos como las arenas del mar y tan diversos, como las flores del campo. El espíritu fraternal es tan penetrante como el éter existente en todas las formas de la materia, porque se infunde en la vida toda del francmasón, iluminándola con su sabiduría, sustentándola con su fuerza omnipotente y haciendo que su belleza irradie hasta los confines más lejanos de la tierra.

Los hombres se ven obligados a menudo a obrar bajo normas éticas de nivel inferior a que desearan debido a numerosas razones. Los motivos a que se debe este estado de cosas son sutiles y complejos. Así, por ejemplo, muchos temen que su bondad se tome por debilidad o su generosidad por sentimentalismo.

Otros tienen miedo de que la gente crea que son capaces de ser más virtuosos que sus camaradas y, violentando sus ideas y emociones, no despliegan la virtud que sienten latir en su corazón. Muchas veces los hombres no se atreven a llevar a cabo un acto virtuoso en público, pero experimentarían gran alegría si pudieran realizarlo sin que nadie se enterase.

La Francmasonería proporciona a los hombres de este género – de los cuales hay muchos en el mundo – un medio de expresión seguro y secreto. El que la logia esté a cubierto de profanos -lo cual constituye el deber primerísimo y constante de todo francmasón – da una sensación de seguridad y de reserva, que impide que puedan penetrar las miradas del mundo externo, y proporciona al masón la oportunidad de “soltar” las riendas que le coartan y de ser su yo real, ese Yo Superior que teme mostrarse libre y francamente en todas partes, menos en los sagrados recintos del Templo, en donde los hombres confían en él y le llaman Hermano. Porque el nombre de Hermano es altamente mágico. Así como “todo lo del mundo es un escenario y todos los hombres son comediantes”, así el masón tiene un papel que representar en su Logia en la que puede quitarse la falsa careta que ha de llevar por fuerza en el mundo y ponerse la máscara mucho más noble de masón. Y de esta manera, al par que se regocija de que la guisa de masón le permita hablar y obrar como muchas veces hubiera deseado hacer en el mundo si se hubiera atrevido, encuentra en su Logia tal oportunidad para manifestar cual es la verdadera naturaleza de su ser, que rarísimas veces podría hallarla en otra parte. De manera que el elemento de ficción asociado a algo de carácter dramático hace posible que el hombre real sea por unos momentos aquello que pretende ser.

Deben haber muchos masones que anhelen la llegada de un día en que sea posible sentir y obrar en el mundo externo del mismo modo que lo hacen en la Logia y en que las normas de ésta sean las del mundo. La bondad, la tolerancia, la benevolencia y la amistad mutuas, la cortesía y la ayuda, la camaradería y la fidelidad son los verdaderos elementos de nuestra obra en la Logia, son los fundamentos del Templo que, cimentado en la virtud, ha de ser erigido por la ciencia con mayor sabiduría cada vez. Pero estas cosas no pueden existir más que parcialmente en el mundo porque el corazón de los hombres es todavía duro y la ignorancia les ciega. Por esos hemos de cerrar a la fuerza
nuestras Logias, para evitar que sus sagradas cosas sean mancilladas y que sea manchada la alfombra del templo.

El ideal de la Masonería constituye un factor inmenso en la vida de todo verdadero masón, porque arraiga más profundamente que cualquier esprit de corps y es el espíritu mismísimo de la vida. Para el masón la Orden es una Divinidad que no ha de ser mancillada jamás ni con la más leve mancha, es una estrella eterna, un inmóvil sol de los cielos, un centro del que no puede apartarse a menos de ser falso consigo mismo.

¡Cuánta poesía encierra el nombre de la Orden! Los hombres han sentido a través de todas las épocas su ideología: en todos los países del mundo han hecho ceremonias semejantes a las que nosotros hacemos ahora y a las que los hijos de nuestros hijos enseñarán a sus vástagos. La celebración de los ritos masónicos se remonta a la noche de los tiempos prehistóricos. Las ceremonias de que las nuestras se derivan han sido celebradas por hombres de todas las razas en centenares de idiomas y dialectos en climas escalonados desde el tórrido ecuador hasta los polos helados, en la ciudad y en el
bosque, en fértiles llanuras y áridos desiertos y sobre las montañas más altas y las cañadas más hondas. La Francmasonería ha existido doquiera han vivido los hombres y sus eternas tradiciones y landmarks se han transmitido de generación en generación, enlazando el pasado, con el presente y con el porvenir en una humana solidaridad, y ligando a todo en indisoluble unidad con el G. A. quien desde el centro trazó las líneas en que hemos de construir su Sagrado Templo y ordenó a sus fieles obreros que trabajaran en él para completar la obra de sus divinas manos.

La poesía de la Francmasonería sobrepuja a todas las otras poesías; porque éstas son temporales y fugaces, mientras que aquélla no tiene en cuenta el transcurrir del tiempo, ni las mutaciones modifican para nada sus antiguos e inmutables fundamentos (landmarks).

¿Qué misterio encierra esto? ¿Qué misterios se ocultan tras de estas sencillas y profundas ceremonias? ¿Puede alguien responder satisfactoriamente a esta pregunta? ¿Será capaz algún hombre de dar una respuesta satisfactoria antes de llegar a ser más que hombre y de leer estos verdaderos s… de los que únicamente oímos en nuestras logias los secretos reemplazantes?

Así retornamos como siempre a ese misterioso e intangible elemento que nos agarra con garra más poderosa que la del león; a ese elemento que constituye la verdadera razón de que los hombres se hagan francmasones y de que “una vez que uno se hace francmasón lo sea para siempre”. Cada secreto comunicado es el preludio de ulteriores secretos: cada nuevo toque no es en realidad sino una llave de paso que nos abre la puerta de regiones cada vez más próximas al oculto corazón de lo que sustenta el esoterismo de la Francmasonería.

Todos los diversos elementos de que hemos hablado en particular diciendo que hacen llamamientos aislados al masón, no son más que los instrumentos individuales que forman una orquesta: considerada en sí la gran sinfonía es más sublime que todas las partes a pesar de que la combinada armonía de éstas es la que la hace audible. Ella nos murmura cosas que no pueden expresar ninguno de los instrumentos del mundo, a no ser en fragmentos, en sucesiones .de notas y cuerdas, que interpreten en la tierra sometida a las leyes del tiempo y del espacio las melodías del cielo, las cuales sólo los celestes oídos pueden escuchar en toda su integridad.

Antes de que hacernos francmasones debemos sentir un débil rumor que, filtrándose a través de los espesos muros de la cerrada Logia, despierte esos tenues estremecimientos melódicos en nuestros corazones. Esto es lo que aviva en nosotros ese secreto estímulo que nos arrastra hacia la escuadra, en donde nuestro primer paso se da en ignorancia, si bien teniendo la certeza interna de que la luz ha de llegar con toda seguridad. En cuanto hemos dado nuestros primeros pasos secretos descubrimos muchos elementos agradables en el Ritual Masónico que nos producen extraño asombro y tanta satisfacción que jamás nos arrepentimos de haber puesto proa hacia la aventura. Las magníficas frases antiguas, la dignidad y armonía de los movimientos, del color y de la eufonía, complacen a los sentidos y a las almas de los hombres fatigados por la tensión y por la distracción de las cosas mundanales. La amplia y sencilla filosofía de la vida, la simple declaración de fraternidad, la ética de fidelidad y amistad, la verdad sin dogma, la religión sin secta, la reverencia sin sacrificio de la dignidad, el amor sin sentimentalidad: todos estos son importantes elementos que contribuyen a despertar la Masonería en el corazón del Masón. Y el gozo de vivir en un ambiente de fraternidad. la oportunidad de quitarse la armadura que por necesidad ha de vestirse el hombre en los campos de lucha del mundo exterior a la Logia, el libre intercambio de sentimientos fraternales, sin temor a malas inteligencias y a repulsas, constituyen también valiosos elementos de la llamada de la Masonería.

Algunos de los factores que unen al masón con la Orden por medio de lazos que nada puede romper ni aflojar son los siguientes: un cambio de máscara, un nuevo papel que aprender, un pretexto que es nuestro secreto ideal, un conocimiento anticipado del futuro a que tenemos la certeza de llegar algún día, un homenaje glorioso a una sublime Deidad, una sumersión en la más grandiosa ensoñación que el mundo ha conocido, un lazo secreto que nos une con todas las clases de hombres que ha producido la tierra, y una tradición más antigua y venerable que todas las habidas y por haber . Pero ¿qué es la llamada en sí? Todas estas cosas no son sino nombres y accesorios: ¿Cuál es la substancia de que todas ellas son sombra?

¿Qué cosa hay en la selva virgen que llama a los seres salvajes? ¿Qué son esas secretas y sagradas cosas que murmuran las montañas al oído del hombre de las cumbres de forma tan silenciosa ya la par tan sonora que apaga el estrépito de los demás cánticos de la tierra: esas cosas que susurra el mar al marino; el desierto, al árabe; el hielo, al explorador de los polos; las estrellas, al astrónomo, la sana filosofía al observador y los materiales del oficio al artesano?
 
En el hombre existe algo que es más que el hombre a lo cual llama la Francmasonería. Esta llamada recurre a lo más santo y grande que en él existe, a lo que él sólo podrá conocer cuando se convierta en el Maestro de la Logia de su propia naturaleza, cuando llegue a ser él mismo. Así como el golpe de mallete que da el M… repercute en todo el T… hallando eco en el occidente, el sur y el noroeste, y traspasando hasta los mismos muros de la Logia para llegar al mundo externo, así también la Francmasonería lanza una llamada en los más recónditos santuarios del sacratísimo ser humano; una llamada que ha de ser respondida, que no admite rechazo, que le ordena que se vuelva para afrontar la luz. y así como todos los hermanos responden a la orden del Maestro por el s... así responde el hombre a la llamada de la Francmasonería, aunque no conozca en qué consiste ésta, y responde con su vida. Él no puede hacer otra cosa que obedecer; abandonar la empresa es morir; él debe responder y proseguir la eterna búsqueda de la palabra perdida, que no es ninguna palabra, pero que está oculta en el c…

De manera que la llamada de la Francmasonería es compleja y múltiple, al mismo tiempo que sencilla y única. En la Francmasonería existen muchas cosas que han de calmar los anhelos de los corazones humanos, y, sin embargo, la Francmasonería en sí, es decir, en su espléndida perfección, es una cosa que no puede colmarnos nunca, hasta que el hombre deje de ser hombre, para convertirse en ser divino, lo cual ha de ocurrir seguramente en la consumación de los tiempos. La Francmasonería es virtud y ciencia, ética y filosofía, religión y fraternidad; pero ninguna de estas cosas por sí solas son ella.

No hay multitud de células que pueda hacer un organismo vivo, ni galaxia de estrellas que pueda formar un cosmos, ni rayos de luz que puedan hacer un sol. Del mismo modo, ninguna agrupación de elementos de belleza o de fraternidad puede hacer a la Francmasonería, ésta crea todas estas cosas, da ser a muchos puntos de perfección; mas continúa siendo un misterio que puede describirse perpetuamente, pero jamás explicarse.

A esto se debe que la llamada de la Francmasonería sea lo que es, y que nosotros la amemos, porque el hombre es también un ser que puede describirse perpetuamente, pero jamás explicarse. De modo que en la Francmasonería el hombre se busca a sí mismo, y, a lo largo de sus misterios y ceremonias ” Júpiter hace señas a Júpiter” .

http://www.logiahermes.org/la-llamada-de-la-masoneria/#more-570

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