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domingo, 6 de diciembre de 2015

LA ASOCIACIÓN DE INGENIEROS.

LA ASOCIACIÓN DE INGENIEROS.

 A estas alturas, no parecerá inoportuno dedicar una admirativa mención a los técnicos e ingenieros romanos, autores, aunque sus nombres no hayan pasado a la posteridad, de tantos monumentos de la civilización, obras públicas e instalaciones técnicas realizadas no sólo en Roma, sino en toda la geografía del Imperio Romano.

 

Millares de ellos en Italia, Grecia, Asia Menor, Norte de África, Francia, Inglaterra, Alemania, y también en nuestra vieja península, hicieron posible la existencia de tantas obras de las que hoy nos sentimos orgullosos. Tan notables ingenieros no eran únicamente romanos, sino que muchos de ellos pertenecían a los pueblos conquistados, los cuales ocupaban diversos puestos en la escala jerárquica rigurosamente mantenida por los dominadores. La población en los territorios del Rin representaba solamente un 3 % del total de los habitantes de Italia, dato que basta para suponer cuántos ingenieros de origen germánico pudieron contribuir a la realización de estas obras, pese a lo cual, es indudable la participación de técnicos autóctonos. Ellos fueron los constructores de los puentes, acueductos, baños, edificios y toda clase de instalaciones que proporcionaron a aquellos pueblos un bienestar desconocido hasta entonces.

Como la demanda de técnicos y especialistas era incesante, el número de éstos en las provincias romanas debió de llegar a ser considerable. Parece que estamos refiriéndonos a nuestra época al decir que los ingenieros de cada provincia del Imperio Romano estaban agrupados en asociaciones profesionales denominadas Collegiae. La «Asociación de Ingenieros» recibía el título oficial de Fabrorum tignatoriorum collegi, existiendo también una abreviatura para facilitar la anotación de tan prolijo enunciado, expresada simplemente con «Fab. tig. c.», tal como figura en alguna lápida sepulcral.

Mejor que cualquier otra descripción, la idea de la capacidad de los ingenieros de entonces la encontramos grabada en una lápida funeraria: Epitafio de un técnico. «Al alma de Quinto Cándido Benigno, miembro de la Asociación de Ingenieros. La ciencia y la modestia fueron sus atributos. Grandes ingenieros lo consideraron siempre su maestro. Nadie más sabio que él, ya que por nadie fue superado. Él supo proyectar las grandes obras de traídas de agua; él supo dirigirlas. Compañero alegre en las reuniones, espiritual conversador en las tertulias, abierto a todo progreso técnico y de naturaleza apacible. Este monumento funerario lo dedican su hijita, Cándida Quintina, a su amantísimo padre, y Valeria Maximina, a su amado esposo.»

Contra la Naturaleza, la técnica; para conservar el suelo, la técnica. Tan pronto como los pueblos adquirieron costumbres sedentarias, éstos se esforzaron, a la vez que en labrar la tierra, en protegerla contra las ciegas fuerzas de la Naturaleza, especialmente contra las avenidas de los grandes ríos. En los antiguos pueblos civilizados no tardaron en ser alzados grandes diques de protección siguiendo el curso de las vías de agua. Pese a que el territorio de Italia no conoce grandes ríos, como Egipto o Mesopotamia, también los romanos solían padecer alguna vez al ver sus campos anegados por las inundaciones, y no tardaron en buscar los medios para eliminar estas calamidades.

La primera tentativa en ese sentido la realizaron los etruscos; dicha tentativa consistió en la perforación de una montaña en las cercanías de Veji, abriendo un túnel de 80 metros de longitud para desviar el curso de un río. La siguiente empresa de cierta importancia la llevaron a cabo los romanos por el año 400 a. C.; al pretender disminuir el nivel de las aguas del lago Albano, se vieron obligados a excavar una galería de 1.200 metros de longitud que atravesaba la montaña para desviar hacia el mar las aguas del deshielo.

Todavía más audaz fue la proyectada desecación del lago Fucino, cuya total realización sólo pudo llevarse a efecto en nuestro tiempo con el empleo de las máquinas más modernas. El escritor romano Cayo Suetonio (70 130 d. C.) informa que, bajo el mandato del emperador romano Claudio (41-54 d. de C.), 30.000 hombres trabajaron durante once años para perforar un túnel que atravesase el Monte Salviano, realizándolo por medio de 40 pozos verticales, alguno de los cuales llegó a alcanzar 130 metros de profundidad. Una desgracia ocurrida durante el acto inaugural fue considerada como un mal presagio, haciendo que la obra perdiera el favor, y, por tanto, el apoyo del emperador.

Tampoco los sucesores de éste consiguieron llevar a término el gran proyecto, pese a que la parte más pesada del trabajo estaba ya realizada. Numerosos trabajos de desecación de terreno fueron realizados bajo el gobierno de Druso (38 a. C. 9 d. C.): en la llanura del Po, y en Holanda, en la desembocadura del Rin. Las obras allí realizadas no solamente exigían una extraordinaria capacidad en la técnica de canalización y drenaje, sino también un exacto y cuidadoso conocimiento de topografía y agrimensura, tanto más meritorio al ser aplicado con los medios de que entonces se disponía.

Pieter Coll
Del Libro: “Esto ya existió en la antigüedad”.


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