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viernes, 3 de marzo de 2017

¿QUE TOMO LA MASONERIA DE LOS OTROS RITOS INICIATICOS? 2 de 5

¿QUE TOMO LA MASONERIA DE LOS OTROS RITOS INICIATICOS?
2 de 5

Herbert Ore B.

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De los Monjes Benedictinos se toma, el personaje del abad, ese Cristo hecho visible para la comunidad de los monjes, ese Maestro que se ocupa de cada Hermano y le proporciona los alimentos espirituales y materiales. El abad es el primer Maestro de Obras de la Edad Media, el modelo del Venerable de la masonería, pues considera la herramienta como una fuerza sagrada y convierte el trabajo en una plegaria. Los monjes de San Benito trabajan la materia, repiten cada día las acciones de los santos y unen la inteligencia de la mano a la intensidad de su fe. 

De los masones operativos se toma al maestro albañil, ese inmenso personaje de la época medieval, que se encarga de dirigir la logia y de orientarla hacia la Luz. Es el sabio, sucesor del rey Salomón cuya cátedra ocupa; a cada nuevo iniciado, repite esta frase: «Quien quiera ser maestro puede serlo, siempre que sepa el oficio». Y el aprendiz sueña con igualar a los Albañiles, o al Maestro.

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El Maestro de Obras, tras años de aprendizaje y años de viaje, pasa dos años más en la cámara de los trazos donde se le revelan claves técnicas y simbólicas de la construcción. Ningún maestro de la Edad Media revelo el secreto, pero quedan las catedrales para comprender el ordenamiento y su significado. En la logia, el maestro se adosa al este, identificándose con la luz naciente que ilumina a los miembros de la cofradía.

Ante todos, el maestro aparece vestido con una larga túnica y tocado con un gorro ritual. Los guantes cubren sus manos, de acuerdo con una costumbre instaurada por Carlomagno. Sus emblemas son la escuadra, el compás, la plomada y la regla graduada; con su largo bastón, camina con paso sereno hacia la próxima obra. Un Maestro de Obras, en efecto, nunca termina de construir; a pesar de su gloria y de su prestigio, respeta una sorprendente regla de humildad: tras haber dirigido la construcción de un monumento, se coloca a las órdenes de otro Maestro para ayudarle en sus trabajos. Terminado este tiempo de obediencia, retoma la dirección de una nueva obra. 

Al que presidente una logia masónica contemporánea se denomina «Venerable Maestro»; ese austero título es muy antiguo, puesto que era ya llevado por los abades del siglo VI. Las Logias, como se sabe, encontraron a menudo refugio en los monasterios cuyo abad era Maestro de Obras y recibía de sus hermanos el título de «Venerable hermano» o de «Venerable maestro».

Este detalle nos lleva al examen de la jerarquía masónica en la Edad Media. No olvidemos que el término «jerarquía» designaba primitivamente la arquitectura de los distintos coros de ángeles que la humanidad debía reproducir en la tierra. La estructura masónica comprendía tres «grados»: aprendiz, compañero constructor y Maestro de Obras. Al aprendiz le correspondía el trabajo de colocador de piedras, y al compañero constructor, el de tallador, valiéndose para ello de un mazo o un cincel. El Maestro, por su parte, terminaba las esculturas más difíciles o rectificaba la obra imperfecta. En las obras, el Maestro era ayudado por un «vocero» o «hablador» que transmitía a los compañeros las órdenes de aquél. Siendo su ayudante directo, da las piedras a los escultores cuyo trabajo vigila; el hablador abre la obra por la mañana, la cierra al anochecer tras haber comprobado que todo está como corresponde. Cuando desea dar una orden, da dos golpes en una tablilla colgada en la logia; si se oyen tres golpes, es que el Maestro en persona se dispone a hablar. Según otras fuentes, habría tres tablillas tras el vigilante: una de 36 pies, utilizada para nivelar; la segunda de 34, para achaflanar; la tercera de 31, para medir la tierra. El oficio de «hablador» es, en realidad, una muy estricta preparación para el cargo de Maestro de Obras.

Los rituales iniciáticos de los francmasones medievales son aún muy poco conocidos; se sabe que el nuevo iniciado prestaba un juramento y que se comprometía a guardar en secreto lo que viera y escuchara. Durante la ceremonia se le comunicaban los signos de reconocimiento que utilizaría en sus viajes. El Maestro resumía para el novicio la historia simbólica de la Orden y le explicaba el significado del oficio, insistiendo especialmente en los deberes del hombre iniciado. Todos los símbolos de los masones eran comentados: el delantal, las herramientas, las dos columnas, el arca de la alianza, etc. El momento más importante de la ceremonia era aquel en el que se creaba un masón: arrodillado ante el altar, el futuro masón ponía su mano derecha sobre el libro sagrado que sostenía un anciano; el maestro oficiante leía las obligaciones de los francmasones y anunciaba solemnemente el nacimiento de un nuevo hermano.

El rito de bienvenida al hermano itinerante, se ha conservado, poco más o menos, en la masonería actual. Cuando el masón itinerante se presenta en las puertas de una logia, pregunta: ¿Trabajan masones en este lugar?, golpeando por tres veces la puerta. En el interior del lugar cerrado cesa cualquier actividad, y uno de los masones presentes abre la puerta tras haberse apoderado de un cincel. Intercambia una contraseña con el recién llegado y le hace cierto número de preguntas rituales cuyas respuestas deben ser aprendidas de memoria. Este catecismo de los francmasones sigue practicándose y constituye, incluso, la parte esencial de la enseñanza impartida al aprendiz francmasón contemporáneo. Si el hermano visitante responde correctamente a las preguntas, el tejero (es decir, el masón encargado del interrogatorio) se da con él un apretón de manos. Al entrar en la logia, el visitante declara: «Saludos al Venerable Masón». «Que Dios bendiga al Venerable Masón», responde el Maestro del lugar. «El Venerable Masón de mi logia os manda saludos», prosigue el visitante. Ocupa entonces su lugar en las «columnas», es decir, las hileras de asientos donde se instalan los masones, y toma parte en la ceremonia.

En los Hashises musulmanes encontramos que la estructura y graduación de los asesinos era asombrosamente similar a la de la Orden del Templo (Templarios). Los grados de poder eran equivalentes, el Viejo de la Montaña se correspondía con el Gran Maestro, los Dais a los Grandes Priores, los Refik a los caballeros, los Fidavi a los escuderos y los Lassik a los simples hermanos sirvientes. Pero son la analogía de sus indumentarias la que hace evidente el parecido entre ambas Órdenes, ambos vestían capas blancas sobre las que portaban un distintivo rojo; la pretina los asesinos y la cruz los templarios. Ambas órdenes estaban relacionadas con la construcción, los edificios octogonales son patrimonio de ambas órdenes iniciáticas.

Los asesinos organizaron los Taouq, corporaciones de constructores que, después de una laboriosa iniciación, estaban capacitados para levantar templos y castillos con técnicas precisas y que se remontan, igual que el Templo de Salomón, al antiguo Egipto. En sus estatutos secretos se recoge; "Allá donde construyáis grandes edificios, practicad los signos de reconocimiento". Ello nos recuerda a los Templarios y sus sucesores los francmasones, que actúan del mismo modo.

Si los Templarios, aprendieron de los asesinos su organización piramidal, y sus reglas secretas de la construcción, no sería extraño que también de ellos aprendieran los conocimientos de la cábala, la gnosis y la alquimia, lo que les propició alcanzar su peculiar posición en la Europa medieval cristiana. El saber es poder, y el saber oculto otorga a quienes lo practican un aura de dioses o demonios. Gran parte del misterio que envuelve a asesinos y templarios, y más tarde a francmasones, radica en el conocimiento de ciertos saberes inaccesibles a los profanos.

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La iniciación templaría es similar en varios aspectos al actual masónico, así cuando el neófito entra en el templo, todos los iniciados se vuelven hacia él y le preguntan: «¿Os halláis todavía en vuestra buena voluntad?»; fórmula que la francmasonería transformara ligeramente preguntando al profano si es libre y de buenas costumbres. «Requerís algo muy grande», dice el maestro al postulante, «pues solo veis la corteza de nuestra orden. Ignoráis los duros mandamientos de nuestra sociedad, pues es duro que vos, que sois dueño de vos mismo, os hagáis siervo de otro». Durante la ceremonia, una pregunta reaparece vanas veces: «¿Sois de buena voluntad?». Y todas las veces el postulante se compromete más y manifiesta su deseo de proseguir. El instante supremo es el de la «creación» del nuevo templario. El maestro se dirige entonces a los hermanos: «Si entre vosotros hubiera alguno que conoce en él (el postulante) algo que le impida ser un hermano según la Regla, que lo diga; pues mejor sería que lo dijese antes que cuando haya acudido ante nosotros». Esta fase ritual se conserva íntegramente en la iniciación masónica contemporánea. Los templarios empleaban ya la calavera que se encuentra en el «gabinete de reflexión» de los masones, honraban de modo particular una piedra procedente del cielo que puede confundirse con la piedra cúbica del compañero masón. Además, cuando el iniciado templario pasa por encima del crucifijo, lleva a cabo un acto análogo al del maestro masón cuando pasa por encima del ataúd de Hiram. El Gran Maestre de los templarios se afirma, por lo demás, como arquitecto, puesto que posee el ábaco, el bastón sagrado de los constructores. La fiesta del solsticio del San Juan de invierno reúne a templarios y francmasones, y los grandes maestros de ambas órdenes encienden personalmente las hogueras rituales.

Los rosacruces fueron los que introdujeron en la Francmasonería el sistema de los Altos Grados, llamados "Es­coceses". 

Luego de hacerse recibir como, "Masones aceptados", utilizaron el simbolismo de las Corpora­ciones de constructores para propagar sus en­señanzas; eran "Masones simbólicos", traba­jando en "edificar el Templo invisible e inma­terial de la Humanidad". Modificaron el ritual introduciéndole sus concepciones herméticas y cabalísticas, crearon el grado de Maestro con su ritual característico de iniciación, que hace revivir al recipiendario la muerte, la "podre­dumbre" y la resurrección de Hiram; fueron ellos, igualmente, quie­nes introdujeron los Altos Grados, tan carga­dos de esoterismo cristiano, callados en las Constituciones de Anderson, pero que habían, de reaparecer luego, en forma más o menos alterada. Así, puede decirse sin paradoja que la francmasonería moderna ha copiado y con­tinuado el esoterismo de los rosacruces, to­mando de ellos sus más típicos símbolos her­méticos, como el pelícano, el fénix que renace de sus cenizas, el águila bicéfala, etc.

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Por su parte la Iglesia, protegió y fomento las actividades de los masones, muchos miembros de la Iglesia figuraban entre los primeros arquitectos, conocedores de la cultura antigua, gracias a los monjes copistas, conocían los secretos de los viejos “Colegios”. El más modesto de los grupos de constructores se funda sobre una base religiosa. 

Para que una asamblea de hombres tenga una posibilidad de vivir en paz necesita, por lo demás, la autorización oficial o tácita de la Iglesia. No olvidemos que las capillas albergan, a veces, reuniones masónicas y que las abadías cistercienses acogían talleres secretos donde los canteros y carpinteros aprendían su oficio; en grandes escuelas de pensamiento, como Laon o Chartres, los obispos y los abades trabajaban de común acuerdo con los maestros de obras. 

A ello debe añadirse, que la Iglesia era el único poder capaz de asegurar la financiación de las obras, al menos al comienzo de la era de las catedrales. Los monarcas y el pueblo participaban en ellas, es cierto, pero sin los denarios eclesiásticos. Pocas catedrales habrían visto la luz, si no hubiera existido un acuerdo entre los constructores y la Iglesia, ésta no habría aceptado confiarles grandes sumas de dinero para la construcción de los edificios.

Las iniciaciones masónicas actuales tienen más o menos la siguiente estructura: Ser hombre libre y de buenas costumbres, mayor de 21 años o de 18 si es hijo de masón, poseer la inteligencia y la cultura necesarias para comprender y practicar las virtudes masónicas y contar con medios de subsistencia para sus necesidades y las de su familia, son algunos de los requisitos exigidos para entrar a una logia. Sin embargo la incorporación de un nuevo integrante es un proceso complejo, que culmina con un milenario ritual de iniciación.

Una vez que el aspirante (el profano en lenguaje masónico) se acerca a la logia mediante la invitación de un masón activo o por propia voluntad, inicia un camino que incluye tres entrevistas realizadas por tres integrantes distintos de la logia. Posteriormente se debate en una reunión si el aspirante tiene las condiciones morales necesarias para ser masón. Su incorporación debe ser decidida por la totalidad de los integrantes. Una vez aceptado su ingreso, el aspirante es convocado para el ritual de iniciación.

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