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miércoles, 8 de noviembre de 2017

La magia en la vida de Jesús.

La magia en la vida de Jesús.
Robert Ambelain.

«Que no se encuentre en tu pueblo a nadie que pregunte a los muertos...» 
DEUTERONOMIO, 18, 11

No hay ni un solo exegeta que no haya observado o reconocido que, en la vida de Jesús, hay un vacío oscuro, un período del que no se sabe absolutamente nada. Para los docetas y todos los gnósticos en general, y para Marción el primero. Jesús aparece de forma repentina, sin que se sepa de dónde viene. Es asimismo en Cafarnaúm donde fijan su primera aparición. Otros la sitúan en el vado del Jordán llamado Beta-Abara, en el pueblo de Betania. (Hemos visto, en el capítulo 11, que esos «años oscuros» cubren un período de actividad política, o incluso insurreccional.)

En ese período desconocido de la vida de Jesús, el rumor público judío incluía su estancia en Egipto, con el fin de estudiar allí la magia.

En efecto, en Israel existía una tradición sólidamente establecida según la cual Egipto era la patria de dicha ciencia, y que no se podía tener mejor maestro que un egipcio. Para todo talmudista sincero, experimentado, poseedor de la tradición esotérica de las sagradas Escrituras, uno de los tesoros robados a los egipcios cuando tuvo lugar su salida de Egipto (cf. Éxodo, 12, 35-36) fue precisamente ese conocimiento, y los famosos «vasos de oro y de plata» que los israelitas tomaron sutilmente de las gentes de Egipto la víspera de su partida en masa hacia la Tierra Prometida no eran otra cosa que las claves (los vasos, los secretos) del doble poder mágico (el oro y la plata), todavía representado en nuestros días esotéricamente mediante las dos llaves de oro y plata que figuran en el blasón de los papas.

Esta creencia estaba tan sólidamente arraigada en el espíritu del Israel antiguo, que todo viajero procedente de Egipto que entrara en Palestina era sometido a un escrupuloso registro a su paso por la frontera común. Y, en virtud de la palabra de las Escrituras, a todo aquel que introdujera un tratado cualquiera de magia le esperaba como castigo la pena de muerte a partir del momento en que franqueara los límites del país nabateo o de la vetusta tierra de Menfis:

«Que no se encuentre junto a ti a ninguno de aquellos que practique las adivinaciones, el sortilegio, el augurio, la magia; que practique hechizos, que consulte a los espectros y a los espíritus familiares, que interrogue a los muertos.» (Deuteronomio, 18,10-11.)

Por eso: «No dejarás vivir a la que practica la magia...» (Éxodo, 22, 17.)

Y este ostracismo llegaba muy lejos. En el siglo i de nuestra era, Rabbi Ismael ben Elischa, nieto del sumo sacerdote ejecutado por los romanos, impide a su sobrino Ben Dama que se deje curar por un cristiano de una mordedura de serpiente.

Basa su oposición en el tratado talmúdico Abhodah Zarah (27 B), el cual enseña que:

«Vale más perecer que ser salvado por la magia...»

Así pues, para los judíos Jesús operaba sus prodigios sustentándose en sus conocimientos de magia, que había aprendido y traído de Egipto, y cuyos elementos esenciales había conseguido disimular bajo sus ropas al pasar la frontera. (Qiddouschim, 49 B; Schab., 75 A y 104 B.) Todos sus discípulos eran como él, ya que él les había enseñado sus secretos. Eso es lo que explica sus milagros y el éxito que éstos traían aparejado para ellos, de cara a la multitud ignorante.

En la misma época se verá cómo Rabbi Eliezer ben Hyrcanos, que había sido acusado de haberse hecho cristiano en secreto, obtuvo finalmente la gracia, al haberse llegado a la conclusión de que un hombre tan sabio, tan fiel observador de la ley, no había podido extraviarse de tal modo de no haber caído en una especie de hechizo espiritual, practicado por los discípulos de Jesús.

Reconozcamos que esta opinión era todavía compartida por un porcentaje bastante elevado de cristianos en el siglo V. En efecto, está demostrado que los Evangelios llamados «de la Infancia», que se componen del Protoevangelio de Santiago, del Evangelio del pseudo Mateo, de la Historia de José el carpintero, y del Evangelio de Tomás, se reparten en fragmentos que pueden haber sido compuestos, unos a finales del siglo II, y los otros en el siglo v.

Pues bien, en todos esos textos se nos muestra al niño Jesús dotado de facultades mediúmnicas extraordinarias, y ya apto para realizar prodigios, a merced de sus reacciones infantiles. Se le ve penetrar en una caverna, donde una leona acaba de parir. Y ésta juega y retoza con Jesús, junto con los leoncillos. Y una palmera se inclina ante una orden suya, para ofrecer a María, su madre, los dátiles que desea. Una fuente brota por orden suya, para apagar la sed de sus padres. En el templo de Hennópolis, en Egipto, las trescientas sesenta y cinco estatuas de las divinidades cotidianas de las parénesis caen al suelo. Cuando juega con la tierra y el agua, de regreso a Judea, aquellos que estropean sus frágiles construcciones caen muertos a sus pies. Modela una docena de pájaros en arcilla, y les da vida con sólo una palmada.

Ante la indignación de la población, consecutiva al abuso que hace de sus poderes, sus padres lo encierran en la casa y no le dejan salir. Entonces, tanto para hacerse perdonar, como para demostrar su poder. Jesús devuelve la vida a un niño al que acababa de lanzar un hechizo mortal. Lo confían a un maestro de edad muy avanzada para que le enseñe a leer. El maestro, al golpear a Jesús con una varilla de estoraque, cae inmediatamente muerto. Un hecho confirma en los Evangelios canónicos ese carácter rencoroso de Jesús: es el episodio de la higuera (Mateo, 21, 19 y Marcos, 11, 21), que debería haber dado higos a Jesús instantáneamente, y fuera de temporada, y a quien él maldice por no haberlo hecho. En todos esos apócrifos, el padre de Jesús se llama José, evidentemente.

Pero han permanecido algunos fragmentos de una veracidad que a continuación fue sabiamente sofocada. Entre ellos están, por ejemplo, los siguientes del pseudo Mateo sobre sus hermanos:

«Cuando José iba a un banquete con sus hijos Santiago, José, Judas y Simón, así como con sus dos hijas. Jesús y su madre iban también, junto con la hermana de ésta, llamada María, hija de Cleofás...» (Cf. Evangelio del pseudo Mateo, 42,1.)

«José envió entonces a su hijo Santiago para recoger leña y llevarla a casa, y el niño Jesús le seguía. Pero mientras Santiago reunía las ramas, una víbora le mordió en la mano. Y como sufría y se moría. Jesús se le acercó y sopló en la herida. Inmediatamente el dolor cesó y la víbora cayó muerta, y Santiago permaneció entonces sano y salvo.» (Op. cit., 16,1.)

En los apócrifos etíopes encontramos lo mismo. Vemos a Jesús, en su edad madura, comunicando a sus discípulos fórmulas mágicas extrañas, algunas de las cuales las encontraremos en los formularios que todo buen doblara abisinio debe inevitablemente poseer.16

Esas son las creencias supersticiosas que compartían los judíos y los cristianos respecto a los «poderes» de Jesús. Lo que es seguro es que los cristianos más cerrados al análisis racional de un texto no podrán negar que Jesús utilizaba una técnica. Y ésta es la prueba: En su ingenuidad los creyentes ordinarios se imaginan que a Jesús le bastaba con dar una orden para que el milagro se produjera. Y nada de eso. Hay matices, y los procedimientos difieren según la naturaleza del resultado deseado. Los siguientes textos lo prueban:

«Cuando hubo partido de allí, Jesús fue seguido por dos ciegos que daban voces y decían: "¡Hijo de David, ten piedad de nosotros!" En cuanto hubo llegado a la casa, los ciegos se le acercaron y Jesús les dijo: "¿Creéis que puedo yo hacer esto?" Respondiéronle: "Sí, Señor". Entonces tocó sus ojos, diciendo: "Hágase en vosotros según vuestra fe". Y se abrieron sus ojos...» (Mateo, 9, 27.)

«Llegaron a Betsaida, y le llevaron a Jesús un ciego, rogándole que lo tocara. Tomando al ciego de la mano, lo sacó fuera del pueblo, y, poniendo saliva en sus ojos e imponiéndole las manos, le preguntó si veía algo. El ciego miró y le dijo: "Veo hombres, pero algo así como árboles que andan". Jesús le puso de nuevo las manos sobre los ojos, y cuando el ciego miró fijamente, fue curado, y vio con toda nitidez.» (Marcos, 8,22-26.)

«Pasando, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento [...]. Y después de haber dicho esto, escupió en el suelo e hizo un poco de lodo con la saliva. Luego aplicó este lodo sobre los ojos del ciego y le dijo: "Ve y lávate en la piscina de Siloé". Fue, pues, allí y se lavó, y regresó viendo claro.» (Juan, 9,1 y 6-7.)

La piscina de Siloé estaba situada cerca de una de las puertas de Jerusalén. Era allí donde los sacerdotes, revestidos con sus atavíos festivos, sacaban el agua que iban a utilizar para las purificaciones rituales del Templo. Desde que el profeta Isaías la había alabado (Isaías, 8, 6) se la tenía por santa, y todavía en la Edad Media tenía fama, entre los musulmanes, de dispensar un agua milagrosa. En efecto, en estos tres milagros se ve que Jesús emplea tres técnicas diferentes:

a)      en el primer caso, la fe de los ciegos garantizaba el resultado, por lo que le basta con tocar sus ojos;
b)      en el segundo caso, pone saliva suya sobre los párpados del ciego, y le impone las manos. Al ser incompleto el resultado, empieza de nuevo la operación, y por fin el ciego ve;
c)      en el tercer caso, utiliza una vieja receta de la farmacopea antigua. Un código médico del siglo III, atribuido a Serenus Sammonicus, recomienda la aplicación de una capa de lodo para curar los tumores de los ojos.

Pero Jesús añade a ello, a modo de complemento, la inmersión en la piscina milagrosa de Siloé, o por lo menos el lavado de los ojos en esas célebres aguas.

Sobre el hecho de que Jesús utilizara la saliva en la curación de las afecciones oculares, éste no hace sino emplear una receta antiquísima que se basa en el valor terapéutico de la saliva. En los Anales de cirugía plástica de abril de 1961, págs. 235-242, podemos leer en el artículo «Las derivaciones salivales parotídeas en la xeroftalmia» los siguientes pasajes:

«El síndrome xeroftálmico que se desarrolla sobre un ojo con secreción lacrimal pobre o ausente, acarrea la queratinización o la descamación de la conjuntiva desecada, con formación de adherencias... La comea se opacifica... Las pestañas, al rozar, se convierten en un factor de ulceración... El descenso de la agudeza visual desemboca a menudo en una ceguera completa.»

«La saliva y las lágrimas tienen una composición muy parecida, y contienen ambas lisozima, sustancia bacteriostática de protección.» El cirujano comunicará entonces, por vía mucosa intrabucal, el canal secretor de las glándulas salivales con el fondo de saco conjuntivo. Y «...de ello resultará para el enfermo una mejora espontánea de la agudeza visual...» (Op. cit.)

De este conocimiento inconsciente es de donde deriva el gesto de numerosos escolares que, afligidos por dolor de ojos, humectan con su saliva, con ayuda de sus índices, los lagrimales doloridos, mientras hacen sus deberes bajo la lámpara familiar.

En el caso del exorcismo que nos cuenta Mateo (17, 21), también ahí se ha utilizado una técnica. Júzguese:

«Entonces se acercaron los discípulos a Jesús y aparte le preguntaron: "¿Cómo es que nosotros no hemos podido arrojar a ese demonio?" Jesús les respondió: "A causa de vuestra incredulidad; porque en verdad os digo que, si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a esa montaña: Vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible. Pero esta raza de demonios no se puede expulsar sino mediante la oración y el ayuno..."» (Mateo, 17,19-21.)

En primer lugar, observaremos que existe contradicción. El texto nos dice que nada es imposible para la/e absoluta y sincera. Pero el mismo texto nos precisa los elementos de una técnica, ascética y mística, para la obtención del resultado: la oración y el ayuno. Hay ahí una indiscutible contradicción, ya que la frase final implica que, según la naturaleza de los demonios, según su especie, debe utilizarse un procedimiento u otro. Por lo tanto, la fe sola es insuficiente, y hay que añadirle un soporte psíquico: ayuno, oración, sacramental (aceite, saliva, lodo, agua, etc.).17

Hay otros casos en los que el análisis debe ser más sutil, más prudente. Así, por ejemplo, el caso del poseso de Gerasa. Un hombre está poseído por numerosos demonios. Vive en los lugares desérticos y en los sepulcros. Rompe las cadenas y los hierros con los que se le quiere reducir. Jesús viene, ordena a los demonios que dejen a ese hombre. Ellos le suplican:

«...y le rogaban encarecidamente que no les mandase volver al abismo. Pues bien, había allí una piara de cerdos bastante numerosa paciendo en el monte, y suplicaron a Jesús que les permitiese entrar en ellos. Se lo permitió. Y saliendo los demonios del hombre, entraron en los puercos, y se lanzó la piara por un precipicio abajo hasta el lago, y se ahogó. Viendo los porquerizos lo sucedido, huyeron y lo anunciaron en la ciudad y en los campos...» (Lucas, 8,31-35.)

Observaremos, en primer lugar, que no son jabalíes, sino cerdos domésticos, dado que se trata de una piara con porquerizos. La escena tiene lugar en «el país de los gerasenos, que está frente a Galilea». Es, por lo tanto, la Galaadítide. Pero ¿qué probabilidades hay de que allí se criaran cerdos, animales cuyo consumo estaba formalmente prohibido por la ley, y cuya utilización, preparación y venta eran, por consiguiente, más que aleatorias? Por otra parte, en Gerasa y en su región no hay lago alguno. Para evitar este escollo se nos quiso transferir la escena a Betsaida-Julias, en las orillas del lago Tiberíades, alias de Genezaret, alias mar de Galilea. Pero entonces el suceso no se desarrolla ya en el país de Gerasa, ni en Galaadítide, sino en la Gaulanítide, y a más de ochenta kilómetros a vuelo de pájaro de Gerasa... Una vez más, los escribas anónimos del siglo iv imaginaron cualquier cosa, sin pararse a reflexionar.

Por último, en el Voyage en Orient de Gérard de Nerval leemos lo siguiente, y es Avicena el que habla: «Siempre he dicho que el cáñamo con el que se hace la pasta de haschich era esa misma hierba que, según decía Hipócrates, comunicaba a los animales una especie de rabia que les inducía a precipitarse al mar.» De hecho, si hacemos una selección entre los acontecimientos milagrosos cuyo origen es incontrolable, que los judíos atribuyen a la magia y los cristianos a milagros, vemos que la vida de Jesús está dominada por tres hechos importantes:

a)      el encuentro con el Príncipe de las Tinieblas, en la cima de la montaña de la Cuarentena, en el desierto de Judá;
b)      la evocación de Moisés y de Elias, en la cima del Tabor;
c)      el diálogo final, poco antes de su detención, en el monte de los Olivos, con un «padre» misterioso. 

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Pues bien, todo eso constituye una secuencia de operaciones mágicas, prohibidas bajo pena de muerte por la religión judía.

En la escena de la Tentación (Mateo, 4; Marcos, 1; Lucas, 4), Jesús es impulsado por el Espíritu a aislarse durante cuarenta días y cuarenta noches, en la cima de un monte al que en nuestros días se denomina el monte de la Cuarentena, y se nos precisa claramente que es para ser tentado allí por el Diablo. Se trata de una prueba iniciática: el operante debe triunfar sobre las fuerzas de Abajo, si quiere obtener el apoyo de las de lo Alto. Este mismo episodio se encuentra en la vida de Buda y de todos los grandes taumaturgos. Después, el triunfador es «asistido por todo el Cielo y obedecido por todo el Infierno», según la conclusión perfectamente conocida por todos los cabalistas.

Pero ¿se había tratado de una evocación, en la cual se llama a una entidad, conjurada por ritos y palabras, y se la obliga a manifestarse, o por el contrario ese retiro de cuarenta días, en la soledad y el ayuno, no preveía explícitamente la aparición, sino que vino de forma inesperada? Ningún texto lo precisa. Por otra parte, hay que considerar como una exageración evidente el hecho de que Jesús hubiera permanecido cuarenta días sin beber, en las terribles soledades del desierto de Judá. Sometido a todas las vicisitudes de la carne, sufrió la flagelación, la crucifixión, y murió, bien a causa de ésta o de la herida de lanza del legionario romano, pero es absolutamente impensable que hubiera resistido, en medio del calor tórrido y de las piedras recalentadas, a semejante deshidratación.

Sea lo que fuere, el encuentro con una «manifestación» del Principio del Mal es el primer hecho mágico importante de la vida de Jesús. Existe todavía un segundo hecho, que generalmente pasa desapercibido: con ese Principio tuvo lugar un segundo encuentro, uno, por lo menos. Y éste se desarrolló inmediatamente antes de su detención, o, todo lo más, unos cuantos días antes.

«Y el Señor dijo: Simón, Simón, Satanás os ha reclamado para ahecharos como el trigo. Pero yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez te hayas convertido, confirma a tus hermanos...» (Lucas, 22, 31-32.)

La Vulgata de san Jerónimo dice exactamente conversus, que significa transformado, cambiado. ¿Qué puede deducirse de esos frecuentes «contactos» con el Adversario? La segunda gran operación teúrgica tiene lugar en la cima del monte Tabor; se trata de la célebre escena conocida como la de la Transfiguración; la encontraremos relatada con todo detalle en Mateo (17),Marcos (9, 2), Lucas (9, 29), Juan (1, 14), y en la segunda Epístola de Pedro (1,16).

«Seis días después, tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un monte alto. Allí se transfiguró ante ellos, brilló su rostro como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elias hablando con él. Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, levantaré tres tiendas, una para ti, una para Moisés, y otra para Elias..." Aún estaba él hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió. Y he aquí que una voz, procedente de la nube, dijo: "Éste es mi hijo bien amado, en quien tengo mi complacencia, ¡escuchadle!" Cuando oyeron esta voz, los discípulos cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor. Pero Jesús, acercándose a ellos, los tocó y les dijo: "Levantaos, no tengáis miedo..." Alzando ellos los ojos, no vieron a nadie, sino sólo a Jesús.

Mientras bajaban de la montaña. Jesús les dio esta orden: "No habléis a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos" (Mateo, 17,1-9.)

En primer lugar, observaremos que esta evocación apela a dos muertos, ya que Moisés había muerto, en la cumbre del monte Nebo, hacía catorce siglos. Y en cuanto a Elias, éste hacía once siglos que «un carro de fuego y unos caballos de fuego» se lo habían llevado hacia el cielo, ante la estupefacción de su discípulo Elíseo. Si se hubiera tratado de la simple manifestación de su filiación divina, Jesús habría podido llevarla a cabo en Jerusalén, en la habitación más alta de la casa de un amigo. Pero como se trataba de una evocación de los muertos, debía tener lugar en un sitio apartado, en un lugar desértico, próximo al cielo, por dos razones. La primera estribaba en el hecho de que semejantes ritos exigen ser practicados de forma que no se corra el riesgo de ser molestado por la llegada inopinada de profanos. La segunda debido a que, en Israel, no se bromeaba con esas cosas que, de ser descubiertas, implicaban la pena de muerte en virtud de las Escrituras: Deuteronomio (18, 10-11), y Éxodo (12, 35-36). De donde la recomendación de Jesús: «No habléis a nadie de esta visión...» (Mateo, 17, 9.)

En cuanto a la finalidad de tal evocación. Lucas es quien nos la revela, al decirnos esto: «Y he aquí que dos varones hablaban con él. Moisés y Elias, que aparecían gloriosos y le hablaban de su partida, que había de cumplirse en Jerusalén..,» (Lucas, 9, 30-31.)

De manera que fue para conocer su destino cercano por lo que convocó a Moisés y Elias, los dos guías esenciales de la historia de Israel. Está establecido el hecho de que todo ello fue acompañado de los sahumerios mágicos habituales con potentes alucinógenos por el delirio y la embriaguez que demuestran sus discípulos, y la incoherencia de las palabras de Simón-Pedro, quien sueña despierto y quiere levantar tiendas para los recién llegados. Porque Lucas, antes, nos dice que «Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño...» (Lucas, 9, 32), y de Pedro que «no sabía lo que decía...» (Lucas, 9,34.)

En cuanto a la nube luminosa, la explicación es muy sencilla. Si uno se sitúa en la cima de una montaña, en una región con el cielo impecablemente azul, si llega una nube y el observador se halla envuelto por dicha nube, al continuar el sol dando sobre esa montaña, hará de la nube un verdadero difusor de luz, y será tal el contraste, que el observador, sobre todo si va vestido de blanco, parecerá todavía más deslumbrante.

Y llegamos ahora a la última evocación, la que tuvo lugar la noche de la detención de Jesús, en el monte de los Olivos, cerca de Betania, y en el lugar llamado Getsemaní, que designaba un lagar de aceite. Veamos el relato de Lucas: «Tras salir se fue, según costumbre, al monte de los Olivos, y le siguieron también sus discípulos. Una vez llegó allí, les dijo: "Orad, para que no caigáis en tentación..." Se apartó de ellos a una distancia como de un tiro de piedra, y, puesto de rodillas, oraba: "¡Padre! Si quieres, aparta de mí este cáliz... Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Entonces se le apareció un ángel del cielo, para confortarle.» (Lucas, 12,39-4A.)

«Después de haber orado, se levantó, vino hacia los discípulos y, encontrándolos adormilados por la tristeza, les dijo: "¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para que no entréis en tentación".» (Lucas, 22,45.)

Aquí vamos a plantearnos una primera pregunta: ¿cómo puede uno dormirse de tristeza? La angustia y la pena lo que hacen es quitar el sueño. Ese «sueño de tristeza», ese sueño saturniano, está producido ahí, una vez más, por sahumerios, probablemente de Datura stramonium o de beleño, mezclado con gálbano, el helbénáh de los sahumerios del Templo. Porque ahí se trata de una nueva evocación, ahora no interroga a Moisés y a Elias, sino a su padre. ¿Pero a cuál? Lo comprenderemos más tarde. La segunda pregunta es la siguiente: si los discípulos se habían dormido, y si estaba alejado, a la distancia de un tiro de piedra, ¿cómo se conocen los términos de su diálogo con su padre?

No por ellos, puesto que duermen. Tampoco por él, dado que Jesús aún no había terminado de amonestar a sus discípulos, por fin despiertos, cuando los soldados romanos de la Cohorte, los servidores del Templo, armados con espadas y cachiporras, conducidos por Judas Iscariote, su sobrino, llegan a la luz de las antorchas y proceden de inmediato a su detención. Es a través de un personaje, del que sólo nos habla Marcos, por quien conocemos estas cosas, y los detalles son de lo más curiosos: «Y abandonándole, huyeron todos. Un cierto joven le seguía, envuelto en una sábana sobre el cuerpo desnudo. Trataron de apoderarse de él, mas él, dejando la sábana, huyó desnudo...» (Marcos, 14,50-52.)

En primer lugar, nos extrañará el hecho de que en pleno mes de marzo, en Judea, en la cima del monte de los Olivos, se le ocurra a un joven desplazarse con una sábana por todo vestido, todavía de noche, en las horas más frías, tan frías que se encenderá fuego en el atrio de Caifas, algunos instantes más tarde, allí donde Pedro renegará de su Maestro. (Juan, 18,18.)

No se trata de una sábana en el sentido literal de la palabra. El latín de la Vulgata de san Jerónimo, texto oficial de la Iglesia, tampoco emplea el término latino pannus, que significaría paño. Y no se trata de una sábana de cama, dado que en aquella época no se conocían esas cosas. Los judíos se acostaban sobre esteras, al igual que todos los pueblos de esas regiones. Los romanos utilizaban catres, con coberturas de lana o de piel. Los galos utilizaban colchones, y, en el peor de los casos, jergones. Pero no había sábanas de tela, cosa bastante reciente, dado que todavía en nuestra época, en Alemania y en Austria, muchas camas de las zonas rurales acostumbran a llevar sólo una. En realidad, la Vulgata de san Jerónimo utiliza el término latino sindon, que significa exactamente un sudario. Y un sudario no tiene nada en común con las vestiduras rituales que debía llevar un judío de aquellos tiempos. Es este joven el que representa el papel del ángel «venido del cielo para reconfortarle» y que nos narra Lucas (22, 39-44). Y es a través de él como conocemos la plegaria que Jesús dirige a «su padre».

Es el comparsa clásico en todo espectáculo de este tipo; en argot a esto se le llama un «barón». Y comprendemos que toda esta escenografía tiene como finalidad reconfortar, efectivamente, a Jesús en su misión, misión de la que él no ignora que va a conducirle a una muerte horrible, sin esperanza alguna de conseguir liberar a Israel y restablecer la realeza davídica. No ignora que esta misión, desde que se retiró a Fenicia, él la ha trasladado ya a otro «reino», que no es de este mundo. Pero los fanáticos que le rodean no lo escuchan en esta misma sintonía.

Unos habían montado esta superchería para catapultarlo de nuevo a ese mesianismo puramente político y sin esperanzas de éxito. Otro había llegado ya más lejos, y ya lo había denunciado: su propio sobrino, Judas Iscariote, hijo de Simón Pedro. Una vez desaparecido Jesús, la filiación de Israel pasaba a Simón Pedro, y él, Judas, se convertía en el «delfín»... En cuanto a los demás, aprovechando la oscuridad de la noche, la poca luz producida por las antorchas, se fundirían en las tinieblas del monte de los Olivos y emprenderían la huida sin ningún escrúpulo.18

Pero para los judíos de entonces no había duda alguna de que había utilizado las ciencias prohibidas. El rumor de su encuentro con Samael en las soledades del desierto de Judá debió extenderse. Se sabía que había vencido al Príncipe de las Tinieblas. Por lo tanto éste, según la tradición mágica común, era su esclavo, puesto que Jesús lo había domado: «Pero los fariseos replicaban:

"Por medio del Príncipe de los Demonios expulsa a los demonios..."» (Mateo, 9, 34.)

«Y se extendió el rumor de que tenía un Espíritu impuro (se sobreentiende que a su "disposición")...» (Marcos, 3,30.)

En el episodio de la mujer adúltera parece utilizar un procedimiento mágico, bien de adivinación o bien de purificación:

«Jesús, inclinándose, escribía con su dedo en la tierra. Como ellos insistieran en preguntarle, él, incorporándose, les dijo: "El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero..." (se sobreentendía que la piedra de la lapidación, castigo que se aplicaba a las mujeres adúlteras según la ley).» (Juan, 8, 6-7.)

Aquí se trataba, probablemente, de una consulta geomántica. Todavía en nuestra época, en Marruecos, Túnez y todo el Próximo Oriente algunos adivinos practican consultas mediante el procedimiento adivinatorio denominado Darb-el-remel, o «arte de la arena». Con ayuda de puntos o de rayas trazados sobre la arena se obtienen figuras con valor de oráculo, cuyo número es invariablemente de dieciséis, y que dan la respuesta a la pregunta formulada.

Podía haberse tratado también de un procedimiento de «desprendimiento» psíquico particular. Se trazan sobre la arena o la tierra determinados diagramas mágicos, se hace pasar al sujeto en cuestión por encima, y éste se encuentra liberado, ya que el espíritu malo, autor del mal, no puede soportar el paso por encima de los caracteres sagrados.

Éste es, asimismo, el origen de los tatuajes protectores. La indulgencia de Jesús hacia las mujeres adúlteras o las prostitutas viene justificada por la presencia de varias de ellas en su genealogía ancestral. En primer lugar está Tamar, quien en el Génesis (38, 12 a 19) se prostituye a su suegro en una encrucijada de caminos, sin que él la reconozca, para conseguir casarse después. Luego está Rahab, la prostituta oficial de Jericó, que oculta a los espías enviados por Josué, antes de la destrucción de la ciudad, y por eso salva su vida (Josué, 2, 1 y ss.; 6, 17 y ss.); después se casa con Salmón, hijo de Naasón, príncipe de Judá, y será madre de Booz (Mateo, 1, 5). Tenemos a continuación a Ruth, esposa de Majalón, y luego mujer de Booz; ésta era de origen moabita, raza originada por el incesto entre Lot, borracho, y sus dos hijas, origen que hubiera debido prohibir a Ruth el acceso a una familia judía tradicionalista. (Ruth, 1, 4 y ss.; 2, 2 y ss.; 3, 9 y ss.; 4, 5 y ss., y Mateo, 1, 5.) Está, por último, Betsabé, mujer de Urías, oficial de David, a quien este rey mandará asesinar para conservar a la esposa de aquél, de quien ha hecho su amante, sin que ésta proteste. De dicho adulterio nacerá Salomón (II Samuel, 11, y Mateo, 1,6). En fin, parece sobreentenderse que Jesús, al igual que sus discípulos, no pudo tampoco curar a todos cuantos tenían relación con él: «Hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, se acercó a él una mujer con un frasco de alabastro...» (Mateo, 26, 6.)

Pues bien, se trataba de la casa de su amigo Lázaro, hermano de Marta y María, quienes le ofrecían invariablemente hospitalidad cuando él se encontraba en Jerusalén.19 Y dicho Simón seguía estando leproso.

El episodio de la evocación de Moisés y Elias en la cima del monte Tabor es la encrucijada del destino de Jesús. Hasta ese momento había sido, después de su padre, Judas de Gamala, el pretendiente legítimo a la realeza davídica. Sus discípulos, sus amigos, sus hermanos «carnales», le llaman señor (adonai) a veces, porque es su señor. En aquella época, y durante siglos, ese término reemplazaba en todos los estados del Próximo Oriente al «sire» medieval europeo. En público, la esposa del rey le llamaba a éste «mi querido señor» o «sire». Pero después de esa extraña ceremonia, efectuada con Pedro, Santiago y Juan (serán los mismos que le acompañarán en la de Getsemaní), ya no será el mismo. Habrá comprendido, él solo, que el mesianismo político, terrestre, no tiene esperanza. La Providencia tiene previstas otras cosas para el mundo, más importantes que el restablecimiento de los descendientes de David en el trono de un Estado minúsculo. Y es que de esa evocación algo subsiste en él, una entidad muy elevada ha tomado posesión de él, y a partir de ahora se servirá de él para remodelar el mundo. Para él, esta entidad se llama Elias. ¿Qué hay de asombroso en ello? Tan sólo conoce su propia mitología nacional. Para las legiones, que marchaban en cabeza de sus ejércitos, esa entidad tenía ya, desde hacía siglos, otro nombre: Mithra. De ese fenómeno de «posesión» psíquica, Jesús es perfectamente consciente. De ahí la frase, teñida de desengaño, que dirige a Simón el Zelota, su hermano «según la carne», y su sucesor legítimo, por orden de primogenitura, cuando él. Jesús, haya desaparecido: «En verdad te digo: cuando eras joven te ceñías e ibas a donde tú quenas. Pero cuando seas viejo, extenderás tus manos, otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras...» (Juan, 21, 18.) Y en el Gólgota, clavado en la cruz de infamia, será otra vez a Elias a quien se dirigirá: «Hacia la hora nona, exclamó Jesús con voz fuerte:"¡Eli, Eli, lama sabachthani!..."» (Mateo, 27,46.) Los escribas anónimos que redactaron los pseudo evangelios no dejan jamás de traducirlo por «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mateo, 27, 47.) Pero los judíos que asistieron a la crucifixión y que lo oyeron, no se equivocaron cuando dijeron: «Está llamando a Elias...» (Mateo, 27, 48.)

Algunos exegetas y lingüistas, especialistas en lenguas muertas, consideraron que esta frase era fenicio, y que significaba: «¡Señor! ¡Señor! Las tinieblas... Las tinieblas…», lo cual tenía explicación, dado que se trataba de un agonizante, cuya vista iba apagándose poco a poco, o que, a causa de un fenómeno mediúmnico suscitado por el último estado, distinguía formas terroríficas, como las descritas por el Libro de los Muertos tibetano, o por el apócrifo Libro de José el Carpintero, y que no serían sino fantasmas interiores, que se liberarían del subconsciente del agonizante.

Les dejamos a ellos la responsabilidad de semejante traducción, pues, a nuestro parecer, y tal como lo vemos, esas últimas palabras de Jesús tenían una significación muy distinta.



Notas.

16 El doblara es, en Abisinia, un corista de la iglesia que. Además, practica la magia «blanca», porque la negra está severamente reprimida
17 Jesús no debía ayunar mucho, porque él mismo reconoce (Mateo, 11, 19) que tenía la reputación de «comedor y bebedor». Y san Jerónimo, en su Vulgata, utiliza el término latino potalor, que traducimos por «beodo».
18 Simón era, electivamente, hermano de Jesús: «... ¿y no se llaman sus hermanos José, Santiago. Himún y Judas?...» (Mateo, 13, 55). Por otra parte, Judas Iscariote, es el hijo de Simón: «Uno de sus discípulos, Judas Iscariote, hijo de Simón...» {Juan. 12, 4). Y los otros textos nos precisan que se trata de «hermanos según la carne». (Pablo, Romanos, 9, 5; Eusebio de Cesárea, Hisioriu eclesiástica, III, XX, 1.) En cuanto a los famosos «treinta denarios», si aparecen ahí es porque fueron introducidos por los falsificadores anónimos que redactaron los pseudo evangelios, para justificar el pasaje de Zacarías (II, 12): «Entonces pesaron treinta sidos de plata para pagarle». Porque si se hubiera puesto precio sobre la cabeza de Jesús, es indudable que la suma habría sido mucho más considerable.
19 Observaremos que Jesús no pasa jamás la noche en la ciudad santa de Israel. Cuando oscurece, hace lo que tenía que hacer, y en seguida se va a dormir a Betania. al pie del monte de los Olivos, por muy cansado que esté. Porque a la puesta del sol se cierran las puertas de Jerusalén, mientras que el pueblo de Betania no tiene puertas. Y en las nocturnas tinieblas de las calles no iluminadas, cuando las puertas están cerradas y vigiladas, Jerusalén se conviene en una ratonera. Y cuando la situación se agrava, ya no va a dormir a Betania, sino a Getsemaní, el lugar antes citado, que se halla en el monte de los Olivos, y en el que hay una prensa de aceitunas. De donde la frase de Mateo (8, 20) y de Lucas (9, 58).



LIBROS PUBLICADOS POR ROBERT AMBELAIN.

Éléments d'astrologie judiciaire. Les étoiles fixes, les comètes, les éclipses, París, J. Betmalle, 1936.
Traité d'astrologie ésotérique, vol. 1, París, Éditions Adyar, 1937.
Traité d'astrologie ésotérique, vol. 2, L'onomancie, préface de J.-R. Bost, París, Éditions Adyar, 1937.
avec J. Desmoulins, Éléments d'astrologie scientifique. Lilith, le second satellite de la terre (Éphémérides de 1870 à 1937), París, Courtrai, Niclaus, 1938.
Dans l'ombre des cathédrales. Étude sur l'ésotérisme architectural et décoratif de Notre-Dame de Paris dans ses rapports avec le symbolisme hermétique, les doctrines secrètes, l'astrologie, la magie et l'alchimie, París, Éditions Adyar, 1939.
Adam, dieu rouge. L'ésotérisme judéochrétien. La gnose et les Ophites. Lucifériens et Rose+Croix, París, Niclaus, 1941.
Traité d'astrologie ésotérique, vol 3, L'Astrologie lunaire, París, Niclaus, 1942.
Au pied des menhirs. Introduction à l'étude des doctrines celtiques, París, Niclaus, 1945.
« Préface» et « avant-propos» à André Barbault, Astrologie météorologique, suivie de Contribution à l'astrologie agricole, París, Niclaus, 1945.
La Franc-maçonnerie occultiste et mystique (1643-1943). Le Martinisme, histoire et doctrine, París, Niclaus, 1946.
Les Survivances initiatiques. Le martinisme contemporain et ses véritables origines, t. I, París, Destins, 1948.
La Talismanie pratique, París, Niclaus, « L'occultisme simplifié», 1949.
Les Tarots: comment apprendre à les manier, París, Niclaus, « L'occultisme simplifié», 1950.
La Kabbale pratique. Introduction à l'étude de la Kabbale, mystique et pratique, et à la mise en action de ses traditions et de ses symboles, en vue de la théurgie, París, Niclaus, 1951.
Les Visions et les rêves: leur symbolisme prémonitoire, París, Niclaus, « L'occultisme simplifié», 1953.
Les Survivances initiatiques. Templiers et Rose-Croix. Documents pour servir à l'histoire de l'illuminisme, París, Éditions Adyar, 1955.
Le Dragon d'or. Rites et aspects occultes de la recherche des trésors, París, Niclaus, 1958.
Abraham ben Siméon de Worms, La Magie sacrée d'Abramelin le mage, transcrite, présentée, annotée et commentée par R. Ambelain, París, Niclaus, 1959. Édité par le Suprême conseil de l'Ordre kabbalistique de la Rose-Croix
Martinez de Pascuallis et le Martinisme, Meaux, 1959. Extrait de la revue L'Initiation, « cahiers de documentation ésotérique traditionnelle», 33e année, n° 2, juillet-décembre 1959.
La Notion gnostique du démiurge dans les Écritures et les traditions judéo-chrétiennes, París, Éditions Adyar, 1959.
L'Alchimie spirituelle, la voie intérieure, París, la Diffusion scientifique, 1961.
L'Abbé Julio (Mgr Julien-Ernest Houssay, 1844-1912), sa vie, son oeuvre, sa doctrine, París, la Diffusion scientifique, 1962.
Le Cristal magique ou la Magie de Jehan Trithème, abbé de Spanheim et de Wurtzbourg (1462-1516), París, Niclaus, 1962.
Scala philosophorum ou la Symbolique des outils dans l'art royal, París, 1965.
Traité des interrogations célestes, t. 1, París, N. Bussière, 1964.
Sacramentaire du Rose-croix, sacralisations, exorcismes, formules de défense et d'action, París, la Diffusion scientifique, 1964.
(éd.), Rite ancien et primitif de Memphis-Misraïm. Cérémonies et rituels de la maçonnerie symbolique, présentés et commentés par Robert Ambelain, París, N. Bussière, 1967.
trilogie sur la survie de Jésus et de sa descendance (thèse reprise dans le Da Vinci Code de Dan Brown)
Jésus ou le Mortel secret des Templiers, París, Robert Laffont, 1970
La Vie secrète de Saint Paul, París, Robert Laffont, « Les Énigmes de l'univers», 1972
Les Lourds Secrets du Golgotha, Robert Laffont, « Les Énigmes de l'univers», 1974
Scala Philosophorum, ou la Symbolique des outils dans l'Art royal, París, Éditions du Prisme, 1975
Bérénice ou le Sortilège de Béryte (roman), París, Robert Laffont, 1976

Le Vampirisme, de la légende au réel, París, Robert Laffont, « Les Portes de l'Étrange», 1977

Tomado de la Revista Dialogo Entre Masones Febrero 2015

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