AMIGOS DEL BLOG

viernes, 24 de marzo de 2017

Orgullosos miembros de una Tradición maldita

Orgullosos miembros de una Tradición maldita

El masón es un constructor un tanto peculiar que mora en un lugar no menos peculiar

En los últimos tiempos estamos asistiendo a una emergencia de la presencia pública de la masonería en sus distintas versiones. Con iniciativas diversas, las obediencias españolas tratan de paliar la obligada ausencia de nuestra orden en la sociedad durante los años de dictadura y el desconocimiento de su labor, por ignorancia o por mala voluntad, en el momento actual. La persistente acción antimasónica no es, como creen algunos, una ideología a medida del dictador y de sus cómplices sino una parte central del pensamiento reaccionario español que dura ya por lo menos dos siglos, desde los albores de la ilustración y la modernidad. Y este pensamiento reaccionario subsiste en un nuevo autoritarismo que asoma hoy la patita por entre algunos ministerios, tribunales y corporaciones que forman parte de lo que ha dado en devenir el entramado institucional español de los últimos cuatro años.

Creo sinceramente que se equivocan quienes creen que el reconocimiento de la sociedad hacia la masonería puede darse si esta consigue ganar cierta respetabilidad a los ojos de esas instituciones o de quienes elaboran el relato hegemónico sociopolítico en vigor. Del mismo modo que creo que nuestro lugar está en el cielo abierto de la ciudad y no en las catacumbas de los que tienen toda la razón pero nunca consiguen hacerla vencer. Debemos ser prudentes y discretos, pero no olvidar que la corrección política ha sido una de las causas de la pérdida de hegemonía de las posiciones progresistas en toda Europa, y por lo que respecta a la masonería, un metal más que a veces traspasa las puertas de nuestros templos.

Creo que conviene que los masones llamemos las cosas por su nombre, sin que ello afecte a las líneas rojas que sabemos que no podemos sobrepasar en logia. La masonería no es, o no es tanto un think tank de expertos que puedan introducir propuestas o incluso acciones a una situación social concreta, sino un vivero en el que crecen y fructifican personas capaces de hacer aportaciones, cualesquiera que sean, que marquen la diferencia. La aportación concreta de la masonería a la sociedad son los francmasones mismos. Y no los francmasones en tanto que portadores de una idea o de una propuesta, puesto que la masonería es plural. Son los obreros del taller quienes salen al mundo a construir y no las logias o las obediencias, y el arte en el que se ejercitan en la logia no es tanto una aplicación concreta de la construcción sino un modo de realizarla. Un talante, una actitud, una manera. Seamos sinceros: toda organización humana que persigue un fin elevado tiende a tomarse a sí misma excesivamente en serio de modo que el incremento de tal seriedad acaba por neutralizar el estado de ánimo original que era propicio para subvenir al fin perseguido. Por eso corremos el riesgo de que nuestras tenidas parezcan misas, de que los puestos representativos los ocupen personas desprovistas de imaginación pero si dotadas de capacidad de repetición para sobrevivir a reuniones interminables y procedimientos tediosos. Y esa actitud que reclamo para nosotros constituye, a mi entender, la característica central de la tradición masónica moderna: la ironía, el sarcasmo o la insolencia incluso, la capacidad y voluntad de transgresión, el descaro, la irreverencia, la negativa a ajustarse a convencionalismos sociales. En una sola palabra: el humor.

La masonería no es una sociedad secreta ni una asociación discreta. La masonería es una tradición maldita. Maldita por los dogmáticos de todas las tendencias, maldita por las iglesias, por las instituciones, por los partidos y por todas las asociaciones mundanas, que recelan del peculiar olor que desprende nuestra fraternidad. Que es el viejo y conocido olor del azufre. No hemos sido excomunicados por los totalitarismos religiosos o políticos por mera casualidad sino por la razonable alarma ante el aroma que la masonería desprende: el aroma inconfundible del librepensamiento.

El librepensamiento, su estilo, su actitud y su penetrante olor está representado en la prueba de la tierra que experimentamos en la cámara de reflexión cuando nos introducimos en la iniciación a la masonería. La oscuridad, la soledad, la actitud reflexiva ante la muerte, la conciencia de la impermanencia de todo lo que existe, y por encima de todo ello, el gallo y el vitriolo: el orgullo y la corrosión del ser humano al que nada puede atar y nada tiene que perder ante la conciencia de que la perspectiva de la muerte nos hace iguales a todos. La libertad absoluta, pues, y la imposibilidad de que, pasada la iniciación masónica, alguien o algo pueda convertirnos en esclavos.

El malditismo masónico comienza, pues, a cocinarse en la cámara de reflexión, en la prueba de la tierra con motivo de la iniciación. La estética de esa cámara, vista con una mirada actual, parece un poco gore y afortunadamente lo es. Ahí está el gallo, con su lema “vigilancia y perseverancia”, un gallo tempranero que anuncia la luz del alba pero también un tipo orgulloso y chulo, con su cresta y espolones, dispuesto a soltar un picotazo si se le da la ocasión. El pan y el agua, que es dieta mínima para los encarcelados pero que para el iniciado es prueba de austeridad y emblema de que lo que pretende disminuirme me hace crecer. La sal, el azufre y el mercurio, que nos sugieren el llamamiento a ser “la sal de la tierra”; el azufre al que he aludido, que completa con su olor el sabor salado de lo que tiene condimento, y el mercurio, inquieto, siempre móvil e inaprehensible, el elemento de Hermes el de los pies alados, que es el dios de los buscadores, de los independientes e insojuzgables, pero también de los comerciantes que saben pactar para obtener provecho mutuo y, asimismo, aunque se olvide, dios de los ladrones y los tramposos, sigiloso y rápido, que aprovecha la ocasión para intervenir y decidir la partida. Y como colofón, V.I.T.R.I.O.L., el vitriolo corrosivo, culminación de la acidez máxima, símbolo de lo que cuestiona todo, todo pone a prueba y a todo somete al riesgo de la desaparición para que revele su verdadera naturaleza.

El masón es un constructor un tanto peculiar que mora en un lugar no menos peculiar. Una logia operativa es, por definición, un lugar techado, pero la logia simbólica tiene por cubierta el cielo estrellado. Trabajamos a la intemperie, a sol y serena, y además somos huérfanos: hijos de la viuda. Ni techo, ni madre, ni perrito que nos ladre. Recuérdese que la simbología mediterránea es, en general, irónica y humorística; Rómulo y Remo, fundadores de una civilización, eran hijos de una loba, lo que es una manera muy gráfica de decir que eran unos hijos de puta. Ahí ha estado durante siglos la loba capitolina, como emblema que declara orgullosamente la condición de los fundadores del imperio. Nosotros somos hijos de viuda, lo que según esa ironía mediterránea puede significar algo parecido a lo de los hermanitos romanos, olemos a azufre, no nos importa subsistir a pan y agua, estamos a la intemperie y con el mallo, el cincel y el vitriolo rompemos las cadenas de la esclavitud. Pero cuando nos aproximamos al final de la iniciación hacemos un pedido: pedimos la luz. Azufre y luz: los constructores masónicos son de una pasta especial, pues son luciferinos, hijos de Lucifer, nombre que significa el portador de la luz.

Constructores insubordinables y orgullosos miembros de una tradición maldita. Maldita por quienes nos quieren sujetos a valores socialmente consensuados en lugar de esgrimidores de virtudes conquistadas que sirven a la comunidad. Miembros de una tradición iniciática y no de una escuela, academia o iglesia, todas ellas respetables pero para nosotros no relevantes a efectos de nuestro trabajo y nuestro ánimo. Porque iniciático no alude a algo tradicional, conferido en una ceremonia que se ajusta a unas reglas antiguas. No es iniciático lo que atañe a la ampliación de nuestras ideas o comunica conocimientos por ilustración, sino aquello que compromete a todo nuestro ser a partir de una experiencia vivida intensamente, de manera personal, que deja una huella imborrable y que nos transforma de pies a cabeza. Lo iniciático no se aprehende como se aprende el conocimiento, el comportamiento, las habilidades; lo iniciático es lo que surge del corazón a partir de la experiencia directa. Eso es lo que quiere decir iniciático: lo que sólo puede ser comunicado por la experiencia tangible y viva, vivida con toda integridad, y que produce en nosotros cambios profundos. Por eso nuestro trabajo en logia es continuadamente iniciático: porque en la logia simbólica no se nos adoctrina, no se nos instruye ni se propician nuestras habilidades o competencias. No; en la logia se vive la experiencia iniciática que resulta de la experiencia del ritual y la conciencia de los símbolos, de la exposición directa y sin ambages de nuestra personalidad y de nuestra palabra a la personalidad y palabra de nuestros hermanos. Lo que cuenta en esa experiencia iniciática continuada es nuestra presencia física, directa, en logia. Lo dijo el poeta Walt Whitman: “Convencemos por nuestra presencia”. Y de todo ello resulta una regeneración moral, es decir, el surgimiento de nuestra virtud.

Esa experiencia iniciática continuada debe ser puesta a prueba por la acidez del vitriolo. Y el resultado del proceso se llama humor. Como discípulos de Hermes, nuestra actitud está presidida por el sentido del humor, que nos impide tomarnos demasiado en serio a nosotros mismos al mismo tiempo que hace que pongamos en cuestión la seriedad por lo menos aparente de lo que se nos pone delante. Como aprendices, sometemos la piedra bruta al trabajo del mallo y el cincel, es decir, las cualidades del humor: capacidad de incisión y penetración e impulso decidido y contundente. Nuestras tenidas se convierten en misas cuando olvidamos empuñar nuestros útiles de trabajo y de tener a mano el vitriolo. El intelectual católico inglés Gilbert Keith Chesterton lo dijo de un modo más suave: “Los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos muy a la ligera”. Recuérdese que ser católico en la anglicana Britania es también una forma de heterodoxia.

En mi opinión erramos al proponer o esperar que la masonería actúe corporativamente en el mundo social, u organice iniciativas profanas en este sentido. Si creo, sin embargo, que los francmasones pueden y deben inspirar y si es necesario liderar las empresas de cambio social que consideren correctas. Si no, nos pareceríamos a quienes dicen que la iglesia romana no debe hacer política mientras las conferencias episcopales se erigen en lobby condicionante de legislaciones, a la iglesia ortodoxa que impulsa la dictablanda de Putin a posiciones de máxima dureza en la represión o al ala derecha del protestantismo colombiano que ha boicoteado el proceso de paz. Pero lo que debemos aportar, repito, es nuestra actitud, una actitud de denuncia clara y contundente, por una parte, y por otra, de regeneración moral de la sociedad. Existe el riesgo ahora mismo entre las clases populares de que la exasperación se convierta en desesperanza y por tanto en inmovilismo; de que la indignación se convierta en odio y por tanto en fuerza autodestructiva, y de que el desánimo se convierta en descorazonamiento, sumiendo a la gente en una vida de baja calidad no sólo en lo material sino en la manera de vivirla día a día, para conseguir que la gente, asqueada, desesperada y finalmente temerosa, se avenga a someterse y a aceptar cualquier condición de vida que les sea propuesta e impuesta. ¿Acaso no estamos asistiendo ya a algo parecido a nivel parlamentario y electoral?

Nuestra actitud particular de librepensadores constructores, las acciones y los efectos de nuestras herramientas, una cierta manera de ser basada en la ironía, el humor y el cuestionamiento permanente. Las acciones y los efectos de la libertad, la igualdad y la fraternidad. La capacidad de trabajar a la intemperie sabiendo lo que nos hacemos y que lo que hacemos nos hace. La ironía, la acidez y el descaro de los que llaman a las cosas por su nombre y las muestran tal como son. Orgullosos miembros luciferinos de una tradición maldita que huelen a azufre y empuñan el mazo y el cincel. Para construir el templo de la humanidad, y también para abatir las ruinas y romper las cadenas que obstaculizan su erección. Ironía, humor y vitriolo. Y sobre todo humor, porque reír es también una forma de enseñar los dientes.

http://www.xn--masoneriaespaola-jub.com/tradicion-maldita/

jueves, 23 de marzo de 2017

La Belleza en Logia

La Belleza en Logia
¡Que la belleza lo adorne!

“La belleza es verdad y la verdad belleza, no hace falta saber más que esto en la tierra.” Oscar Wilde

El método masónico, la tradición masónica ha mantenido y mantiene un propósito esclarecedor que podemos identificar con la búsqueda de la sabiduría, pero ese propósito está indisolublemente unido a la búsqueda de la virtud y de la belleza. ¡Que la belleza lo adorne¡ es un imperativo masónico que a todos nos obliga. En realidad subyace en todo el simbolismo masónico la idea de que el conocimiento, la bondad y la belleza son magnitudes relacionadas, estrechamente unidas.

Dice Kant que lo estético: no se funda en conceptos, no se puede medir: «No puede haber ninguna regla de gusto objetiva que determine por conceptos lo que sea bello, puesto que todo juicio de esta fuente es estético, es decir, que su motivo determinante es el sentimiento del sujeto y no un concepto del objeto». No hay ciencia sino crítica de lo bello. La sensación sensorial es incomunicable pero se puede argumentar, convenir, apalabrar.

Faltos de una referencia conceptual que mida la belleza no nos cabe sino interpretar las sensaciones que nos produce una imagen, una historia, una melodía, un decorado, un libro…, ensayando una hermenéutica de los significados estéticos

Mi pretensión es ensayar una aproximación práctica al mandato de buscar la belleza en el ámbito masónico por excelencia: La logia.

Hay elementos simbólicos que son preceptivos en la decoración de una logia ya que la logia no es un lugar cualquiera sino que tiene una funcionalidad determinada pretende crear un espacio separado de nuestra conciencia cotidiana, un espacio en el que seamos capaces de encontrarnos con nosotros mismos y con los demás en nuestra pura y desnuda humanidad, no se trata por lo tanto de un lugar más o un espacio más, decorado al uso de un salón-comedor o de un club. Sin embargo esos elementos preceptivos no nos obligan a repetir —encima falsificándolas— fórmulas estéticas del XVIII o del XIX como si nuestra sensibilidad estética fuera hoy la misma que la de nuestros ilustrados hermanos de peluca y paletó, o peor aún la de nuestros hermanos del siglo XIX de sombreo de copa, levita y cuello duro.

La descripción simbólica de la Logia reproduce simbólicamente la estructura del mundo: ¿Cuál es la forma de tu Logia? Un rectángulo. ¿En qué sentido se orientan sus lados largos? De Oriente a Occidente. ¿Y sus lados anchos? De Mediodía a Septentrión. ¿Y su altura? De la superficie de la tierra hasta los cielos (el Cénit). ¿Y su profundidad? De la superficie hasta el centro de la tierra (el Nadir). ¿Qué significan estas direcciones? Que la Masonería es Universal.

Nuestra visión del Mundo no puede ser hoy igual que en el siglo XVIII, hemos incorporado a nuestra “mirada” la potencia de nuestra tecnología, somos capaces de ver más lejos y también más pequeño, en lo profundo y en lo alto, en lo próximo y en lo lejano, el mundo es hoy una realidad mucho más próxima porque somos capaces de verlo de una manera más cabal; tenemos también una visión de lo humano más profunda, somos conscientes de nuestra oscuridad y de las fuerzas inconscientes que nos constituyen, no en vano han pasado muchas cosas desde 1717: las Guerras Mundiales, los totalitarismos del siglo XX, el fascismo y el comunismo, Auschwitz y el GULAG, la bomba atómica, la caída del telón de acero, los nuevos fundamentalismos…, somos más sabios y menos ingenuos, desconfiamos, con razón de las buenas intenciones, hemos leído a los filósofos de la sospecha: Freud, Marx, Nietzsche. Nuestros gustos estéticos son también más complejos, estamos muy lejos de neoclasicismo del XVIII, hemos sido románticos, post-románticos, impresionistas, racionalistas, funcionalistas, cubistas, abstractos, constructivistas, expresionistas, postmodernos…; no podemos sentirnos cómodos en una Logia decorada como en tiempos de Benito Pérez Galdós, con grandes cortinones, apliques rococó, falsos terciopelos y columnas de escayola, estrellas y constelaciones de papel de plata más propias de una caseta de echadora de cartas que de una Logia masónica; la estética de nuestro tiempo debe favorecer las fórmulas donde predomine la claridad geométrica, la sinceridad de los materiales, el minimal art, los símbolos sugeridos mas que mostrados, las nuevas tecnologías de la iluminación, la pureza de líneas lejos de todo lo recargado y vano, la sencillez y verdad de los objetos en su simplicidad originaria. La humildad no está reñida con la belleza y es más hermoso un material sencillo pero verdadero que los falsos decorados de cartón-piedra.

En el centro de la Logia se extiende el “pavimento mosaico”, tapiz de cuadros blancos y negros. El pavimento mosaico es un símbolo de la lucha y del delicado equilibrio que entre sí sostienen en la vida y en el mundo las energías positivas, masculinas y centrífugas (yang, luminosas) y las energías negativas, femeninas y centrípetas (yin, oscuras), expresadas también en la alternancia de los ritmos y ciclos de la naturaleza y el cosmos: el día y la noche.

Esas mismas energías están representadas por el Sol y la Luna, que en la Logia se encuentran presidiendo el Oriente, a uno y otro lado del Delta luminoso.

La riqueza de estos símbolos debe llenarnos de responsabilidad ya que es fácil que los desvirtuemos si no los tratamos con respeto y naturalidad, si nos dejamos llevar por la simple acumulación sin atender a la nobleza de los materiales y a la debida disposición de los elementos.

En medio mismo del pavimento mosaico se dispone el “cuadro de la Logia”, que constituye el símbolo fundamental para la meditación y la concentración, ya que hace referencia a nuestra propia existencia, a las herramientas del grado y a la materia prima de nuestra obra: nuestra vida con sus días y sus noches. El cuadro de la Logia, al contener en su interior los símbolos más significativos tiene un papel determinante en nuestro despertar masónico.

Alrededor del pavimento de mosaico y del cuadro de la Logia se encuentran los tres pilares de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza.

Los pilares son encendidos durante la apertura de los trabajos y apagados en la clausura, su brillo nos recuerda la necesidad de tenerlas en cuenta en todos nuestros trabajos pues como se dicen en los rituales “la Sabiduría concibe, la Fuerza ejecuta y la Belleza adorna”.

La estética masónica como toda pretensión de belleza está amenazada por su mayor enemigo: Lo kitsch [1]

Kitsch es todo objeto estético pretencioso, que se tiene por “bonito”, sin embargo empobrecido por mala factura y moralmente dudoso por su vanidad. Un arte y una decoración llena de pretensiones, retórica, exagerada, que se traiciona a sí misma por su falsedad de materiales y por su deseo de aparentar más de lo que es.

La palabra kitsch se origina en el término yidis etwas verkitschen. Es arte que se limita a ser copia inferior de un estilo existente y es a la postre una manifestación artística o decorativa pretenciosa, pasada de moda o de mal gusto.

Típico de la decoración kitsch son todas aquellas cosas exageradas, empalagosas, falsas y pretenciosas: tipografías llenas de volutas y adornos de falso gótico, , falsos escudos nobiliarios, tapetes de falsa piel o de falsa lana, espejos gigantescos con marcos de falsa madera tallada realizados en plástico, o cuadros idílicos de falsos antepasados, falsas antigüedades, falsos misterios, falsas tradiciones, falsos terciopelos, falso oro, falso mármol, falsa piedra, falso cuero, falsos brillantes, falsas luminarias, melosas imágenes de “pájaros y flores”, vírgenes y santos, dioses griegos de pacotilla, signos del zodíaco de purpurina, soles y lunas de cartón, “artísticas” escenas pintadas industrialmente, “chinerías” de plástico, bucólicas estampitas…, desgraciadamente de todo esto también tenemos ejemplos en nuestras logias masónicas.

Otra característica típica del Kitsch es su sentimentalismo estético, dice Umberto Eco:

“…es kitsch no sólo porque estimula efectos sentimentales, sino porque tiende continuamente a sugerir la idea de que, gozando de dichos efectos, el lector está perfeccionando una experiencia estética privilegiada”[2]

Lo kitsch es a la vez grandilocuente, cursi y baratija. Lo kitsch es un error estético que anuncia una ética dudosa de la retórica, la vanidad y la apariencia. Debemos trabajar por erradicarlo de nuestras logias si deseamos de verdad que la belleza adorne nuestros trabajos.

[1] Lo kitsch es una imitación estilística de formas de un pasado histórico prestigioso o de formas y productos característicos de la alta cultura moderna, ya socialmente aceptados y estéticamente consumidos. Cfr Adorno, Theodor (2001). The Culture Industry. Routledge. ISBN 0-415-25380-2
[2] Umberto Eco Apocalípticos e Integrados, en traducción de Andrés Boglar.

http://www.xn--masoneriaespaola-jub.com/la-belleza-en-logia/

miércoles, 22 de marzo de 2017

El silencio en Masonería

El silencio en Masonería


El discurso del Silencio

Con cierta frecuencia, el aprendiz interviene en los debates que se producen en Logia, ya sea por decisión del Venerable Maestro en temas simbólicos o por situaciones que tienen que ver con el funcionamiento del Taller y se votan en ese Grado. Nada que objetar; al contrario, salvo la exigencia siempre presente de que cualquier intervención en Logia debe mejorar a las anteriores, aportar un nuevo punto de vista y, sobre todo, evitar una repetición de concepto a todas luces innecesaria y que nos hace a todos perder el tiempo.

Una acción que, siendo coherentes con nuestros pronunciamientos favoritos sobre El Eterno Aprendiz, con independencia del grado que se tenga, debe extenderse a todos los Hermanos, desde el primero hasta el último en llegar y mucho más en aquellos que ostenten un cargo directamente relacionado con el buen gobierno de la Logia o la formación de aprendices y compañeros. Léase Comisión de Familia en particular y Maestros en General.

No hay nada más inadecuado que la intervención de un Maestro que lo hace por obligación sugerida y meramente decorativa de la situación, sin aportar la certeza y la coherencia intelectual que cabe esperar y, en consecuencia, la aportación efectiva de nuevos valores al discurrir del debate. Aquí si que es exigible el silencio prudente, que a todos beneficia, sobre todo a aprendices y compañeros, que valorarán en ese maestro precisamente su mesura y rectitud en el uso de la palabra y no precisamente lo contrario. Esa es la verdadera enseñanza que realmente nos hace avanzar.

El aprendiz debe saber que sin silencio no se crece, puesto que no se escucha y no se valora al otro. Sin un destilado de silencio interior, no nos abrimos a la expresión del Hermano que nos antecede. Cuando optamos por no hablar, abrimos los canales de concentración, observamos, escuchamos y contemplamos. Estamos aprendiendo a ver la luz. Ello exige una gran fuerza de voluntad. No es nada fácil guardar silencio. Y aquí creo sinceramente que está una de las claves del equilibrio de un Taller. Aprovechar cada minuto en el que “ya no estamos en el mundo profano”, como dice el Venerable Maestro al comenzar la Tenida, para escuchar y aprender del Hermano que verdaderamente tenga algo que decir, sin reproducir esquemas de comportamiento que tengan que ver con otros entornos exteriores.

Si, Hermanos, tan importante es para mí este aspecto que se convierte en una de las razones fundamentales por las que di el paso de la Iniciación. La seguridad y la certeza de “Estar a Cubierto”, con la confianza de que encontraré discursos que me harán crecer y el compromiso personal de que cada vez debo hablar menos y actuar más en pos de mi Logia. Simbólicamente, el Silencio es Fundamental. Cuando nos iniciamos, lo primero que se nos dice es que adquirimos la obligación de callar, especialmente cuando se nos indica que no debemos revelar los secretos de la orden ni la palabra enseñada al mundo profano. El silencio simboliza la discreción y la disciplina del masón, así como su lealtad frente a sí mismo y sus hermanos. Por ello, el masón prefiere que le corten la garganta antes que romper su silencio.

A partir de aquí, la estela de nuestro camino masónico nos dice que tenemos que aprender a hablar poco; lo justo y suficiente. Significa en el masón en general, no sólo en el aprendiz como ya he dicho, la fuerza de voluntad, el carácter templado, el dominio de si mismo, la elevación de su espíritu. A menudo es la soberbia profana la que nos anima a pedir una y otra vez la palabra, desajustando un camino que es necesario, entre todos, cambiar, respetando el rito con absoluta limpieza y exigiendo, repito, exigiendo a los responsables de corregir actitudes que atentan contra el silencio que actúen con discreción y en el momento oportuno. Que actúen.

Uno, además, es amo de sus silencios y esclavo de sus palabras. Lo que significa que, en Logia, debemos asumir cuanto decimos absolutamente, sin reticencias ni aristas, evitando la guardia habitual con que decimos las cosas en el mundo profano, porque nos avala la comprensión de nuestros Hermanos, que esperan siempre lo mejor de nosotros y, en consecuencia, cuanto decimos forma parte inmediatamente de todos y a todos nos implica. Por eso, Hermano, calla si no tienes nada constructivo que decir.

No quiero terminar esta Plancha dando una sensación de control o de rescisión de la libertad individual. Cuando hablo del silencio, no se trata de ese callar ominoso que produce el miedo. Tampoco el silencio reverencial que acompaña a las liturgias religiosas. Hablo del mayor acto de libertad que tiene un masón en Logia, que es usar la palabra justa en el momento adecuado y, en consecuencia, callar cuando nada aporta. Ese es el trabajo esencial de todos los Maestros en Logia con respecto a un aprendiz. Enseñarle un camino el en que se sienta absolutamente libre para hablar cuando lo considere oportuno, sin trabas de ningún tipo, valorando cada minuto en que esté en el uso de la palabra.

Esta acción es también uno de los secretos de la continuidad de una Logia. Porque un aprendiz que se siente libre construye un discurso que inmediatamente es asumido por los demás Hermanos, para elevar el concepto que se esté tratando, entre todos, a la máxima categoría. El aprendiz se da cuenta de que, aunque sea un recién llegado y sus conocimientos masónicos sean, por lo tanto, escasos, puede contribuir al desarrollo del Taller, porque nos pone a los demás en el camino necesario. Precisamente por todo ello, insisto en que en el Taller todo ha de ser Silencio y sólo se romperá cuando sea el momento de compartir y debatir, regresando siempre a la escucha activa que se nos supone, para tomar la mejor decisión posible, acompañado siempre del trabajo del Maestro de Armonía, que encaja su saber precisamente en esos huecos donde se espera de nosotros la mayor reflexión.

Al terminar la Tenida, el Venerable Maestro nos pide que juremos o prometamos guardar silencio. Cumplamos el compromiso y aprovechemos el posterior Ágape precisamente para suavizar la vuelta al mundo profano y podamos compartir aquello que no encajaba a Cubierto, pero que merece la pena seguir debatiendo, con las debidas garantías. Hermanos, que el silencio nos conduzca a todos, cada día, a encontrar mas luz; a tener mas compasión; a recordar que en Logia el silencio nos abre la puerta espiritual a lo trascendente, y que nos lleve, en el día a día, a una mayor indulgencia hacia nuestros semejantes y a la aceptación de nuestra propia limitación, pero a la vez a la certeza de que así como somos imperfectos, también somos perfectibles.

A. M., Maestro Masón.

http://www.xn--masoneriaespaola-jub.com/el-silencio-en-masoneria/

martes, 21 de marzo de 2017

Masonería e Iglesia Católica

Masonería e Iglesia Católica
por Darío Lavia

A lo largo de la Historia, dos movimientos, a pesar de apuntar a objetivos opuestos y ubicarse en lugares diametralemente lejanos, experimentan crisis similares.


Investigando fuentes para esta nota, acudí al sitio wikipedia.org. Al ingresar en la página cuya referencia es "Freemasonry" (es decir, Francmasonería), me llamó la atención una llamada importante que decía que "debido al 'vandalismo', la edición de este artículo por usuarios nuevos o no registrados, está actualmente deshabilitada." Como uds. sabrán, Wikipedia es lo más parecido a una enciclopedia, pero tiene dos diferencias sustanciales: sus editores son los mismos lectores (los contenidos del resto de las enciclopedias, sean en papel o en bits, provienen de catedráticos y/o profesores) y sus contenidos no se desactualizan (debido a la constante corrección y modificación). Wikipedia desarrolló un mecanismo para controlar este denominado 'vandalismo', que, según se explica, consiste en la edición o sustracción de información en pos de chistes, información de mala fe o directamente de la adulteración de esa información. Por eso, desde el principio, me llamó la atención que "Freemasonry" sea un término que sufriera este tipo de vandalismo; en definitiva, que en pleno siglo XXI, el término, relativo a un pasado de logias, sociedades secretas e intrigas románticas, fuese objeto de odios y recelos similares a los que tenía en momentos de plena vigencia.

No logro recordar en que libro leí que la Masonería se había formado en el siglo I de la Era Cristiana con el ferviente propósito de acabar con el Cristianismo. Tal vez fuera una de esas historias apócrifas que se discurrían hace unos años, en que no había mucha información pero sí mucha especulación sobre estos temas. Es muy probable que así fuera. En cualquier caso, en aquel tiempo, lo que abundaba eran libros o artículos en revistas que especulaban a diestra y siniestra sobre la masonería, sus orígenes, sus non-sanctas disciplinas y sus manejos del poder. Por supuesto, en esa época, un masón era algo que nadie percibía. Su logia (si es que existía), no era visible para cualquiera, y sus manipulaciones (si es que tenían lugar), eran tan perfectas, que las personas comunes y corrientes (ud., yo, un vecino) no llegaban a conocerlas.

Con el advenimiento de la Globalización, o con Internet, o vaya uno a saber con qué (y no creo que a través de esta nota lo averigüemos), los Masones salieron a la luz abandonando su tradicional secretividad y, hoy en día, tienen un stand propio en la Feria del Libro, invitan a uno a asociarse, son abiertos y publican sus nombres en la Red. El revisionismo (el buen revisionismo histórico), reveló que los grandes próceres latinoamericanos eran masones, San Martín, Bolívar, Francisco de Miranda, Manuel Belgrano, Benito Juárez... Internet ofrece con todo lujo de detalles, la historia de la Masonería, cuyos integrantes tienen sitios propios, y también dan a conocer sus ritos sagrados como si fueran números raros de revistas de comics.

Hiram muestra los planos a Salomón. Grabado de J.J. Scheuchzer,
en «Physica Sacra Iconibus Illustrata», Augsburgo, 1731


La propia Masonería reconoce dos distintos orígenes: el mítico, con los albañiles que, bajo las órdenes de Hiram, construyeron el Templo de Salomón, y el documentado, en 1717. En tal fecha, dos pastores protestantes, James Anderson y J. T. Desaguliers, fundaron el movimiento, el cuál se terminó de constituir en 1723 con "The Constitutions of the Free-Masons". A partir de ahí, se extendió como hongos luego de la tormenta a través de dos importantes corrientes: el Enciclopedismo, durante el S. XVIII, y el Liberalismo, durante el S. XIX. La Masonería se adaptó a cada país donde se estableció, diferenciándose, por ejemplo, la de Inglaterra con la de Francia. En 1804 José Bonaparte fue nombrado Gran Maestre de la Orden, dando inicio a la hegemonía francesa en la historia del movimiento. Vinculada desde siempre al poder y a la intelectualidad, corriendo mano a mano con las realezas europeas o los gobiernos republicanos de América, la Masonería ha pasado de incidir en la independencia y unificación de países (especialmente los de América), a ser incapaces de unificarse ellos mismos (en 1910 Inglaterra rechazó la unificación de todas las Logias Masónicas, y en 1954 fracasó otro intento). Por el liberalismo de sus conceptos básicos, los masones fueron víctimas del Holocausto (se supone que el régimen nazi se cobró la vida de entre 80 y 200 mil masones), al igual que los judíos y otras razas.

Religiosamente, la Masonería ha sido siempre vista como opuesta al catolicismo. Documentación prueba esta oposición a través de varias bulas papales, la primera de las cuales fue la emitida por Clemente XII, "In Eminenti" (cuyo texto puede leerse aquí, gratis, también gracias a la Globalización). Fechada en 1738, pena con excomunición (sin posibilidad de vuelta atrás) a todo clérigo, fiel, laico, o lo que sea, que sea pescado difundiendo o asociándose a la Francmasonería. Con el correr de los siglos, la Iglesia siguió condenando el movimiento, y León XIII, en 1890, publicó su "Dall'Alto dell'Apostolico Seggio", en la que se manifiesta la preocupación de la Iglesia ante la gravedad del avance de la Masonería en Italia, cuyo principal objetivo es "insultar al Papado, intentando reemplazar la Fe Católica, con la más absoluta libertad de examinación, de criterio, de pensamiento, y de consciencia". Más acá en el tiempo, en 1983 el Vaticano publicó un documento en el que reiteraba la pena de excomunión a quien se enrolara en "organizaciones masónicas y afines". Su firmante, Cardenal Ratzinger, es el actual Papa Benedicto XVI.

¿Tienen estas encíclicas y documentos papales algún significado más que el anecdótico? ¿Exagera la Iglesia advirtiendo de manera tan severa, a su grey, sobre los peligros de sumarse a la Masonería? Como todo lo que conlleva cualquier sociedad secreta que se precie, hay cuestiones muy delicadas, que no salen a la luz fácilmente y que, debido a una difusión parcial, no han sido, hasta el momento, dilucidadas en toda su magnitud. No es propósito que esta nota acrecentar ninguna fiebre por Teorías de Conspiración (lo que nos convertiría en "Conspiranoicos"). Sin embargo, no se puede dejar de mencionar el principal incidente que unió en la misma página de los periódicos del mundo al Vaticano con la Masonería: la "muerte" del Papa Juan Pablo I.

El 29 de septiembre de 1978, el Vaticano emitió el siguiente comunicado oficial, sobre la muerte de Juan Pablo I:

"El Secretario particular del Papa, no habiéndolo encontrado en la Capilla, como de costumbre, le ha encontrado muerto en la cama, con la luz encendida, como si aún leyera. El médico, Dr. R. Buzonetti, que acudió inmediatamente, ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23 hrs. del día anterior, a causa de un infarto agudo del miocardio."

No había pasado un mes de la repentina muerte del Papa, que salió una novela titulada "Han Asesinado al Papa (Operación Paloma)", (Madrid, 1978) de Jesús Ramón Pena y Mario Zóttola, en la que se especulaba que el Pontífice había sido asesinado por la interacción de varios funcionarios vaticanos, pertenecientes a la Masonería. A partir de ese momento, comenzaron a publicarse constantemente novelas o investigaciones en las que, de una u otra manera, se sostenía la hipótesis de que el Papa no había fallecido de muerte natural, tal y como se publicó oficialmente: "¿Un Asesino para Juan Pablo I?" (1980) de Bruce Marshall, "La Verdadera Muerte de Juan Pablo I" (1983) de Jean-Jacques Thierry, "In God's name: an investigation into the murder of Pope John Paul I" (1984) de David Yallop, "El Diario Secreto de Juan Pablo I" (Barcelona, 1990) de Ricardo De la Cierva (autor también de "La Masonería Invicible")... la lista es extensa, y las ideas planteadas, en varios de los casos, apunta nuevamente a la Masonería.

En general, se suele indicar que detrás del incidente estuvo la logia masónica Propaganda Due (P2), creada en 1895, cuyo Gran Maestre en los años '70 era Licio Gelli, ex oficial fascista, ex agente al servicio del III Reich, ex agente de Inteligencia Americano. Autoridades Masónicas decretaron en junio de 1976 la disolución de la P2, debido a varias irregularidades (mayormente la infiltración de elementos políticos e intereses económicos). Gelli fue expulsado de la Masonería, a pesar que siguió manteniendo su liderazgo, el cuál llegó a su fin en marzo de 1981, cuando la policía italiana irrumpió en su mansión, logrando secuestrar documentos con la lista de los 953 miembros de la Logia (entre los cuales figuraban todo tipo de personalidades ilustres italianas, jueces, parlamentarios, militares, incluso Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi).

Listado de integrantes de la Logia P-2 en el que figura Silvio Berlusconi

Por supuesto, así como el Vaticano sobrevivió a la muerte dudosa de un Papa, y a los escándalos del Banco Ambrosiano y otros incidentes relacionados con asesinatos e intrigas palaciegas (del mismo tono que las que envolvían en el pasado a los Borgia, los Sforza y demás familias reinantes), la Masonería logró sobrevivir al cambio abrupto del tablero de juego que implicó la caída del Comunismo y demás fenómenos ocurridos a partir de los años '80. Hoy en día, el Papa y los Masones están igualados en un punto, que es cierto descrédito o desacralización. Cerca del final de su reinado, el Papa Juan Pablo II comenzó a ser tema de conversación por su senilidad, la que dio lugar a que muchos lo "mataran" antes de tiempo. Cada semana su estado de salud era "gravísimo", y una vez al mes, "estaba al borde de la muerte". De hecho, cuando realmente murió, el Vaticano expuso su cadáver de manera casi morbosa, como diciendo "para que no queden dudas que está muerto." La figura del siguiente Papa, Benedicto XVI, muy distinta a la de su predecesor, es constante objeto de burlas (la más conocida de las cuales es la que lo compara con el Emperador Palpatine de la Estrella de la Muerte, en varias películas de la saga de STAR WARS) y polémicas (la más común de las cuales es la famosa acusación de tener un pasado confuso respecto del tema "nazismo"). Por su parte, los masones comenzaron a ser satirizados desde el sketch de los Monty Python, "Cómo reconocer a un Francmason", que se puede ver en la serie MONTY PYTHON FLYING CIRCUS (1969-1974) hasta el episodio "Homero el Grande" de THE SIMPSONS. A otro nivel, el semiólgo y novelista Umberto Eco ha tocado la temática masónica en su novela "Il Pendolo di Foucault" (1988), que, consistiendo en un summun del Ocultismo, puede resultar una interesante vacuna contra tanto "irracionalismo", como el que parece predominar en las librerías bajo la autoría de los Erich Von Daniken o J.J. Benítez, entre muchos otros (aunque, quien esté libre de este tipo de "literatura" que arroje la primera piedra; yo no estoy).


Sin embargo, la Masonería y la Iglesia Católica no solo generan sátiras sino también apasionantes especulaciones de ficción, como la del autor Alan Moore, con su novela gráfica "From Hell", en la que esboza la teoría de que Jack el Destripador de Londres era el médico de la Corte Sir William Gull, un voluntarioso masón que trata de encubrir a un miembro de la Hermandad (en este caso, el Duque de Clarence, Príncipe Alberto Víctor). "From Hell" fue llevada a la pantalla en una entretenida (y visualmente lograda) película de idéntico título (conocida en español como Desde el Infierno, 2001). Lo mismo pasó (pasa, ya que esto se escribe en plena fiebre de), con la novela de Dan Brown, "The Da Vinci Code" (2003), parte de una saga compuesta también por "Angels and Demons" y "The Solomon Key", que pone al alcance del público lector cuestiones referentes al Opus Dei que provocaron cierta polémica con la Iglesia Católica (que es mostrada de forma no muy amistosa). En la novela, el Opus Dei es una organización de carácter siniestro, cuyos agentes llegan a matar para cumplir sus objetivos y que están detrás de una gran conspiración. La película basada en la novela, que ha sido un gran éxito editorial en todo Occidente, retrata al Opus Dei de manera más suavizada que la novela. Aún así, generó un malestar en las autoridades religiosas similar al que ya había provocado la publicación masiva de la novela.

¿Tendrá la Masonería, que en alguna época fue eje de la llamada "Conspiración Judeo-Masónica" (concepto hoy en día caído en descrédito), alguna novela o película de repercusión similar a la de El Código Da Vinci? ¿Podrá volver a estar a la par del poder, o en el seno de procesos decisorios de la magnitud de los que estuvo en siglos pasados? ¿Se verá perjudicada por la secularización que mató las religiones (y que tal vez mate también las ideologías)? Probablemente, en unas décadas, podamos agregar algunas respuestas... o, si los acontecimientos se siguen precipitando como hasta el momento, tal vez encontremos respuesta mañana mismo.

http://www.quintadimension.com/televicio/index.php?id=165

lunes, 20 de marzo de 2017

ASÍ EL CRISTIANISMO, ASÍ LA MASONERÍA

Por Demolay


S i bien la masonería no es una religión, para la mayoría de los autores anglosajones —e incluso para los masones efectivamente iniciados en el Arte Real— la masonería es religiosa. Por supuesto, aquí el término «religioso» va en el sentido de “religar”, esto es, de volver a unir lo creado con Su Creador, tal cual es la vocación del ritual masónico, elaborado no para simplemente “sesionar”, sino sobre todo, y ante todo, para lograr en los asistentes a los Trabajos de una Logia esa nítida percepción de la trascendencia espiritual generada por la magia del simbolismo y del propio ritual. El ritual masónico solo es magnificente cuando proclama la aspiración y el anhelo del hombre de unirse en espíritu y en verdad con Su Creador.

Decir que toda obra masónica esta dedicada “a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo” —los trabajos, las lecturas, las ceremonias— es reconocer que el trabajo masónico apela a la religación, y que el masón concientemente acepta el impulso espiritual que tiene de elevarse al Ser Supremo. Los masones que asumen la ritualidad y el simbolismo logial como una expresión y como una actitud espiritual, reconocen de inmediato que el significado masónico, real y profundo, apela una actitud religante entre el hombre y lo trascendente, entendido como una suprema manifestación de la Deidad, que en masonería se expresa como Gran Arquitecto del Universo. Todo el ideal iniciático —masónico y no masónico— supone que el operario busca y anhela fundirse de nueva cuenta con su propio origen; esto implica aceptar que “la parte” pretende fundirse con “el todo” y que “lo creado” demanda aglutinarse con Su Creador. El título de este paper no pretende, ni con mucho, emparejar cristianismo y masonería.

De entrada sabemos que sus formas y estructuras son diferentes, aunque sus esencias son similares. No obstante, a ningún cristiano dogmático le encantaría leer que tanto el cristianismo como la masonería conservan principios similares; el cristianismo, por contener verdades emanadas de la misericordia, el amor, el perdón y la conciliación entre los hombres. La masonería, por tener —nos guste o no— un origen cristiano, sobre todo si la hipótesis de su pasado templario no es rechazada.

La lucha masónica: una batalla perenne

La primera parte de la Iniciación pretende lograr la pureza del candidato que anhela la Luz de la Verdad. Tal dignidad supone el dominio de uno mismo, o sea, el control de las pasiones y de las formas irreales del mundo de las ilusiones.

En el lenguaje masónico se dice que un candidato debe aprender a dominar sus pasiones mediante el fortalecimiento y el ejercicio de la virtud. La virtud —de virtus, fuerza— es precisamente la energía que domina las pasiones y para que exista “ha de haber lucha”. Esta lucha esta dada por la pugna entre el bien y el mal, entre los vicios y los desenfrenos y entre las continencias y las mesuras. Los rituales masónicos definen el vicio como el “hábito de contentar nuestros deseos”; así, cada hombre que por hábito satisface sus deseos es un vicioso, y cada hombre que los domina es un virtuoso. Los símbolos masónicos que expresan esta lucha eterna son la Escuadra y el Compás. Bien sabemos los masones que nuestros símbolos asumen significados diferentes según la circunstancia, momento y lugar en que se ubican dentro del contexto logial. Cuando la Escuadra y Compás se contemplan como Luces Mayores en el marco ritual del Ara o Altar, entonces asumen un sentido perfectamente iniciático al expresar la contienda que ocurre en el interior del iniciado que aspira pasar de un estado de imperfección a otro de perfección espiritual. El iniciado busca transitar de la oscuridad a la luz, esto es, del occidente al oriente, o lo que es lo mismo, busca como Aprendiz pasar de la Regla a la Escuadra y de ésta al Compás. Así es como el Aprendiz se hace Compañero y el Compañero se hace Maestro. No obstante, es difícil entender las órdenes Templarias al margen de los conceptos cristianos, y una vez que los comprendemos, encontramos que cristianismo y masonería suponen una evolución del hombre conforme a la voluntad de Dios, Padre Celestial y Gran Arquitecto de Cielo y Tierra.

De la Escuadra al Compás

La Escuadra representa lo material, lo brusco, lo denso, las pasiones y los vicios. El Compás alude lo contrario: lo espiritual, lo fino, lo sublime y virtuoso. Por esta razón, los Trabajos en el grado de Aprendiz se abren con la Escuadra sobre el Compás, justo para significar que el recién iniciado apenas conoce la luz de la verdad —por lo que se sienta en el lado norte de la Logia—. En tal condición, el masón aprendiz vive en el mundo de las ilusiones y de la materia, adherido a sus vicios y pasiones. Poco a poco, su trabajo iniciático hecho con el Martillo, la Regla y el Cincel, va logrando que su estado de piedra en bruto se vaya puliendo hasta lograr la perfección. En el grado de Compañero, los Trabajos se abren colocando Escuadra y Compás interpolados, indicando así que tanto lo material como lo espiritual se hallan en equilibrio. El grado de Compañero es, por lo tanto, un grado de transición, proporción y ponderación en el que la sensatez ante la vida empieza a manifestarse como prudencia y cordura. Esto indica que las luces de la sabiduría empiezan a vislumbrarse en el lejano oriente a los ojos del iniciante en los misterios de la Masonería. El Maestro, por su parte, aparece como un grado masónico excelso en el que la maestría significa el dominio total de la inteligencia y del espíritu sobre las pasiones y sobre la materia, y por ello el Compás esta sobrepuesto a la Escuadra. El Maestro se enseñorea de sus pasiones y domina sus instintos pues ha logrado el ideal iniciático. Es ya un hombre sabio y observa el orden del mundo desde el oriente.

El Camino

Las enseñanzas paulinas suscritas en el Nuevo Testamento asumen que el cristiano que ha apropiado a Yeshúa, ha Mashíaj como su Guía y Salvador, esta dispuesto a luchar consigo mismo para alcanzar su salvación y su ingreso al Reino de los Cielos. Esto implica una lucha interna en todo parecida a la que libra el iniciado trabajando en las canteras. En la Carta a los Gálatas, Paulo escribe:

Andad en el Espíritu, y así jamás satisfaréis los malos deseos de la carne. Porque la carne desea lo que es contrario al Espíritu y el Espíritu lo que es contrario a la carne. Ambos se oponen mutuamente, para que no hagáis lo que quisierais.

Si bien el ritual masónico refiere lo vicios y las pasiones como aquéllos contra los que el hombre —el iniciado— ha de luchar, lo cierto es que tal referencia es genérica y cada masón habrá de imaginar los vicios y pasiones que más se vinculan con él. Paulo no escatima palabras y enlista con precisión aquéllos llamamientos de la carne que conducen al hombre a su perdición. Tales vicios y pasiones —las obras de la carne, en el lenguaje cristiano paulino— son:

Fornicación, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, ira, contiendas, disensiones, partidismos, envidia, borracheras, orgías y cosas semejantes a éstas de las cuales os advierto, como ya lo hice antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de los cielos.

Un cristiano que se mantiene en El Camino es como un masón que se mantiene fuera y alejado del mundo profano. El Camino es como el Mundo Masónico: un mundo de virtud, espíritu y trascendencia. Así como el masón pasa del mundo profano al mundo masónico, así el cristiano pasa de las obras de la carne a las obras del Espíritu. En ambos casos existe un sentido de pase de un punto a otro, de un estado del ser a otro estado del ser caracterizado por la elevación y la sublimidad. Tanto para el cristiano como para el masón, la lucha interna que ambos libran —uno por alejarse de las obras de la carne y el otro por deslindarse del mundo de los vicios y las pasiones— tiene un corolario que es el hecho de mantenerse “en Victoria”. El masón logrará “la maestría”; el cristiano la salvación y su acceso al Reino de los Cielos.

Del Compás a la Cruz: el trabajo iniciático

El estado hirámico no es un estado distinto al estado Crístico. Para los masones, el estado hirámico es la consecución de un espíritu realizado que ha logrado trascender su propia condición inferior y tosca para, ulteriormente, alcanzar un estado anímico y emocional, espiritual y moral acorde con su destino, según los trazos elaborados por el Gran Arquitecto del Universo. El masón entiende que tal logro —su propia emancipación— no ha sido ajena ni ha estado exenta de la voluntad de Dios, porque no hay nada sobre la tierra que se encuentre desvinculado de la Creación Divina. Para el masón espiritualmente realizado, la soberanía de Dios en el orden universal es innegable, pues Él es Arquitecto y Constructor de todo cuanto existe. El trabajo personal e iniciático de un masón esta expresado como el dominio de sus pasiones y de su baja naturaleza y ha sido fruto del ejercicio de ciertas facultades que le han sido dotadas por Dios, Gran Arquitecto de Cielo y Tierra. Por lo mismo, bien aplica la sentencia de Santiago:

Toda buena dádiva y todo don perfecto provienen de lo alto y descienden del Padre de las luces…

Si bien las facultades instintivas, afectivas e intelectuales son un don divino, en tanto son dádivas del Gran Arquitecto, éstas sin embargo son ejercidas y fortalecidas con el trabajo y ayuda de las herramientas de la construcción que el operario va aprendiendo a usar en cada viaje de su vida. Lo que Dios nos da, nosotros lo fortalecemos con nuestra fe e inteligencia, con nuestra voluntad y compromiso. Pero también, lo que Dios da, Él nos lo quita —como a Job— y al hombre común —y con más razón al masón iniciado— le queda una muy clara conciencia de que su existencia en la tierra no es una casualidad, ni del destino ni de los átomos, y aunque poco a poco puede explicar el origen de la vida en las cadenas ADN, no puede explicar las causas últimas de su existencia. Por ello, un masón —más aún si es templario— comprende a cabalidad que su presencia en el mundo es obra divina, y por ello, su sentido del destino y de ulterioridad está definido por la Soberanía de Dios, Gran Arquitecto del Universo. En las órdenes templarias de la Comandancia el masón toma su Compás, su Cruz, su espada y su blasón y así pertrechado sale con las armas de la fe, la razón y la misericordia. Pablo, de nueva cuenta, en su Carta a los Efesios parece indicar a los Caballeros de la Fe su cometido cuando dice:

Por esta causa tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haberlo logrado todo, quedar firmes. Permaneced, pues, firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, vestidos con la coraza de la justicia y calzados vuestros pies con la preparación para proclamar el evangelio de la paz. Y sobre todo, armaos con el escudo de la fe con que podéis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Tomad también el caso de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios…

Así, los templarios somos armados Caballeros; caballeros de fe y de paz, de justicia y de proclamación, pero también de lucha permanente contra nuestros enemigos más temibles: la ambición, la ignorancia, la hipocresía, las obras de la carne y la maldad, que son, en toda forma, vivas representaciones del maligno. El masón —como Caballero Templario armado en una Comandancia— lleva su Trulla, Nivel, Plomada, Escuadra y Compás de la misma manera que carga su Cruz, para caminar por el mundo venciendo los obstáculos que el conflicto moral le plantea durante su vida. El lenguaje profano de la Masonería francesa —inspirado por un racionalismo ajeno al espíritu iniciático y espiritual del Arte Real de Labrar la Piedra en Bruto— se apoya más en el discurso grecolatino para insinuar las enseñanzas de la moral más pura, que en las formas sublimes del lenguaje iniciático y vital. Esta moral indica que el hombre debe alejarse del mal y vivir en el bien, y ello significa que el operario del Arte debe trabar una contienda seria y comprometida contra sus deseos y pasiones. Si triunfa en esa batalla, saldrá libre de sí mismo y será fuerte no por vencer a los demás, sino efectivamente poderoso por vencerse a sí mismo. Habrá alcanzado entonces la victoria, la emancipación total, la plena libertad. Pero…

https://demolay.wordpress.com/2009/09/

domingo, 19 de marzo de 2017

DISCRECIÓN Y SECRECÍA EN LA ORDEN MASÓNICA



El comportamiento dentro y fuera de Logia

En la Orden masónica existen documentos muy antiguos que constituyen la base del comportamiento de los miembros de la Fraternidad. The Old Charges —Los Antiguos Cargos o Deberes— promulgados por la Gran Logia de Inglaterra y escritos por James Anderson contienen, desde 1723, las bases generales de conducta del masón, tanto en lo religioso como en lo político y en su comportamiento dentro y fuera de la Logia, entre masones, entre presuntos masones y entre extraños que no sean masones. Los conocidos como “Antiguos Cargos” o “Antiguos Deberes” (Old Charges) están compuestos por el material que ha sobrevivido hasta nuestros días de alrededor de ciento veinte documentos manuscritos referidos a normas y reglamentos que gobernaban el Arte y la Ciencia de la construcción gremial entre los arquitectos de la Masonería Operativa, esto es, aquellos masones que nos dejaron las catedrales góticas, auténticos libros de espiritualidad en piedra.

El tema central de este trabajo esta relacionado con la discreción de los miembros de la Logia. En este sentido, es menester recordar que los iniciados hemos prestado solemne juramento, bajo palabra de honor, de guardar discreción de todo lo visto y aprendido en la Logia y de todo lo que se ve o pudiéramos llegar a ver en lo futuro. El documento de Anderson nos dice al respecto:

Conducta para cuando los hermanos se reúnen sin extraños, aunque no en una Logia constituida.

Cuando seáis presentados, tenéis que saludaros de forma educada diciéndoos Hermano y os daréis libremente mutuas instrucciones si lo consideráis conveniente sin ser vistos ni escuchados, sin abrumaros ni faltar al respeto que se debe a un hermano, aunque no sea masón. Y dado que todos los Masones son hermanos bajo el mismo nivel, la Masonería no quita ningún honor a nadie que le haya estado otorgado previamente, sino que más bien se le añade, especialmente si los ha merecido dentro de la Fraternidad que otorga honores a quien se los merece; así mismo, deben evitarse las malas maneras.[2]

Este precepto aborda el sentido de la educación y la caballerosidad que debe predominar entre los masones. El trato debe ser respetuoso y educado, sin bromas de mal gusto que puedan poner en entredicho el afecto y la fraternidad entre los miembros de la Logia. Entre nosotros, los burlistas y los guasones de mal gusto no son bien vistos, y su comportamiento suele introducir un clima de irreverencia que bien pude contribuir a enturbiar el ambiente de amistad y fraternidad entre los masones.

Conducta en presencia de EXTRAÑOS no masones.

Hablaréis y os conduciréis con precaución y circunspección, de manera que el extraño más atento no descubra o adivine nada que no convenga hacerle saber; alguna vez habréis de desviar una conversación y serviros de la prudencia por el honor de la venerable Fraternidad.

Es una pésima costumbre hablar de los asuntos masónicos fuera de la sesión de la Logia, es decir, al margen de los trabajos formales de la Logia. En cafés, bares y restaurantes, los masones debemos referirnos a los asuntos masónicos con extrema cautela, de modo que los extraños o profanos jamás se enteren de los asuntos propios de la Logia. La expresión “llueve” debe decirse con discreción cuando, hablando de asuntos masónicos, advirtamos que se aproximan extraños no masones.

Conducta en el HOGAR y entre el vecindario.

Habéis de actuar tal como conviene a un hombre sabio y de buenas costumbres; especialmente nadie de vuestra familia, amigos y vecinos, han de ser conocedores de todo aquello que hace referencia a la Logia; tenéis que conservar con sensatez vuestro propio honor y el de la antigua Fraternidad por motivos que no hace falta mencionar aquí. Al mismo tiempo, debéis conservar vuestra salud no quedándoos reunidos hasta demasiado tarde o pasar demasiadas horas lejos de casa una vez cerrados los trabajos de la Logia, evitando la tragonería y la embriaguez para no abandonar o perjudicar vuestras familias ni resultar incapacitados para vuestro trabajo.

La Logia es para los masones, y ni siquiera los amigos, e incluso nuestros familiares, deben enterarse de las cuestiones íntimas de la Logia, sus asuntos, rituales, ceremonias o secretos. Nuestras pláticas deben estar animadas de cautela y sigilo. Muchos masones suelen ser descuidados y dejan sus libros y liturgias a la curiosidad de hermanos carnales, primos, esposa o hijos. Muchas veces hasta la comadre o la servidora doméstica saben de las cuestiones de la Logia por la indiscreción de los masones.

Conducta hacia un hermano extranjero.

Tenéis que examinarlo de la mejor manera que la prudencia os indique con el fin de no ser engañados por un falso e ignorante pretendiente, al que rechazaréis con mofa y menosprecio y con cuidado de no comunicarle ningún detalle de ningún conocimiento.

Pero si encontráis que un hermano es auténtico y sincero, le tenéis que mostrar el respeto debido, y si se encuentra en una necesidad tenéis que auxiliarle, según vuestras capacidades, o indicarle como se le puede ayudar; tenéis que darle trabajo durante unos días o recomendarlo a quien pueda contratarle. Pero no tenéis obligación de ir más allá de lo que os permitan vuestras posibilidades, y más bien debéis preferir a un hermano pobre que sea hombre de bien y leal antes que otro pobre en las mismas circunstancias.

Nadie que no sea examinado en antigua y debida forma debe ser reconocido ni admitido como masón, así sea portador de papeles o credenciales. Cuando comprobamos que el pretendiente no es masón, debemos despreciarlo con escarnio y menosprecio porque él ha pretendido engañarnos. En las Logias corresponde al Guarda Templo la función de retejar a los extraños, y por eso este puesto debe ser siempre cubierto por un Maestro masón debidamente instruido en las formas de reconocimiento de los tres grados del Antiguo Gremio o Masonería Azul. En cambio, al hermano masón auténtico debemos prodigarle todo género de atenciones pero nunca más allá de lo que permitan nuestras posibilidades.

La Masonería se basa en el mutuo reconocimiento y también en el mérito recíproco, y siempre la bilateralidad será la marca esencial de nuestras relaciones en Logia. Quién da tiene derecho a recibir; nunca será bien visto entre nosotros aquél que solo llega a pedir y a exigir invocando la fraternidad de forma obligada sin corresponder ni a la Logia ni a los hermanos lo que viene a pretender. Respecto del secreto, debemos distinguirlo de la discreción o del sigilo. Tanto la discreción como el sigilo son una actitud interna y personal de conservar para nosotros lo que nos ha sido dado con esa consigna. Durante la Iniciación se nos preguntó: “Si para aseguraros de vuestra discreción os pidiéramos que nos revelarais algún secreto de alguno de vuestros allegados o amigos ¿consentiríais en hacerlo? Nos complace escuchar que el candidato responde que NO, porque eso nos asegura que sabrá conservar para sí lo que aquí le confiamos. En cambio, el SECRETO MASÓNICO alude a la naturaleza de las cosas, a las cosas en sí. El cahier del Aprendiz dice:


Es inviolable por su naturaleza, y se conserva hoy tan puro como cuando se encontraba en los templos de la India, de la Samotracia, del Egipto y de la Grecia. El que no estudia cada uno de nuestros grados, no comprende bien sus símbolos y explica su oculto significado, podrá vanagloriarse con los títulos pomposos de Maestro, hacer señas más o menos extravagantes y pronunciar palabras judío-bárbaro-helénicas, pero no será nada, ni sabrá nada que ignore cualquiera de mediana educación, mientras que el que los haya comprendido dominará con su secreto los hombres y las cosas.

[2] Tomado del Libro de las Constituciones de 1723, promulgado por la Gran Logia de Inglaterra y redactado por James Anderson por mandato del Gran Maestro George Payne.
[3] Cahier del Grado de Aprendiz, Gran Logia Unida Mexicana de Veracruz, p. 73.

https://demolay.wordpress.com/2009/08/

sábado, 18 de marzo de 2017

ARQUITECTURA Y MASONERÍA

Por Demolay

La Masonería se halla estructurada como una ORDEN debido a que posee una regla que le otorga forma, esquema de organización, jerarquía, funcionalidad, principios y procedimientos; posee también una causa o sentido de misión y, finalmente, expresa una disposición simbólica que constituye su lenguaje y su método esencial de enseñanza y comunicación. Estos tres componentes (estructura, misión y simbolismo) son distintivos de las órdenes y la nuestra no escapa a ellos. 

Respecto de su simbolismo, habrá que declarar que éste se ha tomado esencialmente de la arquitectura y, particularmente, de la tradición de los constructores de las catedrales góticas de le edad media europea. Desde la perspectiva de los tiempos actuales, sería una grata especulación intentar apreciar hasta qué grado los canteros medievales alcanzaban un determinado nivel de éxtasis o de vibración espiritual, -si es que lo experimentaban-, al ver fluir de sus manos las sublimes revelaciones en piedra levantadas a la Gloria de Dios. Si nuestros antepasados vivían o no de manera efectiva los celestiales sentimientos espirituales que su oficio debía reportarles, lo cierto es que la Orden Masónica recibió el marco esquemático de organización y de simbolismo de los albañiles o canteros medievales y, por supuesto, de sus arquitectos. 

La Masonería contemporánea, necesariamente filosófica, aplica las reglas de la construcción al Templo o Edificio Espiritual, cuyo levantamiento exige de sus operarios un doble esfuerzo: la construcción personal en los terrenos de su propio «Yo Interno» y la construcción externa en los escenarios del mundo, de la sociedad y de la comunidad, estructurados sobre la base de los Principios masónicos: la tolerancia, el reconocimiento de la igualdad espiritual de los hombres y la posibilidad política de acceder a esquemas jurídicos que la garanticen, la libertad, la fraternidad entre todos los hombres sin distinción de credos, ideologías, razas, clases y orígenes sociales. Contrariamente a lo que las personas piensan -sobre todo la feligresía católica- la Masonería no está en contra de religión alguna, ni excluye de sus estudios el análisis de los fundamentos de la fe y por ende de las religiones. El clima de tolerancia y libertad que se da en las Logias permite, en primer lugar, que sus miembros piensen, analicen y discutan y que, por otro, CREAN o asuman la fe que mejor satisfaga sus expectativas. La Masonería -sin ser religiosa- permite un ambiente de religamiento profundo muy asociado a la vida espiritual.

Si el trabajo de construcción del «Yo Interno» es un esfuerzo espiritual, es decir, iniciático, el quehacer de construcción social es un trabajo político. Hay pues una Arquitectura espiritual y una Arquitectura política y en consecuencia se tienen dos edificios: elpersonal o interno y el social o externo. La Masonería reconoce que ambos edificios son vitales para garantizar la plena realización de la vida humana; sin embargo, la Orden no se declara ni religiosa ni política, porque reconoce que los debates de este género contribuyen a enfrentamientos que anulan el deseo último de la Fraternidad Masónica: llegar a ser el «Centro de la Unión», como asentó James Anderson en The Ancient Charges o Antiguos Deberes de los Francmasones, consignados en el Libro de las Constituciones de 1723, documento que constituye la Carta Magna de la Masonería Filosófica Universal. ¿Cómo realiza entonces la Orden su trabajo externo? La clave de esta realización radica en la eficiencia con que su estructura simbólica e iniciática logra efectivamente transformar la visión del mundo de sus adeptos. Cuando sus educandos logran percibir la realidad sin la venda de la ignorancia, la superstición, el fanatismo y la ambición, cuando la Luz Masónica ha anidado en sus corazones, entonces las cosas aparecen ante sus ojos de otra manera y sus conductas personales y sociales se orientan ahora bajo otros principios, principios que convienen a todos y no afectan a nadie. 

Es decir, para lograr las dos construcciones, el masón necesita reunir tres requisitos: 

1. Conocimiento de sí mismo y conocimiento del mundo.
2. Dominio de sí mismo y su realización en el mundo.
3. Ennoblecimiento de sí mismo y aspiración a la dicha de la vida de la humanidad.[1]
Esta interpretación ética del trabajo masónico también se manifiesta en que el taller contiguo a la catedral, se halla convertido en Logia, y el templo en un lugar de devoción de especialísima índole en donde se sacraliza el trabajo. Entonces, la Logia se convierte en un «espacio sagrado de trabajo» dedicado a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, espacio en el que la fraternidad y la unión espiritual de los asistentes constituye la mejor garantía del desarrollo colectivo. 

Las Logias bien organizadas y bien dirigidas, respetuosas de las formas masónicas dispuestas en los cahiers oficiales y seguidoras de la tradición del ritual y del simbolismo, son una prenda de efectividad transformadora de sus adeptos y se constituyen, de inmediato, en un centro de atracción en el que los integrantes asisten deseosos de participar activamente en el esfuerzo grupal de la Logia por lograr cuantos fines se propongan en su seno. Por lo contrario, las Logias dirigidas por hermanos que desconocen las reglas del Arte Real y los procedimientos básicos de la construcción masónica, las Logias que mezclan la frivolidad y la ligereza, se “profanan” en el sentido literal del término, pierden la vocación constructiva y se alejan de la arquitectura moral de la Orden. No nos sorprenda, por lo tanto, que las Logias abatidas sean precisamente las que se caracterizan por el desorden, el distanciamiento de la tradición iniciática, el involucramiento de la politiquería, el autoritarismo de sus dirigentes, la ausencia de respeto al albedrío de los obreros, la apatía de sus integrantes justamente decepcionados porque no encuentran lo que buscan, el abandono ritual, la desidia, la falta de motivación, etc. 

Un hermano de este Oriente (Xalapa, Veracruz, México) hace ya varios años, indicaba en sus peroratas la necesidad de que los asistentes a las Logias asumieran, de entrada, una disposición y una actitud espiritual religante, -no religiosa, sino meramente «re-ligante»-, de tal forma que la Tenida no se convirtiera en una simple “asamblea, junta o reunión”, sino en un acto en el cual secelebrara la Logia. Ahora bien, “celebrar” la Logia significa VIVIR el ritual y el simbolismo y predisponer el ánimo y el espíritu para ser especialmente receptivos al mensaje de la apertura, del desarrollo y del cierre de los Trabajos. Pensar, como pensaba el gran poeta alemán Goethe, cuando observaba la Estrella Flamígera sobre el Ara y decía: 

Para empezar y para concluir,Compás, Plomo y Nivel.Todo se entorpece y paraliza en las manos,Si la estrella no ilumina el día. 

En otra parte de uno de sus múltiples poemas dedicados a la Masonería, abunda Goethe en la belleza del simbolismo de las Tres Grandes Luces de la Masonería: el Libro de la Ley, la Escuadra y el Compás. 

La Biblia, en su caso, es la Luz sobre nosotros no como autoridad dogmática, sino como expresión de fe en una ordenación moral del mundo; la Escuadra es la Luz en nosotros, porque es el símbolo del derecho y del deber que Dios grabó en la conciencia y que conduce moralmente a los hombres; el Compás es la Luz alrededor de nosotros, es el símbolo de la fraternidad y del servicio al prójimo.[2]

Los asistentes a la Tenida deberían tener en cuenta, además, otros elementos de la arquitectura masónica, es decir, de su simbolismo, justo cuando se colocan su mandil para dedicarse al Trabajo y para presenciar la apertura de la Logia. Cada herramienta, cada utensilio tiene su significado en el conjunto logial, como también lo tiene el peculiar lenguaje de apertura, el golpeteo de los malletes de las Luces del taller, la iluminación y la decoración del Templo, etc. 

La Invocación de la Apertura de los Trabajos, que es una verdadera dedicación espiritual a la «Gloria del Gran Arquitecto del Universo» y que supone un «re-ligamiento» espiritualascendente, la dedicación de los Trabajos a la «Confraternidad Universal», que es un «re-ligamiento» espiritual horizontal que apela al sentimiento de fraternidad entre los hombres, todo bajo los auspicios de una Simbólica Potencia que regulariza los Trabajos, todo esto es un monumento a la sublimación que debe disponer el ánimo de los asistentes hacia lo más elevado que la conciencia pueda percibir. Por otra parte, el reconocimiento de que la Logia se sostiene en tres columnas, colocadas en los tronos de cada una de las Tres Luces, -el Venerable y los dos Vigilantes-, nos da la sensación de fortaleza y la convicción de que la Logia se reúne bajo el amparo de leyes universales. Estas columnas respectivamente significan: 

La Sabiduría o pensamiento que dirige.La Fuerza o energía moral que la ejecuta.La Belleza o armonía de las fuerzas mentales, la concordia entre el pensamiento y la acción. 

Con estos elementos en mente ¿es posible no asumir una actitud espiritual capaz de matizar los Trabajos de la Logia con un aliento de construcción personal y colectiva orientada al cultivo del «Yo Interno» y del «Yo Colectivo»? ¿Es factible estropear los trabajos con vacuidades y liviandades más propias de sindicatos y de camarillas que de una Logia dedicada al Trabajo Espiritual e Intelectual? 

Una de las razones de que la Arquitectura Masónica se disipe del seno de las Logias es el olvido de estos principios básicos de la construcción masónica; el abandono de las reglas básicas del Oficio y la atracción de motivaciones profanas de algunos hermanos que se aburren de la cotidianeidad masónica y que creen que el «Arte Real de Labrar la Piedra en Bruto» carece de sentido práctico en nuestras vidas y en nuestra sociedad. Estos hermanos permanentemente expresan que lo que se dice en la Logia es muy bonito, muy bello, muy poético, pero siempre rematan con la pregunta ¿cómo repercute en la sociedad? ¿qué hace la Masonería allá fuera? Y entonces parece que desconocen o que olvidan que la Masonería no tiene otra cosa que hacer más que hacer masones y que en éstos, los principios masónicos actúan de tal forma que en la vida profana las acciones de nuestros hermanos se van manifestando en sus obras, acciones y dichos y es así como destacan en sus trabajos, donde quiera que se encuentren y por modesto que éste sea. 

Ciertamente, toda Logia corre el riesgo de caer en una burocratización del trabajo y todos los masones pueden hacer de la sistematización de su asistencia a la Logia un patrón estéril de creatividad, de innovación y de motivación. Evitarlo dependerá del talento grupal de la Logia y de proporcionar a los Trabajos un atractivo siempre renovador. 

La Orden Masónica, luego de tantos años de existencia formal, ha resistido persecuciones, excomuniones tan ingenuas como infructuosas de pontífices fanatizados y necios, incomprensiones y denostaciones de toda clase y orígenes; sin embargo, y a pesar de todo, siempre ha salido fortalecida y renovada sin abandonar sus Principios esenciales que le dan forma y contenido y que definen su naturaleza iniciática. La Orden Masónica no está llamada a ser una sociedad de masas, sino una agrupación selecta y selectiva que escoge a sus adeptos sobre la base de requisitos que cualquier hombre de bien y de honor puede efectivamente cumplir. Aún así, tal vez sus peores enemigos, aquéllos que más contribuyen a su destrucción, lejos de hallarse fuera de sus filas y de sus templos se encuentren justamente dentro de ellos. En efecto, muchas veces los elementos más nocivos para la Orden Masónica solemos ser nosotros mismos, pues nuestra ignorancia de lo que ella es verdaderamente, el desconocimiento que tenemos de su historia, de su naturaleza, de sus fines, métodos, principios, y sobre todo la ignorancia que manifestamos de sus límites, nos predispone en su contra, queriendo que ella, la Orden, sea como nosotros queremos que sea, que actúe como suponemos que debe hacerlo y queremos, encima de todo, transformarla al tono de los tiempos, como si la Institución no fuera, en sí misma, eternamente contemporánea. 

¿Y quiénes son éstos? Son aquéllos que la frivolizan queriéndola despojar de sus atributos esenciales; son aquéllos que con su actitud profanizante alejan a los hermanos de las Logias, estropean el logro de las metas formativas de sus Templos y terminan por destruir lo que no comprenden. El olvido de que la Orden tiene como objetivo disipar la ignorancia, combatir los vicios y las pasiones que deshonran al hombre haciéndole tan desgraciado e inspirar el amor a la humanidad, y que sus métodos son la educación iniciática y espiritual de sus miembros, produce miopía en los hermanos, les impide ver más allá de las “formas” y les produce gran confusión. 

De esta manera, podemos concluir que el simbolismo de la Orden se halla cifrado por medio de los recursos de la Arquitectura, al punto que Arquitectura y Masonería se encuentran indefectiblemente unidas. Aprendamos a ver en los símbolos masónicos la pureza de su mensaje y asumamos la voluntad de estudiar y compenetrarnos más y mejor de sus profundos significados. 

[1] Lennhoff, Eugen, Los Masones ante la Historia, Traducción de Federico Climent Terrer, Edit. Diana, 1983, p. 29. 
[2] Por supuesto, el simbolismo de la Escuadra y el Compás apela también a otros significados. Tradicionalmente, en los cahiers oficiales de la Gran Logia Unida Mexicana del Gran Oriente de Veracruz, se postula que la Escuadra alude a la materia y el compás al espíritu, y este esquema permite explicar las diferentes posiciones que ambos instrumentos adoptan sobre la Biblia según el grado que se trabaje.

https://demolay.wordpress.com/2006/10/

viernes, 17 de marzo de 2017

EL ESTADO LAICO

Por Demolay

La postura tradicional de las masonerías latinas ha sido, desde el triunfo de la revolución francesa, la defensa del Estado laico como forma segura de garantizar el pleno ejercicio de las libertades del hombre y del ciudadano.[1] El fundamento formal de esta posición son las denominadas «Constituciones de Anderson» de 1723, de cuya lectura se deduce que los fines de la masonería son construir una sociedad basada en el total albedrío, en la libertad de cultos y de expresión de las ideas, así como en las libertades políticas y económicas del hombre en sociedad.[2] La Logia, dice Anderson en sus célebres Constituciones, es el «Centro de la Unión» y en él concurren todos los hombres sin distinción de razas, credos políticos y religiosos, condiciones sociales y económicas. La Logia es pues un «espacio de convergencia» y la masonería, en el espíritu de las Constituciones de Anderson, busca una suerte de sociedad ecuménica que sea paradigma de «unión fraternal», una unidad centrada, por supuesto, en la plena libertad y tolerancia, en la igualdad, la armonía y la concordia. Estos fines son la base de toda acción política de la orden masónica, y se entiende que ningún masón puede, en estricto ejercicio de sus convicciones masónicas, afiliarse a partidos o asociaciones políticas o filosóficas que postulen principios y preceptos contrarios a estos ideales.[3]Los postulados masónicos así entendidos y extraídos de las Constituciones de Anderson, tienen su expresión en la filosofía política contemporánea en lo que conocemos con el nombre de “laicismo”. 

La laicidad asume plena categoría filosófica y política cuando es llevada a las estructuras mismas del Estado moderno, o Estado de Derecho, también conocido como Estado Liberal y que, como sabemos todos, es emanación plena de la revolución francesa. Sin embargo, parece necesario precisar algunos puntos respecto de la laicidad del Estado. Tenemos, en primer término, lo que se conoce como el «laicismo jurídico» El sentido jurídico del laicismo asume que: 1. El Estado esta obligado a establecer la garantía individual de la libertad de creencias; es decir, el Estado no puede declarar ninguna “religión oficial” ni tutelarse legalmente bajo ninguna religiosidad, ni tampoco puede prohibir ninguna creencia religiosa. 2. El Estado debe reconocer la personalidad jurídica de todas las iglesias o asociaciones religiosas, de modo que todas ellas tengan la garantía constitucional de existir en plenitud de derechos y obligaciones.3. El Estado tiene la obligación de hacer que las autoridades civiles respeten y hagan valer el orden plural y democrático de la sociedad, más y cuando éste orden se halla culturalmente establecido y consolidado por la sociedad. Esto significa que debe garantizar la equidad máxima o la desigualdad mínima de todas las iglesias o asociaciones religiosas. Sabemos que en México, como consecuencia de las luchas históricas, primero entre yorkinos y escoceses, luego entre liberales y conservadores, y por último, ya en el siglo XX, entre el Estado y la Iglesia, el laicismo ha sido bandera para avalar la separación entre el Estado y la Iglesia Católica Romana, separación que fue sentenciada jurídicamente por las Leyes de Reforma, culminación de la obra de Benito Juárez. Sin embargo, no siempre el laicismo juarista se hizo realidad concreta y material durante los años venideros, pues todos los mexicanos conocemos que durante los años posteriores a la guerra cristera, las relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica estuvieron centradas en la simulación, mascarada necesaria para crear las condiciones políticas obligadas y permitir así la sana y distante convivencia pacífica, luego de un largo y sangriento periodo de luchas ideológicas y militares. El laicismo jurídico, sin embargo, no fue plenamente garantizado en nuestras leyes, pues desde la Constitución de 1917 el Estado nunca reconoció la personalidad jurídica de las Iglesias. De hecho, la figura de las “asociaciones religiosas” no existió en nuestro marco Constitucional sino hasta que el salinismo la proclamó. Quizás ese hecho haya sido la razón por la cual el clero político se haya alzado en los años treinta con la guerra cristera en un intento revanchista por recuperar sus antiguos privilegios. Empero, el laicismo jurídico, por sí mismo, carece de plenitud sin un ejercicio político íntegro y este ejercicio debe ser compatible con el laicismo jurídico. Por esta razón, los politólogos hablan también de un «laicismo político», el cual contiene tres elementos: 

1. Políticamente, el laicismo debe propiciar que el Estado guarde sana distancia respecto de las Iglesias. No obstante, ello no implica que el Estado cancele relaciones políticas con ellas, ya que la sociedad reclama que el Estado se relacione con sus organizaciones religiosas con respeto y tolerancia, pues finalmente son organizaciones sociales. 2. El Estado debe, políticamente hablando, respetar el ejercicio de los diversos cultos públicos religiosos, procurando la equidad de todas las iglesias o asociaciones religiosas y, en consecuencia, ninguno de sus representantes debe, por sensibilidad política, privilegiar a ninguna de ellas. 3. Políticamente, los representantes del Estado deben distinguir las esferas de lo personal y de lo público; no obstante, en términos estrictamente humanos, no parece sensato prohibir que los funcionarios públicos liquiden o inhiban sus impulsos fídicos sólo por el hecho de haber aceptado un cargo público. En este sentido, Fox violó la Constitución durante el debatido “agache” y beso presidenciales durante la visita pontificia del 2002, pues la Constitución, y en especial la ley reglamentaria respectiva, expresamente prohíbe dichas conductas. Pero debemos preguntarnos si dichas disposiciones continúan siendo políticamente sensatas bajo el statu quo dominante en la sociedad global que vivimos. Tenemos, por último, una tercera esfera de la laicidad, esfera que con todo puede ser la más importante, pues se trata de la esfera de lo cultural. En efecto, las leyes pueden decir una cosa y establecer ciertas prohibiciones, pero para que éstas sean legítimas debe el derecho ajustarse a los mandatos del orden cultural de las sociedades, y ésta sería una de las manifestaciones más vivas de la sensibilidad política. En consecuencia, existe también el «laicismo cultural», y éste sostiene que: 1. Existe una percepción social acerca de las relaciones entre la Iglesia o Iglesias y el Estado, y esta percepción es un gesto del mandato cristiano de que “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. El pueblo mexicano tiene claramente establecida en su mente y actitud esta sentencia.2. Existe, culturalmente hablando, una obligación de los servidores públicos de tomar decisiones apegados a las leyes y no con base en sus creencias personales. En esto radica, tal vez, el énfasis entre la distancia entre lo personal y lo público de los funcionarios del Estado. No obstante, las leyes no deberían estar muy distantes de los reclamos populares a efecto de que puedan ser cabalmente cumplidas. 3. Culturalmente, la sociedad asume que los valores de la igualdad, pero sobre todo los de la tolerancia, deben quedarplenamente respaldados no solo entre las relaciones entre el Estado y las Iglesias, sino entre los medios de comunicación, la sociedad y el Estado, así como entre las instituciones de enseñanza, los partidos y las asociaciones políticas. 

En México está demasiado claro que al pueblo le disgusta que sus líderes religiosos se inmiscuyan en asuntos políticos, y viceversa, que sus líderes políticos usen la religión para fines terrenales, especialmente políticos; pero también esta demostrado por estudios de opinión académicos serios, que la gente, en general, tiene más credibilidad en sus líderes religiosos que en los políticos y, por otra parte, se sabe que el pueblo de México anhela una relación respetuosa pero distante entre el Estado y la Iglesia o Iglesias. De modo que esto demuestra plenamente que la laicidad está plenamente respaldada por la percepción cultural de la sociedad, pero también indica que las leyes deben adaptarse a dichas percepciones. La realidad de las cosas es que nadie quiere ya, en nuestro siglo, que las pugnas políticas entre el Estado y la Iglesia Católica, en particular, vuelvan a resurgir, y es por esta razón que ni ultramontanos católicos, ni jacobinos retrógrados, deben tener cabida ni participación en el discurso político del México contemporáneo. Los extremismos y las posturas radicalesalejan toda posibilidad de diálogo y de entendimiento, Y LA MASONERÍA, al proclamar la tolerancia como base del «Centro de la Unión», se define, a sí misma, como completamente ajena, distante y libre de toda suerte de fundamentalismos tajantes y fanáticos. Hay que conocer su historia y sus liturgias, así como sus proclamas universales para darse cuenta que ella, la masonería, no se adhiere a ideología alguna, y solo se limita a proclamar los principios básicos en “los que todos los hombres están de acuerdo”. En el México que nos toca vivir todos queremos vivir en paz y heredar a nuestros hijos un país justo, plural, diverso y tolerante, un país en el que se reconozcan no solo las religiones que nuestro pueblo cultiva, sino también las profundas e ignoradas expresiones culturales de nuestras etnias y de nuestras clases marginadas. ¡Que cada cual crea lo que quiera creer y que todos respetemos ese derecho! Las Constituciones que dieron vida a la masonería regular, especulativa y moderna, deberían ser la base del orden social en esta época de apertura y globalización. Todos deberíamos leer las Constituciones de Anderson, conocerlas y proclamarlas. ¡Qué lástima que no sea así! Por ello, lo que debemos hacer los masones es ponernos a trabajar para construir una Orden unida, fuerte, moderna y actualizada, crítica y propositiva, debidamente integrada a la sociedad y al mundo contemporáneo; debemos erigir una Orden en constante crecimiento y en tenaz desarrollo intelectual, material y social, de modo que esté plenamente capacitada para opinar con fundamento y sobre todo con credibilidad, y así ser respetada en la comunidad académica, intelectual y política del México del siglo XXI. Pero en poco o nada contribuimos los masones cuando, motivados por un interés político personal, nos pronunciamos a nombre de la Orden por determinado partido político o por equis candidato, generando en las bases críticas e inteligentes de la sociedad y en los propios miembros de la Orden, un hálito de escepticismo, incredulidad, sarcasmo y burla. 

Necesitamos una Orden con capacidad de opinión y de liderazgo, respetable y respetuosa, y para ello debe ser independiente, reconocida y valorada, no por sus logros pretéritos, sino por su presencia actual y por su participación inteligente en el seno de la sociedad global que nos toca vivir. La Orden Masónica debe mantenerse al margen de las lides políticas, pero sus miembros,dotados de la más absoluta libertad, además de estudiar desde los planos más elevados todas las opiniones políticas, religiosas, filosóficas y académicas, están moralmente obligados a participar en el discurso social, bajo las siglas que ellos elijan y que mejor se adapten a sus idearios y convicciones, sin olvidar los principios y los postulados de la Orden, que son, como sabemos, la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, la Tolerancia y el Progreso, bases que dan sustento a la Arquitectura Social Masónica. 

[1] No ocurre así con las denominadas masonería anglosajonas, algunas de las cuales, por ejemplo la sueca, la suiza y la alemana, se declaran abiertamente cristianas. Los dirigentes de la masonería inglesa asisten a las celebraciones de los oficios de la Iglesia Anglicana, en calidad de líderes masónicos. Estas masonerías, pese a proclamarse como las únicas “regulares”, no observan plenamente los mandatos de las Constituciones de James Anderson de 1723. [2] Las Constituciones de Anderson son la norma con la que se constituye formalmente la primera Gran Logia del Mundo, la de Inglaterra, suceso que tuvo lugar en Londres, en el año de 1723. [3] Esta es una postura eminentemente personal. Cuauhtémoc Molina G.

https://demolay.wordpress.com/2006/10/