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sábado, 20 de febrero de 2016

Reflexiones sobre la controversia de los orígenes

Reflexiones sobre la controversia de los orígenes
José Luis Najenson, 

Hay tres cuestiones que se plantean de manera recurrente en el pensamiento masónico: ¿De dónde venimos? , ¿qué somos? y ¿ adónde vamos? Y aunque la primera es una pregunta enfática del aprendiz, no sólo no deja de acosarnos a lo largo de toda nuestra vida iniciática, sino que se mantiene vigente como foco de una polémica candente.


He escogido el concepto de Esfinge, en el sentido de enigma o misterio, para el título de esta plancha, remedando el de uno de mis libros de cabecera cuando era un “aprendiz” de antropólogo -valga el paralelismo nostálgico- denominado “la Esfinge Indiana”, del Profesor José Imbelloni, etnólogo de la UNBA, quien fue uno de mis maestros. Dicha obra se abocaba al problema que, en esos tiempos, era considerado como como el fundamental de la Americanística: el poblamiento inicial de América que, como se supone hasta aquí y ahora, provenía de otros continentes. No voy a entrar en dicho tema, también fascinante, sino para mencionar que, en el raconto historiográfico que hace Imbelloni de las teorías sobre dicho poblamiento, desde el tiempo de Colón, casi no hay pueblo perseguido, vencido o misterioso del Viejo Mundo al que no se le haya atribuido el origen de los indios americanos, desde los judíos y los troyanos hasta los gnósticos y los cátaros, pasando por los gitanos y otros que sería largo nombrar.

De un modo similar, los autores que escribieron sobre la historia de la Masonería Especulativa desde el siglo XVIII, atribuyen su origen por lo menos a una quincena de lugares, personajes o entidades: el templo del Rey Salomón, la religión patriarcal, los antiguos misterios egipcios, los misterios helénicos, la secta de Qumran, las cruzadas, los caballeros templarios, los colegios de artífices romanos, las guildas medievales de constructores, los rosacruces, Oliver Cromwell, los pretendientes a la restauración de los Estuardos al trono británico, Sir Christofer Wren, en la construcción de la Catedral de San Pedro, el Dr Desaguliers y sus asociados en 1717, etc., etc. Pero a diferencia de la Esfinge Indiana, casi totalmente develada hoy en día, la Esfinge Masónica, la cuestión de los orígenes, está lejos de haberse resuelto.

Debo admitir desde ya que ninguna de las teorías históricas propiamente dichas sobre la cuna de la Orden me ha convencido plenamente; ni siquiera una de las más recientes y elaboradas como la de John Hamill, ex-Bibliotecario de la Gran Logia Unida de Inglaterra, que, en su trabajo: “History of English Freemasonry” (1994) plantea la distinción entre un enfoque “auténtico o científico” y otro “no auténtico”, que, en sus palabras: “...se esfuerza por poner de nuevo a la Francmasonería en el contexto de la tradición de Misterio, buscando vínculos entre las enseñanzas, las alegorías y el simbolismo de la Masonería de una parte, y de las distintas tradiciones esotéricas por otra parte”. Si se deja de lado todo el aspecto esotérico del quehacer masónico, y su dimensión comparativa con otras sociedades iniciáticas del pasado,

la apreciación en el plano de la historia de las ideas, uno de los pocos que considero todavía fértiles para el restringido campo de la investigación estrictamente histórica en el tema que nos ocupa, ésta se convierte en un mero discurso positivista de los escasos hechos que pueden ser fehacientemente probados por documentos. Tampoco me deja del todo satisfecho el clásico dilema entre “transición” o “sustitución” de la Masonería Especulativa con respecto a la Masonería Operativa. 

Y aun ciertas tesis que sí hacen uso del método comparativo, como las que postulan un origen egipcio para la Orden, basadas en el mito solar “Osiris -Isis-Horus-Seth” y en la secuencia simbólica ritual de muerte y resurrección, me han generado dudas. Creo que son secuelas masónicas de la influencia que la Escuela Heliolítica (Helios=sol) de Manchester, tuvo en el siglo XIX y sus epígonos del hiperdifusionismo alemán (Graebner), deslumbrados por los descubrimientos de la egiptología, que planteaban taxativamente: “todo viene de Egipto”; aseverando, entre otras cosas, que las pirámides mayas y aztecas eran una derivación de las del Egipto dinástico en el Nuevo Mundo. Esta postura exclusivista, egiptocéntrica, de gran predicamento en su época, conquistó tambien a algunos estudiosos masones, quienes no tuvieron en cuenta que el mito solar egipcio no era el único que manifestaba ritualmente la muerte y la resurrección simbólicas, sino que había otras alternativas de “focos de difusión” en los mitos y creencias de otras civilizaciones del Oriente Medio (Sumeria, Caldea, Babilonia, Samaria, Persia, etc.), tan probables o improbables como Egipto. 

Asimismo, no me convencen del todo las teorías que proponen un origen exclusivamente templario, rosacruz o hermético, sin que por ello deje de reconocer la probable influencia que sus autores proponen sobre las ideas y el ritual masónico; teniendo en cuenta que, posiblemente, como se ha afirmado a menudo, la de nuestra Orden sea la síntesis ecléctica más completa, o mejor, menos incompleta, que ha sobrevivido, de toda la tradición esotérica universal. Pero esos aportes de otras corrientes iniciáticas del pasado a la masonería, a través de la mencionada tradición universal esotérica, no implican orígenes. Por lo demás, creo que esta tradición no es unilineal, sino multilineal. Hay líneas perdidas para siempre, al menos en gran parte, como la sabiduría oculta de la mayoría de las grandes civilizaciones urbanas prehispánicas del continente americano.

Tampoco me ha convencido la tesis del inicio “qumránico”, desarrollada en el denso y audaz tratado de Christopher Knight: “La clave secreta de Hiram”, a pesar de sus eruditas búsquedas que culminan en un análisis muy particular de los Rollos del Mar Muerto, vinculando la leyenda masónica esencial con la mística de la Comunidad de Qumran, un grupo y un sitio que nada tenían que ver con la construcción.

Como antropólogo evolucionista-moderado que soy, creo que los procesos de cambio en las civilizaciones se efectúan básicamente por evolución, pero también por difusión o préstamo cultural, y la combinación de ambas es diferente en cada caso. Pienso, por lo demás, que la ciencia de la historia carece aún de respuestas fehacientes acerca del problema que nos ocupa, por lo cual he tratado de replantearlo desde otros ángulos. Luego de casi un año de indagaciones y lecturas, he recurrido a la Antropología, mi ciencia madre, en busca de inspiración. Me apoyé, asimismo, en la opinión de varios Forefathers, o “Padres de la Masonería Especulativa del siglo XVIII, como Anderson, Degulliers y otros, quienes, a pesar de sus idas, venidas y revisiones, enfatizaron en la que luego fue, y es, hasta hoy, la versión más aceptada todavía en los círculos masónicos: que la cuna legendaria y simbólica de la Orden es el Templo del Rey Salomón, en cuyo seno se ambienta también la leyenda de Hiram, leyenda central por excelencia de la Masonería, lo cual no puede ser una mera casualidad o coincidencia. 

Por lo demás, la leyenda era ya conocida por la masonería Operativa, que también reivindicaba al Templo de Salomón en la Ciudad Santa como cuna del Oficio. Esto último puede verse en diversos manuscritos comprendidos dentro de los Old Charges o Antiguos Deberes, como el Iñigo Jones y el Dumfries. En este último, en la sección de “Preguntas planteadas y respuestas”, puede leerse:

“P. ¿Quién era el maestro masón en la construcción del templo?
R. Hiram de Tiro.
P. ¿Quién puso la primera piedra en los cimientos del templo?
R. El mencionado Hiram”.

(Cabe señalar que, según la leyenda, el artífice Hiram, hijo de una viuda de la tribu hebrea de Naftalí, era también de la ciudad de Tiro, como su Rey del mismo nombre; de modo que no hay confusión, en el manuscrito, acerca de cuál Hiram se trata)

A pesar de que el Primer Templo fue una construcción relativamente pequeña en tamaño y magnificencia, comparada con otros templos antiguos, esos sacerdotes presbiterianos o episcopales -que conocían y respetaban al Antiguo Testamento tanto como al Nuevo- y los demás pensadores que forjaron la visión del mundo de la Masonería Especulativa, le atribuían a dicho Templo una importancia espiritual mayor. 

LA RAZON, ADEMAS DE LA INFLUENCIA BIBLICA, ESTRIBA, A MI JUICIO, EN QUE SE TRATABA DE LA PRIMERA OBRA DE CONSTRUCCION DE CARACTER SAGRADO, DE LA PRIMERA RELIGION MONOTEISTA-ETICA DE LA HUMANIDAD.

Porque ese Templo no era un edificio donde se adoraba a los dioses paganos y a sus ídolos, sino al Dios único, invisible y libertario, al Dios “Vivo”, que no necesitaba ídolos -esencia de la muerte y lo muerto-; siendo además “la Casa de Dios”, su Morada metafórica, heredera del Tabernáculo del desierto en la Tierra Prometida . El esplendor que la Biblia le atribuye no es meramente edilicio o arquitectónico, como lugar de culto, sino como testimonio de la presencia divina. En este sentido, también, es diferente a todos los templos anteriores de todos los dioses previos, centros idolátricos de dioses de la naturaleza y la fertilidad o sedes de personificaciones de divinidades solares, con mayor o menor nivel de abstracción. 

Aun el culto a Atón Ra, el disco solar, introducido efímeramente por Aquenatón (Amenhotep IV) en Heliópolis o Aquetatón, en Egipto, contra el tradicional Amón Ra del antiguo sacerdocio, supuestamente “monoteísta”según las perimidas teorías del historiador alemán Edward Meyer (lamentablemente adoptadas por Freud), no deja de ser una religión solar. La pretensión de que este culto pudo haber influenciado a Moisés fue magistralmente rebatida por Martín Buber en su breve pero magnífico libro “Moshé” (Moisés).

En cuanto al aspecto metodológico, quise cortar el nudo gordiano de las múltiples e imbricadas teorías históricas a las que hicimos referencia, volviendo la mirada hacia las ciencias antropológicas con una perspectiva evolucionista y desde el ángulo de la Antropología Alternativa. Esta disciplina, de formación reciente, investiga todos los temas dejados de lado por la Antropología “Clásica”, funcionalista y estructural funcionalista, y en cuyo objeto se incluye lo esotérico como campo de estudio legítimo. La óptica evolucionista asociada a ella, nos permite contemplar el monoteísmo hebreo como un salto cualitativo en el proceso de una evolución espiritual, cuyo sujeto es toda la humanidad, y que va más allá de la historia de las religiones como tales. Dicha concepción no involucra una valoración de bueno o malo, o de bueno y mejor, sino de cambio substancial con respecto al pasado.

De ahí que el significado profundo de la construcción del Templo de Salomón sea entendido por mí como una encrucijada esencial en la tradición esotérica universal, en la cual se encontraron posiblemente tendencias diversas, preexistentes, con las que emanaban de la sabiduría hebrea oculta de entonces. Asimismo, este encuentro se daba por primera vez, y en un momento de interacción entre gente de diversos pueblos, como lo fue el reinado de Salomón y de Hiram de Tiro, cuya cooperación movilizó a millares de personas, de variados credos y culturas, de más allá del Líbano hasta la misteriosa Ofir, adonde llegaban sus flotas. 

No es de extrañar, por lo tanto, que los mencionados Padres de la Masonería Especulativa hayan tomado el Templo de Salomón como punto de partida simbólico de nuestra Orden. Dicho Templo está en la esencia misma del Oficio, que actualiza su contenido espiritual mediante sus ritos y símbolos, empezando por el de la propia Logia, que tiene en él su modelo o paradigma. Hemos de recordar, además, que los masones, incluso los operativos, han mantenido para la leyenda ejemplar precisamente el nombre de leyenda. En la leyenda siempre hay algo de verdad, aunque a menudo no pueda ser comprobada.

En la leyenda masónica se relata que albañiles diseminados por los cuatro puntos cardinales se dieron cita en Jerusalén para llevar a cabo tan magna empresa. Y así bien pudo ser, a juzgar por la multitud de obreros y artesanos que debieron tomar parte en la construcción. La Biblia (I Reyes y II Crónicas) alude a decenas de miles, los cuales probablemente no procedían de un solo país sino de varios, y todos esos obreros, divididos según sus funciones y grados, estaban bajo la autoridad de Hiram Abif, experimentado maestro en el arte de trabajar los metales. En los citados Old Charges ya se menciona a los “Tres Grandes Maestros”: el Rey Salomón, Hiram Abif (o simplemente Hiram) y el Rey Hiram de Tiro. De modo que la leyenda pudo pasar de la Masonería Operativa a la Especulativa, aunque no podamos saber cuándo, cómo, dónde ni por quién. Si fue sólo el núcleo de la leyenda, ampliada luego por los Padres de la Masonería Especulativa, no hace mella, tampoco, al hecho, muy factible, de la transmisión misma. Además, los mencionados “Tres Grandes Maestros” en la leyenda, figuran en la Biblia como personajes cabales, en libros considerados como “históricos”, y es factible que existieran en realidad, a diferencia de otros personajes que lindan con el mito edénico (Caín, Abel, etc, ).

Todo lo anterior nos permite, apenas, fundamentar una convicción ya arraigada en las columnas masónicas de todos los tiempos, sobre su origen simbólico y legendario, aunque no constituyan una prueba fehaciente de la misma. Con lo cual no quiero decir que no se deba seguir indagando las contribuciones o aportes esotéricos, como dijimos, de la Cábala, la Gnosis, la Alquimia, el Rosacrucismo, o la erudición e inventiva de los Padres de la Masonería Especulativa, en la formación de la síntesis esotérica ecléctica de la Orden. 

PERO, A MI PARECER, DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU Y DEL ORIGEN SIMBÓLICO DE LA MASONERÍA, SU CUNA FUE, ES Y SERÁ SIEMPRE EL TEMPLO DE SALOMÓN.

Por último, ¿qué “sabiduría” es la que le pide Salomón al Todopoderoso, en lugar de riquezas, fortuna o belleza? No sólo discernir lo bueno de lo malo en su quehacer real, como rey y como hombre, lo cual le viene, en gran parte, por el albedrío humano, simbolizado en el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, sino los secretos de la sabiduría oculta, simbolizados en el Árbol de la Vida Eterna; “con lo cual tendrá los demás privilegios y dones por añadidura”. Además, desde el punto de vista esotérico, el Templo de Salomón es, entre otras cosas, el “ombligo del mundo”, el sitio por donde se asciende de la Jerusalén Terrena a la Celeste, el Monte Moriah, que alberga la piedra primordial del sacrificio de Isaac (Aquedat Itzjak); ¿qué otro lugar del mundo podría ser más adecuado para la Gloria del Gran Arquitecto del Universo? 

http://www.logia-masonica-fraternidad62.com/trabajosMasonicosArticle.php?id=1

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